El festival Capítulo 45
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Capítulo 45

La frase le sale seca. Sin emoción. C o mo si dec ir la en voz alta la hiciera más real de lo que quiere aceptar. Observa la pantalla unos segu n d o s más, mient r as los puntos siguen avanzando, hasta que se de t ienen.

Esther cier r a la aplicación despacio, levanta la vista hacia la o scuridad del camp i ng, hacia l o s c a minos vacíos, hacia el lugar d o nde hace un momento e r a feliz.

—Nos vamos —dice.

No añade nada más. Empieza a andar de pr isa en tr e las tiendas y Evan la sigue sin h a cer p r e g untas.

El silencio del camping se r o mpe bajo sus pasos a p r esurad o s.

Esther vuelve a ma r car el número de Richard mient r as camina.

El t ono suena una vez, d o s, t r es. Buzón de voz.

Pru e ba con el de su madre. M ás de lo mismo.

Cuelga sin dejar m ensaje y vuelve a i ntenta r lo de inmediat o . Nada. El teléfono pesa demasiado e n su mano.

—Nadie me co g e el teléfono.

Salen del camping casi corriendo. El ruido del festival vuelve de golpe, violento, como si alguien hubiera subido el volumen de la realidad sin previo aviso.

Luces que parpadean, música alta, gente empujándose sin mirar.

Esther avanza en línea recta, apartando cuerpos, esquivando vasos, ignorando protestas.

—¡Oye!

—¡ M i r a por d ó nde vas !

No se detiene. Evan apenas consigue seguir l e el ritmo.

—Esther, espera —dice—. Vamos juntos.

Ella asiente s i n mira r lo. Vuelve a ma r car mi e nt r as camina. El móvil v i bra, pe r o no es una llamada. Es u na no t ificación cualquiera que ni siqu i e r a ab r e.

Cuelga antes de escuchar el buzón.

At r aviesan la salida del recinto y se internan en la car r etera que conduce a la zona de aparcamiento. El ruido queda at r ás, conver t ido en un murmullo distante. La ilumin a ción es escasa e irregular.

—¡Esther!

La voz llega desde un lateral.

Es John. Está de t enido junto a u n gr upo de pe r sonas, con gesto confuso al verlos pasar t an deprisa.

—¿Todo bien?

Esther no se para y apenas gira la cabeza.

—¡Al g o va mal!—gri t a— Muy mal.

Sigue andando. Evan levanta la mano a modo de disculpa sin detenerse. John se queda mirándolos, inquieto, hasta que se pierden en la oscuridad del camino. El trayecto hasta la casa se hace eterno. Esther abre la aplicación de buscar otra vez. Los puntos siguen ahí. Quietos.

—Están en mi casa —dice en voz baja.

La distancia que separa el festival de su hogar, apenas diez minutos en coche, se convierte en casi media hora a pie, alternando carrera y marcha rápida a lo largo de varias millas.

Van dejando atrás el ruido del festival hasta adentrarse en carreteras oscuras y desiertas que recuerdan a una ciudad fantasma.

Finalmente, la casa aparece al final de la calle.

Llegan sudando y algo ahogados por el esfuerzo.

Desde lejos parece normal: la fachada iluminada por una farola, las ventanas oscuras y el jardín delantero en silencio.

Se detienen unos seg u ndos antes de c r uzar la verja.

—¿Ves algo ra r o? —pregunta Evan.

Esther ent r ecierra los ojos. Hay una luz ence n dida dent r o . En el salón. No es hab i tual a esas ho r as. Su mad r e siempre la apaga antes de i r se a do r mi r .

—La luz. — d i ce— E stá encendida y e l coc h e de Richard está aparcado.

Avanzan d e spacio a h or a. El r uido de sus p asos sobre la g r ava les parece e x cesivo. Esther no t a un o l o r e x traño al acercarse. No sabría decir qué es. Algo me t álico. La puerta no está cer r ada del t o do.

—¿Mamá? —dice, esta vez más bajo.

Empuja despacio. La pue r ta cede con un l e ve crujido. El inte r ior está en penumbra. La luz del s a lón ilumina par t e del pasillo.

Hay algo en el suelo. Esther se queda i nmóvil. Un o bjeto fuera de lugar.

El móvil de Dan, sucio y con la pantalla manchada de tierra.