Capítulo 44
El m ó vil de E sther vib r a en su mano c u ando más lo espera.
Lo saca pensa n d o , por un segundo, que se r á un mensaje sin impo rt ancia.
En la pantalla apa r ece un audio de Cady.
Nada más. Sin te xto , sin e x plicación.
El audio solamente dura dos se g undos. Se que d a quieta.
A su alrededor el festival sigue en su momen t o más álgido, donde la música no le pe r mi t e escuchar bi e n el aud i o.
Se aparta hasta encontrar un lugar donde la música queda lejos, apenas un murmullo, y así puede oír lo que le ha mandado Cady.
Al reproducirlo, llega un «Esther» apagado, una voz que pide ayuda, aunque apenas es un susurro.
No hay ruido alrededor. Ni música, ni gente, ni viento. El audio se corta de golpe.
Esther frunce el ceño. Vuelve a darle al play. Luego otra vez. Cada repetición le deja una sensación distinta, más incómoda, más difícil de ignorar. No es lo que dice. Es cómo lo dice.
—¿Qué pasa? —pre g unta Evan, inclinándose hacia ella para ver la pantalla.
Esther no responde de inmediato. Teclea rápido. «¿Dónde estáis? »
Envía el mens a je. Es p e r a. Mira la pantalla fija, como si pudiera obliga r la a r esponder.
—No me gusta —dice por fin—. No me gusta nada.
—I g ual se le ha co rt ado —dice Evan—. Aquí la cobe r tura es horrible.
Esther niega despacio.
—Cady no manda audios así. Nunca.
Guarda el m ó vil y empieza a caminar sin pensa r lo, abriéndose paso ent r e la g ente. Evan t a r da un segu n do en reaccionar y le sigue. Avanzan rápido, empuj a ndo a quien se cruza, recibiendo p r otestas de las personas que se c r uzan en su cam i no.
—¡Eh, cuidado!
—¿Qué os pasa?
El r ecinto ya no es lo que e r a pa r a Esther.
Lo que pa r ecía un lugar segur o , d o nde la m ú sica le devo l v í a la v i da, aho r a la mús i ca ha pe r dido fue r za, el suelo pa r ece haber cambiado y las luces le marean.
Esther vuelve a sacar el móvil mientras camina, como si el m e nsaje pu d ie r a apa r ecer de repen t e.
—¿ A d ó nde vamos? —pre g unta Evan, algo sin aliento.
—Al camping —responde ella—. Dan estaba allí. Y Cady iba para allá.
Mient r as el sonido del festival se aleja y el suelo deja de ser de cemento para converti r se en tier r a y hojas, Esther y Evan se adent r an a la z o na de acampadas. Ah or a l o s espacios en penumbra son s u escenari o .
—Cady —llama Esthe r , esta vez en voz alta .
El camping e stá desier t o. Las tiendas cer r adas, y los g r upos de pe r sonas que p o r la ta r de estaban sentados en el suelo aho r a están en el r ecinto, ajenos a lo que está pasando.
Esther y Evan avanzan en tr e las tiendas, mirando cada una de ellas, b u scando r eferencias. El co r azón le la t e rápid o , pero inten t a mantener la cabeza fría. Vuelve a abrir el audio.
—Esther…
La voz le suena aho r a más lejana. Más frágil.
—Aquí —dice Evan de repente.
Esther se gi r a. En e l suelo, junto a una t ie n da, hay algo ti r ad o . Se acerca des p acio. Dos cartas del famoso juego del ¿Quién es Quién ?
Dos rostros le miran fijamente. Dos caras que a ambos les resultan familiares: Cady y Dan.
—Vale —dice al fin—. Vale.
Evan la mira, espe r ando instrucciones.
—Tenemos que llamar a alguien ya.
Marca casi sin pensar. El t o no suena. Una ve z . Dos. Tres. Salta el buz ó n de voz.
—Richard —dice, i nt e ntando cont ro lar la voz—. C o ntéstame, p o r favo r . Llámame en cuanto escuch e s est o .
Cuelga. Se queda mirando la pantalla unos s e g undos más de la cuenta.
—No r esponde—dice en voz baja.
Saca el móvil casi p o r r eflejo. Le t iemblan l o s ded o s mientras desbloquea la pantalla. Ab r e la aplicación de Buscar. La usa poco, pero sabe perfectamente cómo funciona .
La configuró hace u no s meses con s us a m ig o s pa r a es t ar siempre localizados.
«Debería haber pens a do antes en usarla», piensa. Tarda unos segundos en car g a r .
Primero apa r ece su p r opio punto azul, fij o , anclado e n mitad del camping.
Luego, dos punt o s más.
—Evan… —murmura.
Se in c lina para q ue él pueda ver la pantalla. L o s puntos se mueven.
No están en la zona de acampada. No se encuen tr an dentro del r ecinto. Ni siquiera están ce r ca del lugar del Lo o m Festival.
Avanzan con una dire c ción clara, constante, alejándose del recint o . Siguiendo una car r e t e r a secundaria que Esther conoce demasiado bi e n.
—Eso… eso va hacia… —empieza Evan.
—Mi casa —te r mina ella.