El festival Capítulo 33
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Capítulo 33

Vuelve a mi r ar la car t a. El parecido con su amigo es demasiado evidente p ar a ser una c a sualidad. El mismo tipo de son r isa, la misma i n clinaci ó n de cejas. No es exactamente Dan, pero podría pasar por él si alguien lo viera de lejos.

—Esther, ¿t o do bien? —p r e g unta Cady desde dent r o de la tienda.

—Sí… —responde, forzando la voz—. Ahora voy.

Se guarda la carta en el bolsillo trasero del pantalón, y vuelve con sus amigos. Se sienta sobre la esterilla intentando que el corazón deje de latirle tan fuerte. Dan sigue peleándose con el saco de dormir.

—Te no t o ra r a —dice él, sin mira r la—. ¿Te h a s mareado?

—Me he encontrado esto fuera de mi tienda.

Cady es la p r imera en r eaccionar. Se i ncorpo r a sobre la este r illa y esti r a la mano.

—¿El qué?

Esther duda un segundo, pe r o acaba sacando la ca r ta del bolsillo t r ase r o y la deja en medio, sobre la t ela a rr ugada del suelo de la t ienda.

—Jode r … —murmur a — Se pa r ece a…— No t e r mina la frase.

Dan se queda r í g ido. La sonrisa despre o cupada que tenía hace unos segu n d o s desaparece p o r complet o .

—¿Estás i n sinuando que…? —e m pieza, pe r o se de t iene—. No t iene g r acia.

—No estoy insinuan d o nada —dice Esther rápido—. Solo digo que alguien la ha dejado ahí a propósit o .

Durante unos instantes solo se oye el mur m u llo lejano del festival, amo rt iguado por l o s á r boles. Un bajo p r ofundo, voces, risas. La normalidad de fuera contrasta demasiado con la tensión dent r o de la tienda.

—No me gusta —dice Cady al fin—. Nada de esto me gusta.

—Podemos decírselo a Richard—p ro pone Dan—. Está aquí, ¿no?

—Sí — a siente ella—. Pero no quiero ir aho r a. No quie r o que nos saque del f e stival por una paranoia.

—¿Paranoia? —replica Cady —. Alguien ha dejado una carta al lado de t u t i e nda, de noche, y se p a r ece a uno de noso tro s. Eso no e s una paranoia.

Esther cier r a l o s o jos un segundo. Le v iene a la c a beza la imagen del á r bol. La ma r ca. El inte r r ogante. El m i smo que apareció en el á r bol del bosque donde mata ro n a Jess i ca.

—Vamos a hacer una co sa —dice—. Guardamos la ca r ta, y mañana me acerco a h ablar con él .

Intentan volver a la normalidad sin pensar mucho en la carta, quedándose con la idea de que ha sido una broma,  que alguien los está queriendo asustar.

Pasan las horas hablando, colocando mejor los sacos antes de irse a dormir y hablando de la primera noche del festival, preparándose para el segundo día, que será el más importante para ellos.

Empiezan a compa r tir t o das las fo to s que se han hecho durante el día.

Esther pone una canción de Imagine Drag o ns en una h i sto r ia de Insta gr am, con el ph o tocall de Lo o m Festival de fondo.

An t es de darle al bo tón d e subir, le en tr a un me n saje de R i chard p r e g untándole qué tal e l primer día.

«Bien, ya estamos en el camping a punto de d or mir», le contesta.

—Voy a ir al baño —dice Cady—. Ahora vuelvo. ¿Te vienes, Esther?

—Te acompaño —responde Dan.

—No, id vosotros dos —dice Esthe r —. Q uiero or denar un poco mi tienda.

—¿Seguro?

—Sí. Est o y bien.

Los ve alejarse por el camino p r incipal, sus siluetas perdiéndose en tr e ot r as t iendas. El r uido de pasos se diluye. Esther se queda sola.

Ent r a en la tienda y se sienta. Saca la car t a otr a vez. La observa con más de t enimiento aho r a, bajo la luz t enue de la linterna.

Hay algo que no había visto antes. Una pequeña marca en una esquina.

Como si alguien hubiera hecho un punto con bolígrafo, casi no se ve.

El crujido de las hojas le saca de sus pensamientos y empieza a escuchar un paso y otro.

No son de personas corriendo, ni de una persona que intenta mear entre los arboles. Son pasos lentos que se acercan a ella.

—Cady… —susurra, aunque sabe que no es ella.

La t ela de la t ienda se tensa lige r amente, como si alguien estuviera muy cerca. D emasiado.

Y en to nces lo ve. Una sombra inmóvil, r ecor t ada cont r a la débil luz del camping.