El festival Capítulo 32
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Capítulo 32

Esther levanta la cabeza de inme d iat o , r eco rr iendo con la mirada la marea de cabezas que hay tr as ella. Y ahí está:

John, el auxiliar que estuvo en sus peo r es momentos. Él sonríe al verla, una sonrisa amplia, si n cera, y levanta la mano a modo de saludo, a briéndose paso ent r e la g en t e hasta quedar frente a ella.

—¡Esthe r ! —dice, casi so r prendid o —. No sabía si e r as t ú o si me estaba jugando una mala pasada la l uz.

—¡Eres tú de verdad! —responde ella, riéndose—. ¡Qué fuerte verte aquí!

—Te he v i sto antes y he pens a d o : no puede ser —e x plica él—. Y luego he dicho, venga, le escribo, que si no me voy a quedar con la duda. ¿ Q ué tal estás?

—Me ha pillado un poco por sorpresa, pero bien. Muy bien.

Cady se acerca con curiosidad y Dan hace lo mismo, aunque se queda medio paso detrás. Esther se gira hacia ellos.

—Chicos, él es John — dice—. Es el que me es t uvo cuid a ndo cuando estuve ing r esada.

—Encantado —dice—. M e ale gr o de poner o s cara, Esther me habló mucho de voso tro s.

—¿Venís solo vosotros tres? —pregunta él.

—Estamos con Evan t ambién — r esponde E sthe r —. Pero él va un poco a su rollo .

—Ah —dice John—. ¿Al final lo solucionaste?

—Sí … — r esponde Esther mirando hacia sus amigos.

A los pocos segundos se acercan dos chicos y una chica, que resultan ser los amigos de John.

—¿Os quedá i s e n el camping? —pre g unta uno de los amigos de John.

—Sí —responde Cady—. En tiendas. Lo típico.

—Yo ya no t engo edad para eso —dice Jo h n—. Bastante tengo con a g uantar de pie todo el día como pa r a luego do r mir en el suelo.

Hablan unos minutos más, intercambiando recomendaciones, horarios, escenarios, preguntándose a qué artistas han ido a ver.  Cuando el siguiente concierto está a punto de empezar, el grupo se divide de nuevo y se despiden con el típico «a ver si nos vemos luego» que nunca sucede.

Antes de irse, John se ace r ca un poco más a Esther.

—Me alegra ver t e así. Disfruta mucho.

—Gracias —responde ella—. De verdad.

Pasan las ho r as y el festival va siendo otro y apr o vechan las siguientes actuacion e s pa r a ir a p o r bebida y a l o s baños po rt átiles. Deciden ir hacia la salida que conecta con el camino del cam p ing.

El tr ayecto es más lar g o de lo que parece. A medida q ue avanzan, el r uido del festival se convie r te en un m urmullo lejano y el t e rr eno cambia: menos l uz, más á r boles, sombras más dens a s.

El camp i ng es una e xt ensión eno r me de t iendas de campaña al i neadas. A l g unas t ienen bande r as de g r upos de música, o tr as luces pe q ueñas q ue cuelgan. H a y r isas, música baja, conve r saciones y pe r sonas sacando s a cos de do r mir.

Cuando llegan a sus tiendas, Cady abre la suya y empieza a pelearse con la esterilla. Mientras, Dan, intenta colocar su saco en su tienda, fingiendo que lo hace con mucha técnica.

—Esto está t orcido… —murmura Cady —. M e voy a desper t ar con la espalda r ot a.

Esther se ríe. Hacía tiempo que no se lo pas a ba tan bien.

Se apar t a un p o co pa r a no molestar a sus amigos.

Necesita aire y camina unos pasos. Bajo sus suel a s, las hojas cr u jen y las ramas se r ompen bajo sus pasos.

El ai r e es d i stinto allí. Más frío. Más espeso que en la zona del festival.

«No pasa nada», piensa. Vuelve a su t ienda y es entonces cuando t o do cambia y encuent r a algo que no se esperaba ver allí.

Justo al lado de la piq u eta que sujeta su t ien d a, clavada en el suelo, hay una car t a.

Una car t a del ¿Q u ién es Quién? La rec og e despacio.

Nota el car t ón r ígido entre los ded o s.

Le da la v uelta. Primero ve la cara. Un chico, pelo cort o , castaño, son r isa ladeada, cejas un poco pobladas y levantadas, g esto travieso.

Tarda dos segundos en entender p o r qué se le enco g e el estómag o .

Se parece a Dan.