El festival Capítulo 49
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Capítulo 49

Dos semanas d e spués d e l a rr est o , la sala para la primera audiencia fo r mal está l lena: peri o distas en la parte trasera, familiares de alg u nas de las víctimas id e ntificadas en los rec ort es, vecinos y algunos curiosos que habían se g uido el caso en las noticias lo cales.

Richard entra escoltado por dos federales.

Lleva puesto el uniforme beige del centro de detención preventiva.

El pelo más corto. El rostro más demacrado, marcado por unas ojeras de días sin dormir.

En las muñecas sigue estando la presencia de unas esposas.

En los tobillos, cadenas discretas unidas por una barra metálica que limitaba su paso.

El sonido de aquel metal contra el suelo pulido es lo único que a Esther le parece completamente real.

No levanta la vista cuando pasa junto a ella.

El juez confirma los cargos presentados por la fiscalía estatal y anuncia que el caso será elevado a Gran Jurado por la magnitud de las pruebas y la posible conexión interestatal.

La lista preliminar incluye cargos de intento de asesinato en primer grado por el disparo a su madre, varios cargos de homicidio en primer grado relacionados con casos reabiertos y secuestro agravado.

Richard se declara no culpable en cada uno de ellos.

Lo hace con voz firme, sin titubeos, como si estuviera marcando una casilla en un formulario .

El juez niega la liber t ad bajo fianza a r gume nt ando r iesgo de fuga y pelig r o claro para la comunidad.

La decisión ha sido br e ve y fundamentada.

Richard es conducido de nuevo fuera de la sala con el mismo sonido metál ic o en sus t o billos.

Esther no se mueve hasta que la puer t a se cier r a tras él.

Cuando p o r fin sale d el edificio judicial, no vuelve a casa. Va dir e cta al hospital. Su m a d r e sigue ing r e s ada, el hombro inmovilizado y la c l avícula p e ndiente de evolución. La habitación huele a d esinfectante y su m ad r e apa g a la televisión cuando ent r a Es t he r .

—¿Cómo ha ido? —p r e g unta en voz baja. Esther t a r da un segundo en responder.

—No le han dado fia n za.

Su madre asiente. No pa r ece aliviada ni asustada. Se quedan en silencio u nos minutos, e scuch a ndo el sonido re g ular del monito r . Esther observa el vendaje, la r i g idez del braz o , la fra g ilidad que nunca antes h a bía as o ciado a ella.

—Va a ser la rg o —dice finalmente su mad r e. —Lo sé.

Pe r o en ese moment o , p o r p r imera vez desde el dispar o , Esther siente que el pr o ceso ya ha comenza d o de verdad.

Van pasando los meses hasta que el día señalado p o r el calendario de a m bas llega: el juicio.

Esta vez, la sala vuelve a llenarse de pe r iodistas y familiares.

Esta vez su mad r e está presente. No en primera fila, s i no un poco m á s atrás, el brazo ya sin c a best r illo, pe r o t odavía con movimi e nt o s limitados.

Mient r as, Esther está entre l o s primeros asientos.

La defensa intenta construir una narrativa distinta.

Alega deterioro psicológico progresivo, obsesión derivada de traumas infantiles no tratados, episodios de desconexión emocional.

En ese momento, entra un psiquiatra que empieza a hablar de compulsión y de necesidad de control como síntoma de una mente fracturada.

Sin e m bar go , la fisc a lía r esponde con he c hos.

C o n la t r ayectoria de la bal a , con la distancia es t imada, con el testimonio de los a g entes que ent r a ro n tras el dispar o .

El intento de asesinato se describe como un acto coherente con la ló g ica de alguien que no to leraba la pérdida de cont r ol.

Cuando le toca t estificar a Esthe r , la sala se hace más pequeña.

Pronuncia el juramento sin emoción apa r en t e.

Se sienta frente al jurado y r esponde a l a s p r e guntas con una claridad que no proviene de la se r enidad, sino del ag ot amient o .

Describe el momento en que vio el a r ma, el sonido del dispar o , la caída de s u mad r e, el o lor a pólvora mezclado con el ambientador de su casa.

El abogado defensor intenta llevarla hacia la duda.

—¿Pod r ía haber sido u n movimiento involunta r io?

—No lo sé — r espon d e ell a —. Sé q ue levan t ó el a r ma. Sé que disparó.

—¿Le apuntaba direc t amente a su madre?

—No lo recuerdo— las lágrimas empiezan a acumularse en sus ojos—Vi que estaba apuntándonos a todos hasta que se paró en mi madre.

No añade nada más. N o necesitaba hace r lo.

Esther no es la única en t estificar, t ambién lo hacen familiares y conocidos de los demás casos.

Mient r as que en la primera audiencia la mad r e de Esther no pudo asisti r , hoy tiene que ejercer de tes t ig o .

Lo que no saben los p r esentes es que su versión va a sup o ner un antes y u n de s pués en todo el caso.

Cuando la llaman a t estificar, la sala se que d a en silencio. Camina desp a cio has t a el est r ado. Jura dec i r la ve r dad con una voz más firme de l o que su hija e speraba.

Desc r ibe el momento p r evio al disparo sin dr amatismo. El arma levantándose. La mi r ada de Richard. No habla de o dio ni de so r p r esa. Habla de una decisión.

—¿Siente que fue un accidente? —p r e g unta el abo g ado defenso r .

Ella sostiene la mirada unos segundos antes d e r esponde r .

—No.

Cuando t e r mina su declaración, no mira a Richard. Tampoco él la mira a ella.

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Tras semanas de pruebas y alegatos, el jurado ha estado deliberando durante tres días. El martes por la tarde regresan a la sala. Esther sabe el resultado antes de escuchar la palabra, por la forma en que la fiscal mantiene la espalda recta y el abogado defensor evita el contacto visual.

El po rt avoz del jurado se pone en pie.

« Culpable » por homic i dio en primer g r ado en cada uno de los carg o s presentados.

« Culpable » por secues tr o ag r avado.

« Culpable » por inten t o de asesinato en primer gr ado.

En t é r minos p r ácticos, Richard no va a volver a salir de prisión.

El juez ha b la de planificación, de frialdad s o stenida en el tiempo, de r iesgo permanente pa r a la com u nidad. C o ncluye que la sociedad t iene de r echo a pro t ege r se de alguien que ha convertido la violencia en su modo de vivir.

Richard escucha sin in t e rr umpir. Cuando el juez t e r mina, asiente una sola vez. No pr ot esta. No pide pe r dón. No mira a nadie.

Al salir del edi f icio j u dicial, a Esther la luz del e x te r ior le parece distinta a la de aquella primera audiencia meses atrás. C og e a su mad r e de la mano y le abraza. Ah or a sí, ambas llo r an.