Capítulo 40
El primer error que comete la gente es alejarse de los suyos, ir sola. Porque creen que nada malo les va a ocurrir. Que todo lo que aparece en las noticias es ajeno a ellos.
Pero no es cierto.
Ha pasado antes. Muchas veces. Personas que se separaron de su grupo para ir al baño, a comprar algo, a despejarse un momento. Personas que nadie vio desaparecer porque nadie estaba mirando en ese instante concreto.
Un chico que salió de un bar y nunca volvió. Una chica que decidió volver sola caminando porque «estaba cerca». O, en este caso, un chico que fue a por comida y nunca volvió.
Siempre hay un último momento normal.
Siempre hay alguien que piensa: «ahora vuelvo».
El festival está en su punto exacto de distracción. Las luces son más intensas, la música más alta. Uno de los conciertos principales está a punto de empezar.
Todo está diseñado para mirar hacia delante, nunca hacia los márgenes.
—Es hora de irse, llegamos tarde —me dicen.
—Id tirando, en cinco minutos voy —les contesto.
Cruzo el recinto sin llamar la atención. No tengo que esconderme. Desde fuera, el camping parece tranquilo, casi abandonado. Nadie recuerda quién ha pasado por aquí hace cinco minutos.
Lo observo regresar con más prisa de la que tenía al irse. El ritmo de la música lo empuja, lo apremia. Reconozco esa tensión en los hombros, ese gesto casi infantil de quien siente que se está perdiendo algo importante.
Cree que aún puede llegar a tiempo.
El sonido del escenario principal se cuela hasta aquí deformado. Siempre me ha parecido curioso cómo ciertas melodías pueden convertirse en telón de fondo para cualquier cosa. Me siento como en una película y la banda sonora me acompaña en cada momento.
Me coloco donde sé que pasará. No improviso. Nunca lo hago. He recorrido este trayecto mentalmente demasiadas veces como para fallar ahora. Cada tienda, cada mesa, cada luz que ilumina, por muy poco que sea, la zona de acampada.
El ruido del festival continúa como siempre, de fondo y sin pausa. Nadie percibe nada extraño, porque todo suena normal. Aquí las hojas crujen a cada paso, siempre hay gente pasando, alguien tropezando o riendo más alto de la cuenta.
Y ahí está, entrando en su tienda.
No sabe lo peligroso que es dar la espalda en un lugar como este.
Cuando actúo, lo hago con precisión. No con rabia, no con prisa. Mis brazos rodean su cuerpo desde atrás, firmes, seguros. Aprieto donde sé que debo apretar para después atarlo.
Durante un instante, pienso en ella.
En cómo estará ahora mismo, quizá sentada en el suelo, mirando al escenario, creyendo que todo encaja. Bailando, riendo o chillando.
Es hora de cortarle las patas a la mentira. Es hora de poner a todo el mundo en su lugar. Es hora de ir bajando las cartas cuando no aciertas el personaje del ¿Quién es Quién?
Su móvil vibra contra mi brazo. Una notificación breve. Lo saco de su bolsillo con cuidado, sin soltarlo del todo. He visto demasiadas veces cómo la gente protege antes su teléfono que su propia intuición.
El desbloqueo es sencillo. Siempre lo es. No necesita códigos ni patrones. Acerco el móvil a su rostro y espero el segundo exacto en el que la pantalla lo reconoce. Un destello breve, casi imperceptible, y el teléfono se abre.
No falla.
La tecnología también sabe obedecer cuando la miras de frente.
El grupo aparece en pantalla. Sus amigas preguntan dónde está y cuándo va a aparecer. Los tres puntos indican que alguien escribe… y se desvanecen al instante.
Redacto el mensaje con calma. Sin faltas. He comprobado que Dan es el único que escribe bien del grupo, así que no van a sospechar.
«Hay muchísima gente en la cola de la comida. Intento llegar lo antes posible».
Lo leo una vez más antes de enviarlo.
Es creíble.
Demasiado creíble.
Es exactamente lo que cualquiera escribiría. La mentira perfecta siempre se parece demasiado a la verdad.
Pulso enviar.
No he podido escoger mejor momento. On Top of the World sigue sonando de fondo. Es su canción favorita y ahora yo me creo que estoy en la cima del mundo.
Toca ir a por la siguiente víctima.