Capítulo 41
Justo cuando se están preocupando por su amig o , una no t ificación en e l g r upo de WhatsApp les tr anquiliza al ver que Dan es t á a ún en la cola de la comida y que no t a r da r á en llegar.
—¿Ves? —dice Cady, enseñándole el móvil a Esther—. Te lo decía. Estas colas son eternas.
Esther asiente, aunque no te r mina de relaja r se del to do.
Guarda el teléfono en el bolsillo y vuelve a mirar al escenario.
Ima g ine Dra g ons sigue t ocando, la g ente canta como si no existie r a nada más allá de ese momento.
El es t r ibillo se repite y el público r esponde al unísono, mil e s de voces convertidas en una sola.
—Cuando llegue ya estaremos muertas de hambre— añade Cady—pero bueno.
El concierto avanza. Las luc e s c a mbian de co l or , el r itmo sube y baja, y el t iempo pa r ece esti r a r se de una fo r ma ex tr aña.
Esther canta, aplaude, g r aba un vídeo corto que sabe que no volverá a ver en t ero. Hay algo r econfortante en la cer t eza de que Dan llega r á en cual q uier m o mento con comida y bebida, de que todo s ig ue su curso no r mal.
Ent r e canción y canci ó n, Esther mira el móvi l . No hay más mensajes. Lo g uarda o tra vez.
—Igual deberíamos movernos un poco—propone Evan—. Aquí ya hemos estado todo el rato.
—Cuando venga Dan—responde Cady—. No quiero que llegue y no nos encuentre.
Se quedan. Se sientan un ra t o en el suelo, apo y ándose unos en otro s. El concier t o t e r mina ent r e aplausos y vít or es. El escenario se queda a o scuras d uran t e unos s e g undos y luego empieza el desmontaje ap r esurado que siempre acompaña a los cambios de g r upo.
El recinto se llena de movimiento. Gente que se levanta, que se marcha hacia otros escenarios, que busca baños o puestos de bebida. Esther se pone de pie y se estira la espalda.
—Voy a esc r ibirle —dice, sacando el m ó vil. Teclea r ápido: « ¿Te queda mucho? »
El mensaje se queda con un solo t ic durante unos segundos. Lueg o , d o s. No hay r espuesta.
—Qué raro —murmura.
—I g ual no tiene cobe r tura. —dice Evan—Aquí a veces va fatal.
Esther asiente, intentando convence r se. M i r a al r ededo r . El cielo ya está completamente o scuro y las luces del festival dibujan sombras ala rg adas sobre el suelo. El ambiente sigue siendo festivo, pero algo en ella empieza a desajusta r se, como una pieza que no encaja d e l t o do.
Pasan diez minutos. Luego quince.
—Vale, aho r a sí que e mpiezo a tener hambre de ve r dad — dice Cady—. Dan se es t á luciendo.
Esther vuelve a mirar el móvil. Nada .
—Voy a llamarlo —dice.
Ma r ca. El to no suena una vez. Dos. Tres. L uego salta el buzón de voz.
Cuelga.
—No lo co g e —dice, intentando sonar despreocupada.
—Estará liado — r esponde Cady—. O habrá ido al baño.
—O se habrá ent r e t enido hablando con alguien —añade Evan.
Esther g uarda el m ó vil o tr a vez, pe r o ya no consigue centra r se en lo que o cur r e a su alrededor.
Se so r p r ende a sí mis m a mirando constant e mente hacia los late r ales del r ecint o , co mo si Dan pudiera a pa r ecer de un momento a o tro entre la gente.
—Voy a por agua. —dice finalment e —Ah or a vuelvo.
Camina unos met ro s s o la, abre paso entre cu er pos, esquiva g r upos sentad o s en el suelo. El puesto de be b ida está menos lleno que antes. Comp r a una botella y bebe un t r a g o largo. El agua está fría y le r ecor r e el pecho como un alivio br e ve.
Cuando se g i r a para volver con los d emás, choca lige r amente con alguien.
—Perdón —dice automáticamente.
—Nada — r esponde una voz conocida. Esther levanta la vista.
Es John. E stá con un g r upo de pe r sonas; tiene he r idas visi b les y barro en la ropa, y pa r ece deso r ientado al ve r la.
—O tr a vez t ú —dice ella, son r iend o —. Parece que el festival insiste .
—Eso parece —responde él con una risa típica de borracho—. Aunque esta vez casi no lo cuento. Me resbalé a la salida del bosque y me pegué una buena caída.
Es t her mira sus heridas.
—Vaya. ¿Estás bien?
—Sí, solo son algunos rasguños. ¿Tú todo bien?
—Sí… bueno. E stam o s esperando a un a m igo que ha ido a por comida y no vuelve.
—Las colas hoy están siendo un des a st r e —dice John—. A un amigo mío le ha pasado lo mismo antes.
Eso la tranquiliza un poco. Asiente.
—Supongo que sí. Se r á eso.
Se despiden ot r a vez, con la misma natu r alidad que ant e s. Esther vuelve con Cady y Evan, que ya están sentados de nuevo.
—¿Nada?— pregunta Cady.
Esther niega con la cabeza.
—Le he llamado, pero no lo co g e. Supongo que es t ará sin cobertura.
—Se g uro que apa r ece de r epen t e con las m a nos llen a s — dice Evan — . Siempre pasa.
Todo sigue igual a su alrededor: la música, la gente, los conciertos. Pero nada de eso logra tranquilizar a Esther. En estos momentos se siente fuera de lugar, como si fuera la única persona preocupada mientra los demás siguen disfrutando. Vuelve a mirar el móvil como si ya fuera una costumbre.
La p a ntalla se enciende y se apa g a sin novedades. Lo g uarda, cruza l o s braz o s y r espira hond o , como si así pudiera sacudirse la inquietud.
Esther asiente, aunque no está convencida. El hambre explica el mal humo r , el cansa n cio la falta de paciencia, pe r o no esa sens a ción pe r s i sten t e de que algo no encaja del t o do. Ap o ya la espalda en l a valla y o bse r va a la g ente que pasa frente a ellos.
—Voy a intentar llamarlo otra vez —dice.
Ma r ca. Esta vez ni siquiera llega a so n a r . Llamada finalizada.
—Aho r a sí que es r a r o —murmura Cady—. ¿Te ha colgado?
—No — r esponde Esthe r —. Ha cortado directamente.
Se miran los t r es en si l encio. Nadie dice nada durante unos segundos. Parece que ninguno quiere ser el primero en expresar lo que está pensando en voz alta.
—¿Y si vamos noso tro s a buscarle? —p ro p o ne finalmente Evan—. I g ual sigue en la zona de comida.
Esther asiente enseguida.
—Sí. Vamos.
El suelo está cada vez más sucio. Vasos aplastad o s, servilletas h ú medas, rest o s de comida pisoteados.
Avanzan a t ro mpicones, separados por moment o s, obligad o s a rea gr uparse cada pocos met ro s.
El o lor a comida llega en ráfagas desde la z o na de puest o s, r eco r dándoles el hambre.
Esther siente el estómago vacío y una ligera p r esión e n la cabeza.
Todo suma: el r uido, la g ente, la falta de r espuesta por parte de Dan.
Intenta decirse que e x age r a, que solo es cansa n cio, pe r o no t ermina de creérselo.
Cady se mueve ot r a vez, esta vez con menos paciencia. Ap r ie t a los labios y baja la mirada un segun do .
—Vale —dice al final — . Tengo que ir al baño ya o exploto. Se p o ne de pie, se sacude el pantalón y los señala con un gesto rápido.
—No os mováis. Vuelvo en nada.