El festival Capítulo 37
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Capítulo 37

Esther se cambia despacio, to davía con la sensación pegajosa de la mañana en la piel. Se ata las z a patillas sentada en el suelo y r evisa que lleva lo i m prescindible: móvil, diner o , pulsera, una bo t ella vacía.

—Si hoy no bebo d o s lit ro s de a g ua, me de s mayo —dice Cady, ajustándose la riñone r a.

—Eso dices t odos los días — r esponde Da n —. Y luego t e pasas el con c ie rt o entero saltando.

El camino hacia el rec i nto principal vuelve a estar lleno.

No quieren pe r de r se l o s concier t os de la mañ a na, que a ctúan Param or e y Meyer Edwards.

Esther camina en tr e Cady y Dan, no t ando cómo el ambiente ha c a mbiado r especto al día ante r ior.

La g ente se mueve con más solt u r a, como si e l festival ya les per t eneciera.

Cuando ya div i san las vallas de a c ceso, alg u ien les llama desde un late r al.

—¡Eh! ¡Chicos!

Evan aparece corriendo por la entrada, con una mochila pequeña colgada al hombro. Lleva el pelo limpio, todavía con ese brillo de recién lavado.

—¿Dónde t e h a bías me t ido? — pre g unta Esther .

—He pasado de ducharme allí — r esponde Evan sin pensarlo.

—He ido a casa e sta mañana. A g ua c a liente, t oalla limpia… lo siento, pe r o no me a rr epiento.

—Qué envidia —dice Dan—. Yo me he duchado con una chancla p uesta y r ezando pa r a no tocar nada.

—Voy a dejar la mochila en mi tienda, ¿ me esperáis?

Cuando Evan vuelve, c r uzan el a r co de ent r ada y el sonido del r ecinto los envuelve de nu e vo.

El escenario principal to davía no e stá t an lleno como ay er , pe r o ya hay música y g ente sentada esperando al concier t o de Imagine Drag o ns de esta noche con pancartas con mensajes para los miembros del grupo.

Esther cierra los ojos un instante y deja que el sonido la envuelva: un riff de guitarra familiar que ha escuchado cientos de veces en la lista de reproducción de su móvil.

—¡Wow! —exclma Esther, cogiendo la mano de Cady—. Escuchar esto en directo me está encantando.

Esther sonríe, dejándose a rr ast r ar por la sensación. Cada no t a la transporta a momentos ant er iores de su v ida, a s u habitación del centro de r ehabilitación, de las noches s i n do r mir y de t o do lo que ha t enido que s upera r . Esa vida ha quedado atrás.

—Este tipo de ba n d as siempre me so r prenden —dice Evan—. Vas sin expectativas y de repente encuentras algo que te gusta.

Se acercan a la zona de comida, una fila de food trucks que huele a frito y se vende como si fuera un plato con dos Estrellas Michelín. La cola es larga, pero aprovecha la espera para comentar lo que acababan de escuchar. Esther mira a los músicos en el escenario secundario mientras caminan.

Cuando finalm e nte llegan al pu e sto q u e quieren, se sientan en un esp a cio con sombra ar t ificial, apoyando las bandejas en sus r o dillas.

Esther ha pedido un wrap de pollo y un refresco, Cady unas p ata t as fri t as con agua, Dan una hambur g uesa y z umo.

Y Evan una po r ción de pizza cuat r o quesos y una cerveza.

Esther intenta memo r izar cada detalle: la voz del cantante, los efectos de la guita rr a, la forma en que los co ro s se mezclaban con la multit u d.

—Me encanta cómo suena aquí —comenta Esthe r —. Nada que ver con Spo t ify.

Después de come r , s e unen al grupo de amigos de Evan y caminan hacia el camping para descansar un poco y beber algo antes de que empiecen l o s concie r tos impor t ant e s: l o s gr upos que están como c abeza de car t el.

El ambiente es ahora más r elajado.   Cuando llegan a la zona de acampada, se da cuenta de que no son l o s ún i cos que se han r e t i r ado a sus tiendas pa r a desca n sar.

Esta vez se ponen e n la z o na donde se han instalado Evan y sus amig o s. Se sientan en círc u lo ce r ca de sus tiendas, mientras uno de ellos saca u na bo t ella y otro empieza a repartir vasos.

—Prop o ngo un juego —dice una de las chicas del gr upo, Rachael—para r omper e l hielo: ¿Quién es más pr o bable que…?

Las risas estallan antes de que el juego comenzara.

—Empiezo yo —dice Cady —. ¿Quién es más p ro bable que pierda el móvil an t es de que acabe el fes t ival?

Varias manos señalar o n a Dan.

—¡Eh! —protesta él—. Solo me p a só u n a vez e n una excursión.

—¿Quién es más probable que acabe sin voz al final del día?— pregunta Peter, otro de los íntimos de Evan.

—Cady— dicen todos al unísono.

—¿Quién e s m á s p ro bable que se pase con la bebida y acabe durmi e ndo en otr a tienda?

Evan observa toda esta dinámica durante un r a to , en silencio, hasta que levanta el vaso y dice:

—Vale, me t o ca. Última ronda.

—¿Quién es más p r obable que…? —pregunta alguien riéndose.

—¿Quién e s más pr o bable que desaparezca y no v uelva hasta el final del festival? —dice Evan, mi r ándol o s a to d o s uno p o r uno.

Risas nerviosas, miradas cruzadas. Tod o s levantan la mano. Unos por una s i mple bomba de humo. Otros por coger tal bo r r achera que les obligaba a volver al camping.

Así, continúan varias ro ndas más. Preguntas simples como: ¿quién es más probable que llore en un conciert o ? ¿O quién es más probable que acabe bo rr acho esta noche?

Los amig o s de Evan ya empiezan a ir cont e nt o s. Han sido demasiad a s ro ndas. Dem a siado alco h ol. Finalmente, Evan se queda en s i lencio unos segundos, levantando la bo t ella como si midiera la r eacción del g r upo.

—Úl t ima — da un trago a su bebida antes de hacer la pregunta—. ¿Quién e s más pr o bable que muera en el festival?

El silencio cae como un muro de cemento sobre ellos. Nadie se r í e . Nadie habla.

Y aunque to do parece no r mal, Esther siente un escalofrío rec o rre r le la espalda. Po r que aquella pregunta no ha sonado como una broma.