Capítulo 47
Las luces a z ules y r o jas se reflejan en las pare d es del salón, iluminando e se esp a c i o que, hasta h a ce apenas un a s horas, e r a el ho g ar de Esther.
Cada destello que se filtra a través de las ventanas ilumina la expresión de miedo de sus amigos y las cartas que hay encima de la mesa, abiertas como un abanico de rostros.
Richard sigue con la car t a bajo los dedos, apretándola tan fuerte que el cartón empieza a doblarse y sus nudillos se vuelven cada vez más blancos por la presión que está ejerciendo.
Durante unos segundos, su respiración se vuelve más rápida, delatando que el juego ha acabado para él.
—No… — murmura él, t an bajo que apenas s e o ye—. Aún no ha acabado es t o. ¿Quién ha llamado a la policía?
Da un p a so a tr ás. Luego ot ro . No huye t o davía, pe r o su cuerpo ya ha decidido hacerl o .
La ló g ica del juego se resquebraja. Las r e g las, esas que si e mp r e ha defendido y que ha utilizado contra los demás, empiezan a volve r se en su cont r a.
Richard empuja una de l a s sillas con el pie.
La m ade r a r asga el suelo con un chir r ido seco.
Cady se sobresalta. Dan inten t a m o verse, pe r o las cuerdas lo mantienen a nclado. Richard echa a co rr er.
—¡Richard! —gri t a la madre de Esther.
Su voz se quiebra al pronunciar su no m br e . Evan sale tras él, pe r o Esther se queda clavada en el sitio un instante más, paralizada por una sensación que no había s e ntido antes.
Desde el e xt e r io r , una voz amplificada ir r umpe con auto r idad, atravesando las paredes.
—¡Policía! ¡Salga inmediatamente con las manos en alto!
Evan alcanza el pasillo justo cuando Richard llega al final.
Esther se mueve p o r f i n, pe r o se detiene en s eco al e sc u char un sonido que no deja lugar a dudas.
Un clic metálico.
El corazón se le sube a la garganta.
—Evan… —dice, casi sin voz.
Richard apa r ece de n uevo, ilum i nado p o r la luz de l a s sirenas.
Tiene una p istola en la mano. No apunta directamente a nadie, pe r o la sostiene con fir m eza.
A diferencia de los locos que Esther ha visto en las películas, Richard la sostiene con seguridad, como si fuera una extensión más de su cuerpo.
—No me obliguéis —dice, dando vueltas por el salón apuntando a cada uno de ellos.
Cady emite un gemido ahogado y Dan aprieta los dientes, impotente, con la mirada fija en la pistola.
En ese momento, Esther observa el rostro de Richard y ve algo nuevo en él.
A diferencia del miedo que ellos tienen por perder la vida, el temor que refleja la mirada de Richard es el de perder el control de la situación.
—Richard —dice su mad r e, dando un paso adelante—. Basta .
Él la mira. Solo a ella. Durante un se g undo, pa r ece dudar. Sus dedos a penas t iemblan. La luz de las sirenas en tr a a ráfagas por las ventanas, co r tánd o le el r o stro en fra g ment o s: azul, rojo y oscuridad.
—No entendéis nada —murmur a —. Nada.
—Mamá, no —susur r a Esthe r —. No te acerques.
Pe r o ella no la o ye. O quizá la o ye y decide igno r arla. Da o t ro paso. Su voz se suaviza, se vuelve í ntima, como si estuvieran solos en la cocina una noche cual q uie r a.
—Ya está —dice—. Déjalo. Ven conmigo.
Ese segundo de du d a es suf i ciente pa r a que t o do se descontrole.
Desde fuera llega un golpe seco contra la puerta. Luego, una voz apagada, lejana, ordena que abran. Richard gira la cabeza hacia el sonido por puro instinto. El gesto es torpe, descoordinado. La pistola se alza apenas, sin apuntar a nadie en particular.
—¡Richard! —gri t a Esther.
La madre de Esther se adelanta un paso más.
Intenta llegar hasta Richard, agarrarle el brazo, apartar el arma y sacarlo de allí antes de que sea demasiado tarde.
Pero tiene las manos atadas. Apenas puede estirar los brazos, apenas puede hacer otra cosa que inclinarse hacia él, desesperada, tratando de interponerse como puede.
Entonces el disparo se escapa.
Es un sonido brutal, demasiado fuerte para un espacio tan cerrado. La detonación rebota contra las paredes, golpea los cristales y deja en los oídos un pitido agudo que parece aislar a Esther del resto del mundo.
Durante una fracción de segundo, nadie entiende qué ha pasado.
Luego Esther ve a su madre.
La fuerza del impacto la lanza hacia atrás. Su espalda golpea la pared antes de que su cuerpo se deslice hasta el suelo. Los brazos, todavía sujetos, caen primero, inútiles. Después, su cuerpo queda ladeado sobre las baldosas.
Cady lanza un gr ito a g udo, descontrolado. Dan intenta levanta r se, pero solo consigue t ensar las cuerdas y g emir de dol or . Richard se queda inmóvil, mirando el arma como si no entendie r a cómo ha llegado a dispararse.
—No… —susur ra —. No, no…
Esther se queda anclada en el suelo. No se mueve. Cuando ve la sangre, el cuerpo de su madre caer al suelo y el rostro vacío de la mirada de Richard, entra en estado de shock.
La puer t a cede de g o lpe. Los agentes ent r an justo entonces, alertados por el disparo. En ese momento, Esther reacciona y corre directa hacia la madre.
—Mamá… —dice.
—¡Tire el arma! —chilla uno de los agentes.
Richard apenas reacciona cuando se abalanzan sobre él.
La pistola cae al suelo con un golpe sordo.
Lo reducen con violencia, lo tiran boca abajo y le retuercen los brazos a la espalda.
Su mejilla queda aplastada contra el suelo, a pocos metros de la sangre que empieza a formar un charco oscuro bajo el cuerpo de la madre de Esther.
—¡No ha sido…! —intenta decir—. ¡Ha sido un accidente!
Mientras le colocan las esposas, sigue intentando hablar, pero las palabras se deshacen antes de salir de su boca. La resistencia que ofrece es mínima, sabe que no tiene nada que hacer.
Otros agentes se acercan a Cady y a Dan para liberarlos.
Esther cae de rodillas junto a su madre. La sangre se extiende bajo ella, oscura y caliente. Le sujeta la mano con ambas manos, como si ese contacto pudiera mantenerla allí, impedir que se fuera.
—Mamá… mírame… mírame.
Los ojos de su madre están abiertos, pero vidriosos por el dolor. Su boca se mueve apenas, como si intentara formar una palabra que no llega a salir. Esther se inclina más, buscando en su rostro una señal, cualquier cosa que le permita creer que todavía está allí.
—No cierres los ojos. Por favor. No cierres los ojos.
Esther no sabe si el temblor que siente en las manos es suyo o de su madre. Le acaricia la muñeca, los dedos, la cara, sin saber qué debe hacer, incapaz de pensar con claridad. Un agente se acerca a ella y le pone una mano sobre su hombro.
—Déjanos a nosotros — or dena uno de los a g e n tes—. Llamad al 911, ¡ya!
La llamada se hace de inmediat o . La voz al otro lado suena distant e , haciendo p r e g untas que pa r ecen absurdas frente a la s a ng r e, al miedo y al caos que hay en la casa .
—Necesitamos ambul a ncia ya. Mujer , cuarenta años, con he r ida de bala en el hombr o . San gr ado abundante, consciente.
Esther ve que su madre vuelve a cerrar los ojos. Sin pensarlo un segundo, vuelve hacia a ella.
—No, no, no… —susurra, apretándole la mano—. Mamá, mírame.
Se oye a la mujer que está al otro lado del teléfono anunciando que la ambulancia ya está de camino.
Otra agente se arrodilla junto a la madre de Esther y aplica presión inmediata sobre la herida con una compresa de emergencia. Al notar la presión, ella se arquea apenas y deja escapar un quejido débil, casi un hilo de voz.
—Mamá… mírame… mírame.
Los ojos de su madre vuelven a abrirse, afectados por el dolor.
—Estoy… —respira con dificultad—. Estoy aquí.
—Seño r a, no cier r e l o s ojos. Manténgase conmig o —le dice el agente—. Joven, ve a ver cómo están sus amigos.
En ese momento, Esther cae en la cuenta de que no se ha preocupado por sus amigos. Escucha a Cady llorar en el salón y a un agente que está liberando a Dan mientras él respira con dificultad.
—Chicos… lo siento. Lo siento —les dice mientras los abraza.
Fuera las sirenas cambian de tono. Ahora se escuchan mucho más cerca, más fuertes. El sonido va llenando el silencio de la calle mientras la ambulancia se está acercando a la máxima velocidad que puede.
Los paramédicos entran con rapidez. Uno de ellos se arrodilla junto a la madre de Esther mientras el otro abre la bolsa de intervención y despliega el material sobre el suelo del salón: tijeras, gasas, vendas, guantes, una manta térmica.
La agente que presiona la herida se aparta lo justo para que puedan evaluar el alcance del disparo.
—Herida atravesada en el hombro —dice uno de los paramédicos con una voz calmada, profesional—. Entrada en la parte superior izquierda, justo debajo de la clavícula. Salida posterior.
Esther contiene la respiración mientras escucha lo que dicen los sanitarios. Sus amigos le cogen las manos con fuerza.
—Estamos aquí —dice Cady.
El paramédico sigue examinándola, palpando con cuidado, observando la respiración, escuchando las respuestas breves que su madre apenas puede verbalizar. Después comprueba el pulso y se vuelve hacia su compañero.
—No parece que haya tocado pulmón. Su pulso es rápido, pero se mantiene estable.
La bala ha salido por la parte posterior sin perforar el pulmón ni alcanzar ninguna arteria vital. Pero Esther no puede sentir alivio todavía. No mientras su madre sigue tendida en el suelo. No mientras la sangre continúa siendo parte de la escena.
—Ahora vuelvo —dice, mientras se levanta y ver que los sanitarios ya tienen todo controlado—. Necesito estar cerca de ella en estos momentos.
—Claro —dicen ambos al unísono.
Esther cae de rodillas junto a su madre y le sujeta por las muñecas con ambas manos. Se da cuenta de que las cuerdas que la mantenían atada le han dejado heridas superficiales.
—Mírame —le repite—. Quédate conmigo.
Su madre mantiene los ojos abiertos, aunque el parpadeo es más lento de lo normal.
Cuando la colocan sobre la camilla, se le escapa un leve quejido de sus labios al moverle el hombro.
Esther se incorpora con ella, sin soltarle la mano hasta que uno de los paramédicos le pide espacio.
La cubren con una manta térmica y ajustan las correas de sujeción.
—Puedes venir con nosotros —dice el paramédico—. Está estable, pero tenemos que salir ya.
«Estable », piensa Esther. La única palabra a la que puede aferrarse ahora. Aunque no es suficiente para tranquilizarla, sí lo es para mantenerse en pie.
Mient r as tant o , en el ex t e r io r , introducen a Richard en la par t e t r asera de la pa tr ulla.
Ya no o p o ne r esi st encia. Camina rendido, sabe que ha pe r dido el juego que e m pezó hace años.
Él, que siempre ganaba las partidas, sabe que, en esta ocasión, las reglas se han vuelto en su contra.
Tiene la mirada f i ja en un punto indete r min a do del suelo, evitando cruzarse con los ojos de Esther, a u nque en algún moment o , casi de ma n e r a involunta r ia, levanta la vista hacia ella.
Richard abre la boca, quizá para pedir perdón, quizá para repetir que ha sido un accidente, pero no dice nada.
Uno de los a g entes cie rr a la pue r ta del vehículo con un g o lpe seco. Las r adios siguen emitiendo comunicaciones breves y códig o s.
La ambulancia a rr anca. Las sirenas se al e j a n p o r la calle en plena noche, llevándose a la madre de Esther y a ella hacia el hospital más cercano.
Los agen t es comienzan a aco r d o nar la en tr ada con cinta policial.
Dentro de la casa, s o bre la mesa, las ca r tas del ¿ Q u ién es Q u ién? permanecen ab i e rt as en abanico.
La par t ida ha te r minado.