Capítulo 43
Se aleja con pasos rápidos, sin darse cuenta de que la observo.
Cada movimiento suyo está medido por su propio cansancio, por la saturación de un recinto lleno hasta el límite.
Grupos que avanzan sin mirar, otros que se detienen en seco, risas descontroladas, empujones constantes.
El suelo húmedo y pegajoso no la detiene, pero ralentiza su ritmo lo suficiente para que yo pueda anticipar cada gesto.
Veo cómo se detiene en la cola del baño, cómo empuja sin darse cuenta a alguien, cómo se ríe con las chicas que hablan demasiado alto. Sus dedos se mueven sobre el móvil, distraídos. Me gusta la precisión de su rutina, la naturalidad con la que se deja llevar.
Es un error confiarse tanto.
Pero, por ahora, es perfecta.
El baño la atrapa unos segundos. La observo salir, tambaleándose ligeramente cuando otra chica la empuja. Sale, se lava las manos a medias y se seca con el pantalón. El camino hacia las tiendas de campaña está oscuro, silencio-so, apenas iluminado por unas farolas lejanas.
Entonces doy el primer paso.
Mi mano firme la rodea de golpe, un tirón seco, violento, que la hace caer al suelo lleno de barro. La empujo hacia un lateral donde la luz no llega. Su grito no alcanza a escapar. Siento su sorpresa, su miedo. El dolor agudo en su brazo me confirma que estoy donde debo.
Pero ocurre lo que no debería.
Por un instante, se me escapa.
La reacción de su cuerpo, el impulso del miedo, la fuerza de su tirón… casi logra liberarla de mi control. Un segundo que se siente eterno. Mi instinto reacciona, pero el fallo me recuerda que incluso yo, que planifico cada segundo, puedo equivocarme.
Maldita distracción.
Pero ajusto, aprieto donde debo, la rodeo y la vuelvo a tener.
El control vuelve al instante.
Sus pasos se aceleran mientras la guío entre los árboles, buscando a Dan. Él está allí, atado, indefenso. Su olor confirma que es él. La presencia me hace sonreír en silencio.
Saco el móvil y marco un número que conozco de memoria. La línea se activa al primer timbre. La voz al otro lado no pregunta nada. No hace falta.
—Los tengo —digo.
El camping vuelve a un silencio absoluto. La música del festival llega amortiguada, como un recuerdo distante. Ellos no saben que estuvieron a punto de escapar, que casi lo logran.
Yo sí.
Y me gusta recordar que incluso los más atentos pueden fallar… si uno sabe esperar.
Todo vuelve a estar bajo control.
Exactamente donde quiero que esté.