Capítulo 35
Llego antes que el resto para poder organizar lo que va a cambiar el rumbo del festival, antes de que el ruido llene cada espacio del recinto, del bosque y del aparcamiento.
Hay quienes encuentran un sitio pronto, acostumbrados a ir a festivales y a zonas de acampadas. Otros están más perdidos buscando el mejor sitio para asentarse. Pero a mi me gusta tener todo bajo control.
La gente empieza a llegar, sonriendo. Algunos vienen con esa euforia nerviosa de los días que llevas meses esperando. Otros arrastran cansancio, pero aun así levantan la cabeza cuando escuchan el primer ensayo desde el escenario principal.
Los carteles ondean, el polvo se levanta y todo huele a tierra húmeda y a comida rápida. Los técnicos pasan corriendo con rollos de cinta adhesiva y botellas de agua en la mano. Los que van conmigo hablan en corto, con frases breves que flotan y desaparecen enseguida. Yo asiento cuando debo.
Sonrío cuando toca.
Y por fin aparece quien debe aparecer.
Van cargados con las mochilas. Y mi vista se dirige a ella. Siempre primero a ella. Camina algo más recta que otros días, quizá porque intenta convencerse de que todo está bien. Se recoge el pelo detrás de la oreja. Mira alrededor, asombrada porque está en el festival.
Y luego están ellos. Hablando deprisa, probablemente de todos los planes que tienen por delante.
Van hacia el camping. Yo no necesito seguirlos. Ya sé el camino. He recorrido ese mapa tantas veces que lo llevo impreso en las retinas. De todas formas, me muevo con calma, en paralelo, como quien solo está vigilando el flujo de la gente.
Cruzo una zona donde se apilan cajas de bebidas. Uno de los míos me hace una seña; devuelvo otra, neutra, y les digo que ahora voy con ellos.
Cuando alcanzo el borde del camping, el aire cambia: risas bajas, discusiones sobre piquetas, quejas sobre el suelo duro.
Y, entonces, los veo.
Están montando la tienda. Ella sostiene una varilla y se la pasa a Dan —es inevitable pensar su nombre—. Cady le da instrucciones como si hubiera montado cien tiendas en su vida. Discuten, se equivocan, vuelven a intentarlo.
Aprovechando que se van hacia el festival y yo ya estoy acreditado, camino hacia su tienda, meto la mano en mi bolsillo y saco la carta.
La elegí despacio, anoche, con una paciencia que a otros les resultaría inquietante. La observé un rato largo, apoyada sobre la mesa, y no fue casualidad. Ese gesto ladeado, esa media sonrisa, ese aire de «todo es una broma» …
Me pareció apropiado.
Me agacho como si revisara una piqueta.
Y la dejo.
Vuelvo despacio hacia el ruido del festival. Ya me están metiendo prisa porque van a empezar los conciertos, pero tampoco es que me guste mucho lo que va a sonar hoy. No escucho lo que realmente me dicen; estoy a lo mío.
Así que les contesto con una inclinación de cabeza y me dirijo hacia la entrada.
Podría parecer un día feliz.
Tal vez lo sea para algunos.
Para mí es solo el principio de algo que lleva demasiado tiempo gestándose. Porque los juegos, cuando empiezan, siempre se acaban.
Y, en algún momento, alguien tendrá que responder a la pregunta que está escrita desde el principio:
¿Quién es quién?