Capítulo 48
Esther lleva despierta desde antes del amanece r .
Ha pasado la noche sent a da junto a la cama de su madre, obser v ando el r itmo constante del monit o r cardíaco y escuchando el sonido mec á nico del sistema de ox ígeno que, aunque ya no e r a necesario, los médicos han decidido mantener durante las prime r as ho r as poste r io r es a la inte rv ención.
La bala había atravesado el músculo del ho m bro izquierdo sin comp r ome t er a sus ór g anos vitales, aun q ue h a bía p r ovocado una fractu r a pa r cial de la clavícula y daño significativo en el tejido mus c ular.
Los médicos habían hablado de recuperación favorable, pero lenta.
Rehabilitación, movilidad reducida y un dolor persistente.
A las ocho y doce de la mañana, el teléfono de Esther suena y rompe el silencio de la habitació n . O bserva el número desconocido durante un segundo antes de r esponder.
—¿Seño r ita Esther Manson ? —p r e g un t a una voz firme al o t ro lado.
—Sí, soy yo .
—Le habla el inspector Br o wn, del Dep art amento de Policía. Necesitamos que se p r esente en la vivienda esta mañana. Hemos encontrado mate r ial relevante para la investi g ación y es necesario que usted esté p r esente .
Esther guarda silencio unos segundos antes de r esponde r .
—¿Mi madre puede quedarse sola?
—Entendemos la situación, pe r o es impo r tante. Pued e s re g resar al hospital después. E sto no debería p r olongarse demasiado.
Esther cuelga la llam a da mient r as s u m a dre se f ija e n la exp r esión de su hija.
—Era el inspector Brown, han e n cont r ado algo.
Cuando Esther llega a su casa, la cinta a ma r illa sigue delimitando el pe r ímet ro .
Dos pa tr ullas están estacionadas frente a la ent r ada, y aunque ya no hay luces inte r mitentes, la presencia p o licial co nt inúa imponiendo un a a t mósfera de te r ro r .
Un agente unifo r mado le pide identificación antes de permiti r le el paso.
El gesto es pr o tocola r io, nada personal.
B r own se encuent r a junto a la mesa del comedo r . Al verla, avanza hacia ella con p a so decidido, pe r o con con un asomo de ternura en la mirada.
—Gracias por venir — dice—. Entiendo que n o es el m e jor moment o .
—¿Qué han encont r ado? — pre g unta Esther directa.
Br o wn no resp o nde de inmediato. Hace un g esto hacia el pasillo.
—Preferimos que lo vea s tú misma.
Caminan hacia el do r mit or io p r incipal. Esther siente una presión en el pecho al a tr avesar el punto exacto donde su madre había caído la noche anterior. La mancha de sangre ha sido t r a t ada p o r l o s p ro fesionales, pe r o en su memo r ia permanece intacta.
El do r mitorio está impecable. La cama pe r fectamente hecha, s i n una sola a rr uga. Las co r tinas lige r amente abier t as permiten la ent r ada de luz natu r al. Todo parece estar en su sitio, como si la e scena del disparo no hubiera o c ur r ido a p o cos met ro s de allí.
El detective B ro wn abre el a r mario empotrado. Todo está organizado: las camisetas están separadas por colores, los vestidos de su madre colocados perfectamente en perchas y las cajas identificadas con etiquetas escritas a mano.
—El nivel de org anización nos llamó la a t en c ión —e x plicó Br o wn—. A veces no significa nada. Otr as veces, significa demasiado.
La a g ente Price, especialista en anális i s fo r ense, r e t i r a una caja de zapat o s que p a r ece más p e sada de lo que ind i ca su tamaño.
Det r ás, aparece una tr ampilla improvisada en el fondo del a r mari o .
No tiene cer r adura. Solo estaba encajada.
—Esto estaba o culto de tr ás de las p r endas —dice Price mientras apunta el hal l az g o en su libre t a.
Ex tr aen el cont e nido con cuidado. Reco r tes de pe r i ó dico, doblados y clas i ficad o s por fecha. Algunos l o cales. O t ro s de distint o s estados. Esther reconoce algunos titulares. Otros no.
« Joven e n contrada sin vida en bosque estatal. »
« Turi s ta desaparece en r u ta costera. »
« Niña muere ahogada durante sus vacaciones familiares. »
En cada r eco rt e, en una esquina, alguien ha dibujado una inte rrog ación roja con r otulador grueso. Siempre idéntica. Al g unos están subrayados. O tros contienen ano t aciones al ma r gen: ho r as, coordenadas apr ox imadas, comenta r ios breves.
—Estamos no t ifican d o a la Unidad de Homicidios In t e r estatales —dice Br o wn—. Vari o s de est o s casos ocur r ieron fuera de este estad o .
Debajo de l o s r eco r tes apa r ecen bolsas de plástico con pequeños o bjet o s: una pulsera infantil, un pendiente suelto, una llave que no identifica. Todos los objetos están clasificados y almacenados con cuidado. No parecen simples recuerdos.
Cuando abren la libreta, el ambiente cambia de forma casi perceptible. La primera página muestra la misma interrogación roja. Debajo, una frase e s cri t a con la misma caligrafía impecable: « Se lo me r ecían » .
Van pasando las pág i nas y apa r ecen fechas, car r e t e r as, nombres, apellidos y algunas ano t aciones del día a día que hacen refe r encia a días específ i cos de las últ i mas seman a s.
« Reco g er a Esther en el Clandestin e » . « Jessica se lió con Evan » .
« Rueda de p r ensa Jess i ca » .
Esther siente un vacío en el est ó mag o .
—¿Eso significa que m e seguía? —pre g unta en voz baja. Br o wn sostiene la libreta cer r ada unos segundos antes de responder.
—Significa que r e g istraba información. Aún no sab e mos con qué finalidad co n cre t a en t u caso. Pero sí sabemos que hay planific a ción en o tro s .
En la cocina, sentados unos enfren t e de otr o s, empieza una ent r evista fo r mal. Un de t ective de homicidios está to mando declaración preliminar, g r abando cada respuesta.
La ent r evista se prol o nga más de lo que había imaginado. Cuando finalm e nte termina, Br o wn se ace r ca de nuevo a ella. —El fiscal del d i strito ya está involucrad o . Si confirmamos conexi o nes con est o s c asos, el pr o ceso se r á f e de r al además de estatal.
—¿Lo harán público? —pre g unta Esthe r .
—No to davía. Primero verificaremos cada element o . Pero esto no se quedará aquí.
Esther sale al e xt e r ior sin a visar a nadie, n e c esita estar un momento a solas. El so l de media mañana i l umina s u ca l le con una no r malidad q ue cont r asta con el i nt er ior de la casa. La cinta policial se m u eve suavemente con el vient o .
Es ent o nces cuando lo ve.
John está en la acera de enfren t e, apoyado contra un p o ste de señalización.
—Hola —dice él al verla ace r carse.
Esther cruza la calle d e spacio. Se queda frente a él, observando las marcas con atención, sin disimularlo.
—No tienes muy buena pinta —murmura—. Déjame adivinar… ¿Te caíste solo o el alcohol tuvo algo que ver?
John ladea la cabeza, medio resignado.
—El alcohol ayudó —reconoce—. Y la prisa tampoco fue buena idea.
Esther suelta un leve suspiro por la nariz y aparta la mirada un segundo antes de volver al asunto.
—Fuiste t ú quien llamó a la p o licía —dice sin acusación. John asient e .
—Cuando te vi co rr iendo en el festival supe que algo iba mal. F ui a buscar a Ri c hard, que lo había v i sto en un par de ocasiones, pe r o s u s c o mpañer o s me d i je r on que lo habí a n perdido de vista hacía ra to .
Esther suspira hond o .
—Si no hubieras llam a d o , mi madre podría estar muert a , y Cady y Dan también.
John niega con suavi d ad.
—No sabía que t enía un a r ma. Solo sabía q ue la situación no e r a buena y que algo estaba pasando.
Pe r manecen unos s e gundos en silencio. La actividad policial sigue en casa. A g entes entran y salen con las prueb a s dent r o de bolsas.
—Han encontrado cosas —dice Esther finalment e —. Reco rt es. Objet o s. Una libre t a
—¿Qué tipo de cosas? —pregunta John, aunque por la expresión de Esther ya intuye la respuesta.
—De otros casos. De otros lugares. No fue algo impulsivo… —traga saliva—. Lleva años.
El murmullo lejano de una radio p o licial r o mpe el silencio ent r e ell o s. Una pue r ta se cier r a dent r o de la casa. John apar t a la mirada hacia la fachada que tantas v eces había visto iluminada por las luces del po r che en ve r ano.
—¿Estás bie n ?
Esther piensa en su madre, conectada a un monitor horas antes. En la libreta. En el festival. En la interrogación dibujada con precisión que rozaba la ira.
—No lo sé — r esponde con honestidad.
Una pat r ulla ar r anca lentamente y se aleja cal l e abajo. La cinta amarilla sigue o n deando con suavidad, ajena al peso de lo descubierto. Dent ro , los agentes continúan fot ogr afiando, e t iquetando, clasificando.
Esther mira la casa, luego la calle, luego vuelve a él. Baja la voz, apenas un susurro que solo John puede oír.
—Había demasiados nombres. Demasiadas fechas. Demasiados lugares.
John frunce el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Esther mantiene su m ir ada fija en la de él, c o n una ca l ma inquietante que no t enía antes.
—C r eo que no actuó sol o .