El festival Capítulo 51
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Capítulo 51

El t iempo en la cárcel no pasa. Todo se r epite constant e mente: el mismo hora r io, las mismas actividades, el mismo ol o r a lejía dent r o de las celdas.

Richa r d ha aprendido a caminar con la c a be z a r ecta, a no mirar demasiado a nadie, a no most r ar nada que pud i e r a pa r ecer debilidad.

Aun a sí, cada noche, c uando el m ó dulo se apaga y el s ilencio se llena de to ses y murmullos, vuelve la misma i magen: la mesa del salón, las car t as del ¿ Q u ién es Quié n?

, el destello azul y ro jo cont r a las paredes…

y el golpe sordo del cuerpo de la madre de Esther al cae r .

El fu n cionario apa r ece a media m a ñana, cu a ndo Richard está sentado en su lite r a leyendo un libro. Sin alzar la voz le dice:

—Richard. Levántate. Tienes v i sita.

Richard parpadea una vez. Su prime r a idea es que ha ido a verle su abo g ado.

Su segunda, Esthe r , pe r o la descarta al segundo.

Se pone en pie sin pre g unta r , porque en prisión las pre g untas son una fo r ma lenta de pe r der el t iempo.

Lo escol t an por pasillos de luz blanca y pa r edes desconchadas hasta el locuto r i o .

Una fila de c a binas separa d as por cristales g r uesos y t eléfon o s c l avados a la pared.

R i c hard ent r a y al levantar la vista la ve.

No lleva maquillaje. L a piel aún t iene ese to no pálido de h o spital, como si pa r te de su sangre se hubie r a quedado en aquella casa.

La mad r e de Esther está sentada, r ecta, con las manos ap o yadas en la mesa como si fuera ella quien cont ro laba el lugar.

—No deberías estar aquí —dice Richard, y su voz sale más baja de lo que pretendía. —Yo… —empieza—. Fue un accidente.

—¿Quién lo diría, eh? Hace u nos años me salvaste del maltra t ador de mi marido y ahora casi m e matas por un accidente—, dice la mad r e de Esther con una media son r isa en la cara.

—No se lo has dicho, ¿verdad? Sigue pensando que desapareció —pregunta Richard.

—Ese se r á nuest r o pequeño secre to . Al igual que t ú guarda r ás que y o sabía lo que le ibas a hac e r a Cady y a Dan.

Richard frunce el ceño.

—Esther ha encont r ado la lista de la compra que me pediste pa r a hacer l e eso a Cady y a Dan —añade ella con calma—. Me ha pre g untado para qué era. Le he dicho que no tenía ni idea. Que yo no sabía para qué ibas a utilizarl o .

El silencio se esp e sa e n tr e los d o s, más denso que el c r istal que los separa.

—Hecho —sentencia Richard. — Ambos gu a r daremos los secre to s.

Antes de i r se, la madre de Esther saca una pequeña car t a de uno de sus bolsill o s. Richard la r econoce al instant e . Es una de las car t as del ¿ Qu ién es Quié n? Entonces, sonríe.

—Toma, para que te acuerdes de mí —se de s pide.

Al g i r a r la, comprueba que el pe r sonaje q ue apa r ece en el reve r so es igual a ella. Son r íe otr a ve z .