El festival Capítulo 50
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Capítulo 50

La mudanza comienza un mes de s pués de la s entencia.

La casa ha pe r maneci d o v acía desde que ha te r minado el pr o ceso judicial.

D ur ante semanas, Esther ha e v itado reg r esa r .

La fiscalía ha l i berado la v i v ienda tras completar el re g istro definitiv o , pero la idea de volver a cruzar esa puerta le r esultaba más difíc i l que enfren t arse a la sala del t r ibunal.

Este día, su bar r io parece el de siempre: n ada de cintas policiales, las aceras es t án limpias y los jardines bien cuidados. No hay ni n guna señal de que esa dirección haya sido po rt ada de los periódicos más impo rt antes.

Esther abre p o r última vez la puer t a de la c a sa que la ha visto crece r . Lo primero que se encuentra es un comed o r prácticamente vacío. El eco le devuelve ca d a paso que da, haciendo que ese esp a cio parezca más grande.

Su madre en tr a detrás de ella con cuidado. El hombro ya no está inmovilizado, pe r o sigue r í g ido. El médico ha sido claro: la r ecuperación completa lleva r ía tiempo.

—Solo queda la coc i na y el a r mario del pasillo —dice Esther, r evisando mentalmente la lista.

Su madre asiente y deja una caja en el suelo del salón.

Empiezan por el dormitorio principal, aunque ninguna lo dice en voz alta.

El armario empotrado ya no tiene trampilla.

La madera ha sido reemplazada tras desmontar el panel oculto.

El interior está vacío, salvo por algunas perchas olvidadas.

Su madre permanece en la puerta y decide no entrar del todo.

—Me alegro de no haberme enterado de nada.—dice f inalmente.

El despa c ho está casi desnudo. La poli c ía s e ha llevado t o do lo que podía contener info r mación r elevante. Q uedan manuales anti g uos, r ecibos sin impo rt ancia y papeles administra t ivos. Esth e r l o s r evisa con rapid e z, sin e n cont r ar nada que no hubiera s i do ya examinado.

La siguiente estancia que r evisan es la cocina, donde más t r abajo ha y .

El cajón superio r , el de las no t a s , lista de la compra y t icke ts , sigue llen o .

Cupones ca d u cados, r ece t as, númer o s de t eléfono esc r it o s a m a no.

Es t her empieza a o r denarl o s mecánic a mente para decidir qué ti r ar y qué conse r var.

Ent r e esas hojas aparece una doblada en cuat ro , con la palabra « C o mp ra » escrita a rr iba. Es una pá g ina de una agenda dia r ia. R e conoce la le tr a de su mad r e al instante. La abre pensando que se r ía una lista más del día a día:

Cuerdas

Cinta adhesiva

Chicles

Pe r o eso no es lo que más le llama la a t enci ó n a Esther.

Es la fecha: 24 de julio. El mismo día del festival .

Entonces, le viene a la mente la frase que Ri c hard le dijo ese día c u ando p r e g untó por su mad r e: « Ha m ad r ugado pa r a ir a la ciudad a hacer unas comp r as, esta r á aquí para la hora de come r ».

—Mamá — g r i t a Esther—, ¿recuerdas esta lis t a?

Su madre deja la caja q ue estaba cer r ando en el salón y se acerca. Coge la hoja y la examina sin prisa.

—Sí — r espond e —. Me la pidió él.

—¿Te dijo para qué e r a?

—Para unas reformas que tenía que hacer aquí en casa— contesta su madre—. Me habló de un equipo de una puerta rota del armario y de asegurar cables en el garaje. No recuerdo exactamente todo lo que dijo.

Esther ap oy a la espalda en la encime r a.

—¿Te pareció no r mal?

—En ese moment o , sí. Aho r a… ahora sé que no lo er a.

—La policía no se llevó esto —añade Esthe r .

—Porque no significa nada— d ice su madre con calma—. Es una li st a de cosas que cual q u i e r a puede compra r .

—Sí. Pe r o sabiendo lo que sabemos…

Su madre deja la hoja s o bre la mesa.

—Lo que sabemos ah or a no cambia t o do lo ante r ior. Eso no significa que en a qu el m o mento y o supiera nada.

—No creo que supieras — dice—. So lo intento en t ender si alguna vez… si hubo a lgo que te hiciera pensar que podía hacer daño.

Su madre t a r da en responde r . Camina hasta la silla y se sienta con cuidado.

—Había cosas q ue no en t endía —admite — . Cambios de humo r . Menti r as pequeñas que no tenían sentido. Pero nunca i maginé esto.

No t e r mina la frase. No hace falta.

—¿Le cubriste alguna vez? —pregunta Esther, sin acusarla directamente.

Su madre le v anta la vista.

—Le cubrí ausencias —responde—. Le dije a tu tía que estaba enfermo cuando no quería ir a una cena. Llamé a un amigo suyo para cancelar algo porque él me lo pidió…

—Eso no es complici d ad — dice Esthe r .

—Si hubiera sospech a do algo seri o , habría ido a la policía —añade su madre, c o n una claridad que no d eja lugar a dudas—. No habría pr ot e g ido a un asesino.

Cuando te r minan de reco g er y tirar todo lo que había en la cocina, salen de su casa. Ce r r ando así una e t apa de su vida. Esther deja la llave dent r o del buzón, t al como había aco r dado con el a g ente inmobiliario.

Esther ya tiene la mano apoyada en la puerta del coche cuando los ve aparecer al final de la calle. La primera persona que ve es Cady, unos pasos más atrás está Dan y, por el otro extremo de la calle, Evan cruza evitando mirar demasiado la fachada de la casa.

—Pensábamos q ue te irías sin a visar —dice Cady cuando llega fren t e a ella.

—No quería alar g arlo — r esponde Esthe r , intentando mantener la compostura.

Un vecino pasa con su pe rr o y saluda con u n a inclin a ción leve de cabeza. Una pe r siana se abre al ot ro lado de la calle. Todo sigue igual a su alrededor. Hace un mes, Esther no habría soportado ver que nada había cambiado. Hoy agradece que las cosas sigan su curso.

Cady se ace r ca un poco más.

—¿Cómo ha sido ent r ar otra vez?

—Ha sido como ca m inar p o r un lugar q u e ya no me per t enece — dice al fi n —. Reconozco las pa r edes, pe r o no lo que signific a n.

Su madre baja la vent a nilla unos c e ntímet r o s.

—Esther —dice con s u avidad, sin p r isa.

Cady la ab r aza entonces, despacio. Un abrazo largo, sostenido, que no inten t a consolarla sino acompañarla.

—No estás sola —sus urr a.

Dan la r odea despu é s con l o s braz o s, con esa firmeza t r anquila que siempre le ha dado seguridad.

—Y no vamos a desaparecer ahora que todo se ha calmado.

Evan espe r a un segundo antes de acercarse. Cuando lo hace, la mira con una s e r iedad distinta a la de meses at r ás.

—No mires esta casa como el lugar donde empezó la pesadilla —dice—. M í r ala como el lugar donde decidiste r o mpe r la.

Esther siente que algo dent r o de ella encaja a l escuchar esas palabras. No bo rr an el pasado, pe r o le o fr e cen un marco diferente desde el que mirarlo.

Respira hondo y , al hacerlo, el ai r e ya no pesa t anto como antes.

—Gracias — dice, y es t a vez la palabra no suena pequeña. — Cuando estemos ya asentadas en casa de mi t ía hacemos una videollamada.

Se separa de ellos y abre la puer t a del coche. An t es de sentarse, vuelve la v i s t a hacia la f a chada por última vez. No hay r encor ni miedo en su mirada.

Se acomoda en el asi e nto y cierra la puer t a con suavidad. El mot o r arranca. Cady , Dan y Evan r etroceden unos pasos cuando el coche comienza a avanzar lentamente por la calle mientras en la radio empieza a sonar It´s time , de Imagine Dragons.