El festival Capítulo 36
71%

Capítulo 36

El calor es lo primero que nota Esther al despertar.

Está sudando y su piel se pega al saco de dormir.

El aire dentro de la tienda es denso, casi no se puede respirar.

La tela, aún en penumbra, empieza a teñirse de un tono rosado mientras una claridad tímida se cuela por la ranura de la cremallera.

Lo que anoche era una tienda fresca ahora empieza a convertirse en un horno.

Se mueve desp a cio, i nt e ntando no hacer r uido pa r a no desper t ar a Cady y a Dan, que due r men en las tiendas de al lado.

Aún llegan, amo rt iguados, los r onquidos de su a mig o .

Durante un segundo le cuesta r eco r dar dónde está.

Pero el sonido de ot r as cremalleras abriéndose, algunas r isas temp r anas y una voz que se queja del c a l o r la devuelven a la realidad: está en el Lo o m F es t ival, el evento que llevaba meses esperand o , y hoy por fin escuchará las canciones que le salvaron la vida.

Ha descansado poco y mal; se ha despertado varias veces ante el menor ruido, convencida de que aquella sombra volvería a aparecer frente a la tienda. Así que decide intentar conciliar de nuevo el sueño antes de levantarse.

La risa de Cady la despierta de golpe. Consulta el móvil: ya son las ocho y media.

Esther se incorpora y se pasa una mano por la cara; tiene la boca seca y un leve dolor de cabeza.

A pesar del cansancio, opta por levantarse.

Al bajar la cremallera y abrir la tienda de campaña, la claridad del día inunda el interior y la obliga a entrecerrar los ojos hasta acostumbrarse.

Aun así, distingue la silueta de Cady fuera.

—Tengo la sensación de haber do r mido dent r o de un micr oo ndas —murmura, sin abrir los ojos.

Fuera, el camping ya está despierto. Hay gente andando en chanclas, algunos aún con pulseras de la noche anterior, otros envueltos en toallas camino de las duchas.

Sale de la tienda y estira los brazos. El suelo está cubierto de hojas secas y restos de pisadas.

A unos metros, alguien prepara café con un hornillo.

Y es en ese momento cuando Esther cae en la cuenta de que lleva sin comer nada desde ayer antes del concierto.

—¿No habíamos traído una bolsa con comida?—pregunta Esther llevándose la mano al estómago.

—Mierda, creo que se me olvidó cogerla de tu habitación—responde Dan después de quedarse en silencio unos segundos.

—Joder, Dan, para algo que tenías que hacerte cargo—dice Cady, mirándolo con cara de pocos amigos.

—Voy a por algo de comer. Dejadlo estar—dice Esther—. ¿Queréis algo?

—Café, si e x iste en este sitio — r esponde Cady , sentándose ya fuera de la t ienda.

—Y algo dulce —añade Dan—. O salado. O lo que sea.

Esther camina hasta l a z o na común del c a mping.

Hay mesas i mpr o visadas, gen t e desayunando s obre m o chilas, compar t iendo g alle t as, zumos, ba rr itas en e rg é t icas.

En la puerta de acceso del camping hay una food truck que vende desayunos, pero no es gran cosa.

Comp r a tres cafés aguados, que t ienen más agua que café y unos bollos envueltos en papel.

Cuando vuelve con sus amigos, estos aún siguen medio adormilados. Comen despacio, riéndose recordando la noche anterior, disfrutando de estar sentados y pensando en el gran día que tienen por delante.

—Después de es t o, d uchas — dice Cady —. No puedo vivir así.

—Las duchas del c a mping… qué e x pe r iencia —i ro niza Dan. Esther se r íe.

—Peor que ayer no puede ser.

Reco g en lo justo y se diri g en a la z o na de d uchas. La cola ya es la r ga. Gente con to allas al hombro, mochilas colgadas, chancl a s de to do t ipo. El sol empieza a ap r e t ar y el suelo de cemento quema un p o co al pisarlo.

Cuando por fin le toca, Esther entra en una de las cabinas. El agua sale primero helada, arrancándole un jadeo, y luego templada. Se queda unos segundos bajo el chorro, con los ojos cerrados, dejando que el agua se lleve el sudor y el polvo.

Ap o ya la fr e nte con l a pa r ed de pl á stico d e la d ucha y respira hondo mient r as t a r a r ea su canc ió n favorita de Ima g ine Dra go ns, On top of the W orld .

Cuando sale, con el pelo mojado y la toalla al hombro, se siente un p o co mejor y más despier t a. Cady y Dan la esperan sentados en el suelo, secándose el pelo y quejándose del agua fría.

—Vale —dice Cady—. Ya podemos empezar el día.

Esther asiente, pe r o al gi r a r se pa r a volver a la t ienda, algo le hace de t ene r se. En el camino de t ie rr a, a unos met ro s, ve una figura apoyada cont r a un á r bol. C o n solo la postura y e l perfil de la cara r ec o noce a Richard.

—Aho r a vuelvo —dice a sus amigos.

Se ace r ca a él. La conversación es breve, casi rutinaria.

—Buenos días —dice é l—. ¿Habéis sobrevivi d o a la noche?

—Más o menos — r esponde Esthe r —. H a ce un calor horrible.

—Esto no ha hecho más que empezar —cont e sta él—. Bebe agua y no o s perdáis demasiado. Hoy habrá más gente.

—Lo sé —dice ella—. Luego i r emos al recinto.

Él asiente, mirando de re o jo el movimiento del camping.

—Yo esta r é por aquí y por l o s accesos —añade—. Si necesitas algo, ya sab e s.

—Sí —responde Esthe r —. Gracias.

Mientras habla con él, Esther siente el impulso de contarle lo de la carta.

De decirle que algo no encaja, que alguien se está acercando demasiado.

Pero no lo hace. No quiere preocuparle en mitad del trabajo, ni convertir una sensación vaga en un problema real.

Prefiere pensar que exagera, que todo puede tener una explicación sencilla.

Se despiden con un abrazo y Esther vuelve donde le esperan sus amigos.

—¿Todo bien? —pre g unta Cady.

—Sí — responde Esther .

Mient r as se diri g en a sus t iendas, Esther mi r a por todo el camping p r e g untándose d ó nde es t á Evan. No lo ha visto ni en las duchas ni en la cola de la f ood tr u ck que vende cosas para desayunar. Tampoco r ecuerda dónde se había pu e sto con sus amigos.

Los primeros acordes de los conciertos que hay por la mañana hace que la gente que está en el camping abandone la zona y se dirija al recinto principal. De camino se cruzan con diferentes personas que reconocen del instituto, pero ni rastro de Evan y sus amigos.

Cuando llegan al pequeño rincón del bosque donde tienen su « alojamiento», Esther se da cuenta de que, en el e xt erior de su t ienda, a la al t ura de la cremalle r a hay una leve ma r ca oscura, como si alguien hubiese ap o yado su mano durante unos segundos y el resto de bar r o se haya q u e dado pegado a la tela.

Y por p r imera vez d e sde q ue llega r on, en t iende que no impo rt a cuántas personas haya alreded or .

Al g uien sabe exactamente dónde duerme.

—Oye —dice Esther g iránd o se a sus a mig o s—. ¿H a béis visto a Evan?