El festival Capítulo 38
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Capítulo 38

Durante unos segundos nadie dice nada. El sil e ncio llena el camping y la músi c a parece que ha dejado de sonar.

—Eso no ha t enido ni ng una gr acia — dice Cady—. Hace apenas una s e mana q u e encont r aron e l cuerpo de Jessica en el bosque.

Evan frunce el ceño, co mo si acabara de darse cuenta de lo que ha dicho.

— Jofer — r esponde, sol t ando una r isa — . E r a br o ma. En serio. Se mehaido la o lla.

—Pues men u da br o ma —dice Cady, cr uzándose de braz o s—. Eso no se p r e g unta así, tío.

Uno de sus amigos se ríe, intentando aliviar el ambiente.

—Estáis to d o s muy intensos. Es un festival, n o una peli de terror.

Alguien propone cambiar de juego. Otro se levanta para ir al baño. El círculo se deshace sin que nadie lo diga en voz alta. Esther se queda sentada, observando cómo la normalidad intenta recomponerse. Se repite que ha sido una tontería. Una frase sin ninguna maldad. Nada más.

—Oye —le dice Evan, inclinándose un p o co hacia ella—. Pefffdón si te he incomodado.

—Yo quiero volver al r ecinto —Cady empieza a levantarse del suelo mientras mira a Esther—. No he venido hasta aquí para quedarme sentada.

—Estoy conti g o —añade Esthe r —. Además, quiero pillar sitio cerca para ver a Ima g ine D r agons. N o s vemos lueg o , chicos — . Dice mientras se despide d e Evan y sus amigos.

Poco a poco, el g r upo se divide . Al g unos se q uedan. Ot ro s, como ellos, r ec og en sus cosas.

El acceso al r ecinto p r incipal es t á más concurrido que antes. Las l u ces del escenario son mucho más intensas ahora. Focos blancos, morados y azules iluminan la zona mientras la música sigue sonando.

—Vale —dice Cady , mirando el escenario p r incipal—. Si queremos buen sitio pa r a Ima g ine Drag o ns, t enemos que quedarnos aquí.

—To t almente — r esponde Dan—. Esto lu e go se pone imposible.

Buscan un hueco m á s o menos cent r ad o , ni demasiado at r ás ni dema s iado ce r ca.

U n p unto est r até g ico desde el q ue se ve bien el escenario y las pantallas g igantes.

Un sitio que permita abandonarlo pa r a ir a por comida e ir al baño.

Se sientan p r ime r o, marcando el espacio con m o chilas, y luego se levantan de nuevo.

Esther mira a su al r e ded or . Gente sentada en el s uelo, parejas abrazadas, gr u pos de amigos compar t iendo bebida y risas. El a i r e huele a h i e r ba seca, a sudo r , a c omida fri t a que llega desde algún pu est o cercano. El t ípico o lor de cualquier festival.

—Me encanta este momento —dice Cady, dejándose caer al suelo—. Cuando todavía q ueda lo mejor y sabes que no tienes prisa.

Esther asiente. Siente el c a nsa n cio en las pie r nas, pe r o también una emoción t r anquila. Esa sensaci ó n de es t ar justo donde quie r es esta r . En el lugar donde ha estado meses soñando.

Las luces del e s cen ar io se a t enúan p o co a poco. Un murmullo r ec orr e al público, como una ola. Esther r ec o noce el nombre que apa r ece en la pantalla a nt e s i n cluso de que lo lea del t o d o .

—¿Es…? —empieza Dan.

—Sí —dice Esther, con una sonrisa que no esperaba—. Ly kk e Li.

Las p r ime r as no t as suenan suaves, h i pnotizando al público. No es una ent r ada e x plosiva, sino todo lo contra r io. Ín t ima. Una calma que se e x tiende lentamente, o bligando al público a bajar el volumen, a escuchar.

Cuando empieza a ca n tar Possibility , Esther siente un nudo en la ga rg anta.

No es una c a nción que pida saltos ni gri to s.

Es una c a nción que se cuela despacio, que se apoya en el pecho y se queda ahí.

La voz de L yk ke Li flo t a sobre el público, delicada y firme al m i smo tiem p o .

Las l u ces son t en u es y cálid a s, como si el e s cenario se hubiera conver t ido en una habitación eno r me compar t ida por miles de personas.

Esther cier r a l o s o jos y r etrocede un año ant e s en su fría habitación cu a ndo es t uvo ing r esada.

La le tr a le llega de una fo r ma distinta a como lo hacía cuando la esc u chaba sola, con los auriculares puestos: S o tell me when you hear m y heart stop (Entonces dime cuand o escuches q ue mi cor azón se detiene).

El tiempo pasa s in q ue se den c uenta.

El escenario se prepa r a pa r a el siguiente cambio, técnicos en tr ando y saliendo, i n st r ument o s movié n d o se con p r ecisión.

El cielo está completamente neg r o aho r a, salpicado solo por luces artificiales.

—Vale —dice Dan, m i r ando alreded or— . M e voy a por la cena antes de que esto se llene aún m á s.

—¿Segur o ? —pre g unta Cady—. Luego no vuelves.

—Vuelvo, vue l vo — r esponde él—. Guardadme el sitio como si os fuera la vida en ello.

—Te lo juro —dice Esthe r —. No te dejamos fuera.

Dan se marcha entre la multitud, perdiéndose poco a poco.

Esther o bse r va cómo se aleja y luego vuelve la vista al escenari o .

Ima g ine Dr a go ns aún no ha s alido, pe r o la expectación se siente e n e l ambiente.

La g ente se ap r ie t a un poco más, como si el e spacio se redujera lentamente.

En ese m o ment o , Est h er y Cady se ap o yan una cont r a la o tr a, sentándose de nuevo en el suelo mient r as esperan. Esther se da cuenta de que, a p e sar del r uido, se si e nte t r anquila. Cansada, sí. Pero tranquila.

—Esther — dice Cady, co g iéndole la mano—. Te quiero pedir pe r dón otr a vez p o r todo lo que ha pasado en est o s últimos días.

—Tranquila — Esthe r , abraza a s u a mig a —. En el fondo os entiendo. Está t o do olvidado.

Saca el móvil pa r a mirar la hora. Todavía queda un r ato. Levanta la vista y obs e r va el mar de cabezas delante de ella.

—¿Estás bien? —pre g u nta Cady.

—Sí —responde Esthe r —. Solo esto y … pensando.

—Pues no piens e s demasiado —dice Cady —. M i r a dónde estamos.

Esther son r íe. Tiene r azón. Las l uces del escenario principal se apa g an p o r complet o . Un r ugido r ecor r e al público. El suelo tiembla. E sther se p o ne de pie, el co r az ó n acelerad o , esperando.

Dan Reynolds y el r es t o de los inte g rant e s de Imagine Drag o ns aparecen sobre e l escenario.

El p ú blico se v uelve loco. La gente de atrás empuja intentando estar más cerca.

Los prime r os a c or d e s de On top of the world suenan.

Esther empieza a aplau d i r , a gr ita r .

Ab r en el concier t o con su canción f a vo r i t a.

Porque ella está ahora en la cima del mundo.

Pe r o mient r as g r i t a, siente esa pequeña p u nzada en el estómago.

—¡Dan no ha vuelto! — le grita a Cady.

Cady sonríe. No escucha lo que le dice su amiga.

—¡ Q ue Dan no ha v ue l t o ! — Esther le esti r a del brazo para decírselo a su amiga al o ído.