Capítulo 34
El co r az ó n le da un vuelco. No sabe si g r i t a r , salir co rr iendo, quedarse quieta o llamar a sus amigos. Su mano se desliza hacia l a cremalle r a de la tienda mientras el cuerpo se le tensa.
La sombra cada vez está más cerca. Las pocas luces que hay cerca del camping hace que se refleje un pequeño movimiento de esas silueta hacia adelante, inclinándose justo en la tienda de Esther. La adrenalina la recorre de pies a cabeza.
—¡Jode r …! —suelta de golpe.
La c r emallera se a bre lentamente y , por fin, apa r ece u na cara conocida.
—¡Esthe r ! —dice Evan, con una sonrisa ne r vios a —. Tranquila, soy y o . Solo quería gastarte una broma.
Esther respira hondo, todavía temblando un p oco. El alivio la calma un poco, aun q ue el nudo en el est ó mago sigue ahí.
Guarda la car t a y se ende r eza, inten t ando r ecuperar la compostura.
—¡No me hagas esto nunca m á s! —le d i ce, m edio riéndose, medio seri a —. Casi me da un infarto.
Evan se enco g e de hombr o s, son r iendo con culpabi l idad. Da señales de haber bebido algo más de la cuenta. Se tambalea un poco ant e s de poder hablar.
—Vale, vale… solo quería ver t u reacción. No pensé que t e asusta r ía tant o .
Antes de que Esther pueda r esponder, se escuchan pasos rápid o s de cam i no a su tienda. Cady y Dan llegan, visi b lemente p r e o cupados.
—¡Esther!—exclama Cady— ¿Todo bien? Te hemos oído chillar.
Cuando llegan a la tienda, se dan cuenta de que Evan está ahí.
—Evan ha inten t ado darme un s u st o , no ha sido nada.
—De verdad, lo siento —dice él, levantando las m a nos en un gesto conciliado r —. No pensaba as u sta rt e tant o .
Se pr o duce un sile n cio incómodo. El murmullo del camping sigue a lrededor de ellos: r isas de gen t e que sigue bebiendo, una guita rr a mal afinada en alguna tienda que está cerca de las suyas, pasos que c r ujen sob r e la t ierra seca anuncia n do que muc h o s ya se re t i r an a dormi r .
—¿Te quedas un r a to ? —pre g unta Cady al final, r o mpiendo la t ensió n —. To t al, ya estás aquí.
Evan duda un instante, pero luego se enco g e de hombros.
—Un poco, sí . Antes de volver con estos.
Se sienta en el suelo, f r ente a la tienda, apoyando la espalda cont r a una mochila. Esther se coloca al lado de Cady , con las r odillas r ecogidas. Dan se sienta e n frent e , cruzado de braz o s.
—¿Qué tal vuestro primer día?—pregunta Evan, mirando a los tres—. El recinto es una locura, ¿eh?
—Demasiada g ente —dice D a n—. Pero el concier t o de la ta r de ha estado bien.
—El del e s cenario principal — a ñade Cady —. M e ha encantado.
—Yo he estado casi todo el día por la zona de los DJs— comenta Evan—. Allí el ambiente es diferente, la gente no está solo por el postureo. Además, ponen música de todo tipo.
—Preferimos el escenario principal—añade Cady— y mañana va a estar lleno cuando empiece el concierto de Imagine Dragons.
—Bueno, mañana podemos org anizarnos mejo r . Hay un par de DJs por la mañana que merecen la pena, y por la ta r de los concie r t o s. Si queréis, podemos ir juntos.
Esther asiente, aunque su atención no está del todo en la conversación. Está sentada dentro de la tienda, con la espalda apoyada en la tela, observando de reojo la entrada, donde la gente empieza ya a aparecer al haber acabado el último concierto.
La z o na del camping va llenándose de gente. Bo rr achos que t ambalean y con alguna a r cada de fondo. El ambiente, que ant e s e r a tr anquilo, aho r a está lleno de r isas y g r itos… Les espera una lar g a noche.
—Sí, ya ve r emos —dice finalment e —. Dependerá de cómo amanezcamos.
—¿Sigues un p o co asustada? —p r e g unta Cady en voz baja, ace r cándose u n p oco más a ella.
—Un poco —admite Esthe r —. Se me ha quedado el susto metido e n el cuerpo .
Evan frunce el ceño.
—Oye, de verdad, lo siento. No p r e t endía asusta rt e así. Pensé que estabas con Cady y Dan. Creía que se r ía g r acioso.
—Ya — r esponde Est h e r — . Solo que… ha s i do t o do muy seguido.
—¿Todo el qué? —pregunta él.
Dan y Cady se miran un se g u n do. Esther duda, pe r o decide que no t iene s e ntido seguir guardándolo.
Aún con las manos t e mblo ro sas, se s a ca la c a rt a del ¿ Q u ién es Q u ién? que ha encontrado fuera de su t ienda y se la t iende a Evan.
—Esto estaba fuera de mi t ienda, pe r o no es la única que me he encont r ado hoy.
Cuando he salido de mi casa, en mi bolsillo t enía o tra — Esther tra g a saliva y sigue — Pensé que e r a una c a sualidad de cuando jugamos e n el Clandestine…
Pe r o dos seguidas es muy r a ro . Además, la inte r ro g ación de det r ás me r ecuerda a la ma r ca q ue dejar o n el á r bol d o nde mata r on a Jessica.
—Del ¿Quién es Qui é n? — Evan la coge y la mi r a con atención, gi r ándola p o r todos los lados. —Se parece demasiado a ti, Dan, p a r a ser una coincidenc i a. ¿Has hablado con Richard?
—No — r esponde Esthe r— . M añana se lo quiero contar, po r que se g uro que , si s e lo digo aho r a, me hará volver a casa y me queda r é sin ver a Imagine Dra go ns. L o más seguro es que sea del juego
—¿Y nadie más ha vis t o nada? —pre g unta Evan .
—No—responde Esthe r —ni pasos, ni voces. Simplemente he tenido la s e nsación de q ue a l guien estaba en el bosque. Pero serán suposiciones mí a s.
El silencio vuelve a caer sobre el grupo. Afuera, el camping ya está más tranquilo. Algunas risas lejanas, el sonido de las cremalleras cerrarse, algún que otro movimiento de tienda un tanto sospechoso y el viento moviendo las ramas.
—Puede que alguien del camp i ng haya en co nt r ado una carta suelta y haya decidido deja r la ahí pa r a asustar —dice Evan, intentando r esta r le impor t anci a — . Hay g en t e muy aburrida.
—Se r á eso —dice Est h er en medio de un bostezo —Chicos, vamos a do r mir ya, que mañana nos espera u n día larg o …
—Yo voy a volver con estos, pe r o estaré cerca. Si necesitáis alg o , me escribís —indica Evan levantándose del suelo.
Poco a p o co, el c a mp i ng se va sumiendo en un sile n cio. Esther cie rr a los o jos, pe r o no consigue do r mirse. Cada sonido la mantiene aler t a.
Entonces, justo detrás de su tienda, vuelve a escuchar un crujido. Abre los ojos de golpe. Presta atención al silencio de la noche, pero oye otro paso más cerca. Contiene la respiración. Y Esther entiende que esa noche no va a poder dormir.