El festival Capítulo 31
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Capítulo 31

Esther, Cady y Dan avanzan por el camino de t ie r ra que conduce a la ent r ada del festival. El ai r e ya huele a fiesta.

La esencia del L oom F estival ya se o ye con l o s g olpes de l o s g r aves y las p r imeras no t as del gr upo que ha abier t o el festival. Gente de todas las edades está yendo hacia la misma dirección. El r ecinto se e x tiende delante de ellos como una ciudad nueva.

Las vallas metálicas delimitan cada acceso y, a la izquierda, un cartel grande, amarillo chillón, anuncia la fila para menores: autorizaciones y pulseras especiales.

—Por ahí —dice Cady , señala n do, con un a mezcla de nervios y emoción.

A unos metros, junto a otro agente y un perro detector, está Richard. Chaleco de policía. Walkie en el hombro. Mirada atenta, profesional, distinta a la que tiene en casa. Él gira la cabeza, como si un hilo invisible lo hubiera llamado. La reconoce al instante. Y sonríe. Se acerca unos pasos.

—Todo bien —dice, manteniendo el tono bajo y tr anquilo, como si la normalidad fuera par t e del protocol o —. Tened los document o s prepa r ad o s y haced caso a los vo luntari o s.

Sus o jos, sin embarg o , dicen otr a cosa. Dicen: ten cuidado. Dicen: esta r é ce r ca.

—Te veré dent r o —añad e —. E stoy de se g uridad e n los accesos y en el períme t r o . Si pasa cualquier c o sa, me buscas.

Esther asiente. No quiere abrazarlo. No aquí, no delante de todos. Pero, la tentación está ahí, clavándole las manos en los bolsillos.

Cady lo saluda y Dan también.

Se colocan en la fila l a r ga que serpent e a bajo una sombra ar t ificial.

Los voluntarios del festival indican que vayan pasando, revisan papeles, r epi t en las mismas fras e s una y otr a vez.

Esther respira hondo y me t e la mano e n el bolsil l o del pantalón, compr o bando p o r t erce r a vez que l o s justificantes y su ent r ada siguen ahí.

Cuando llega su t urn o , un chico con c haleco fluo r escente sonríe sin mirarlos demasiado.

—Autorización firmada… Identificación… —sus dedos vuelan de documento en document o — Perfecto. Estampa el sello en los papeles.

Luego llega el t urno de Cady . Después, el de Dan. Cada uno r ecibe la misma pulsera: una banda azul con le t ras blancas y un código diminuto. Cuando se la ab r ochan a Esther, siente una pe q ueña p r esión en la m u ñeca. Se la han apre t ado demasiado.

El siguiente control es más rápido. Les revisan mochilas, cámaras, botellas. Los guardias hacen bromas y van deprisa. A alguien le quitan una lata. A otra chica le piden que tire una colonia. Y, de pronto, el mundo cambia.

Cruzan el arco decorado que anuncia la bienvenida al festival y el ruido hace que no se oigan entre ellos. Voces, gritos, gente corriendo y música de fondo. Ya están dentro. A la derecha hay un enorme mapa del festival, lleno de puntos de colores. Esther se acerca, curiosa.

Z O NA COMIDA.

ESCENA R IO PRINC I PAL.

ESCENA R IO SECUNDARIO.

Z O NA DE JUEGOS.

PHOTOCALL.

ENFERMERÍA.

BAÑOS.

CAMPING.

La mirada de Esther se mueve de un punto a otro del mapa, memorizando cada sección del recinto por si les hace falta ir más adelante, especialmente la zona de comida y los baños.

—Vamos a dar una v u elta p r imero —p ro pone Dan, ya con los ojos brillantes.

C o mo el primer grupo que t o caba no les inte r esaba m ucho, deciden cam i nar ent r e l o s diferentes puestos de comida que hay: hambur g uese r ía, un japonés q ue an u nc i a una o fer t a en ramen, y una pizze r ía donde las po r ciones valen a precio de o ro .

En la z o na de juegos, un g r upo de chicos está dent r o de una pi s cina donde t ienen que encont r ar una bola neg r a que tiene un descuento en las ent r adas de la próxima edición del festival.

Y en el photoca l l , unas chic a s posan h a ciendo muec a s mientras alguien las g r aba con un mó v il.

Cady saca su móvil del bolsillo y propone hacerse la p r ime r a fo t o del festival.

Los tr es se acercan, se colocan, se empujan u n poco r iendo.

Esther sonríe y p o r un segundo se le olvida to d o : el pe r fil falso y las disc u siones.

El tiempo parece congelarse en ese instant e , guardado det r ás de una pantalla.

Después avanzan ent r e empujones de la gente, hasta que alguien la co g e del hombr o .

—¡Eh! —una voz que reconoce al instante.

Evan está algo despeinado, con la camiseta oscura de un g r upo que to ca hoy y con su m o chila neg r a a la espalda. No está solo, va con los amigos que había v i sto antes.

—Os estaba buscando —dice, acercándose.

—Pensábamos que es t abas en el c a mping — dice Esther.

—Estaba —responde él—. Dejé las cosas y… bueno. Quería ver si estabais ya dentro.

—Me alegro de que hayáis venido — expresa finalmente Evan.

Y es sincer o . Esther lo pe r cibe. Cambian de t ema.

Hablan de grupos, de ho r a r ios, de qué concierto no q u ie r en perderse.

Caminan juntos un r ato y luego se separan para ir a cenar.

Esther se queda mirando la espalda de Evan mient r as se aleja ent r e la g en t e y se p r e g unta p o r cuánto tiempo dura r á este buen rollo.

Más tarde, deciden acercarse al concierto del escenario principal.

El bajo retumba en el pecho, la voz del cantante se escucha desde todos los puntos del recinto.

La gente levanta sus manos, suben, gritan, saltan y chocan entre sí.

Cady salta. Dan canta, desafinado, pero canta.

Esther levanta los brazos y, durante un rato, se olvida de todo .

Se hacen m á s fo to s. Vídeos co rt os. Gestos t o n to s a cámara. En el fondo, en algún luga r , Esther sabe que esas imágenes sobrevivirán a t o do esto.

Las luc e s del e s cenario principal se vuelven más intensas y el calor ya no es tan pesado, pero los cuerp o s siguen pegados unos a ot ro s, moviéndose al mismo r i t mo.

Esther se está dejando llevar y canta canciones que no había escuchado nunca.

Cady la em p uja con el hombr o , r i e ndo.

Dan g r i t a algo que nadie entiende, pe r o da igual. Están juntos.

Ent r e canción y canc i ón, la g ente aplaude, silba, co r ea el nombre del g r upo. Esther ap r ovecha una pausa pa r a beber un poco de agua. Por un momento, piensa q ue nunca ha b ía estado r odeada de tanta gente y , aun así, se s i en t e segura.

—Esto e s inc r eíble —dice Cady , ace r cándose para que la oiga.

El concierto termina entre aplausos y gritos.

Las luces se apagan durante unos segundos y luego vuelven a encenderse, anunciando que pronto va a comenzar un nuevo grupo a tocar.

En ese momento, las personas que estaban disfrutando del festival empiezan a levantarse.

O bien para ir a por comida, o bien para ir al baño y aprovechar los siguientes conciertos.

Ellos se apar t an un poco, busc a ndo un espacio menos apre t ad o . Se sientan e n e l suelo, ap oy ándose unos en ot ro s. Cady r evisa las fo to s que han hecho, r ién d o se de las caras bo rro sas, de los vídeos movidos. Y D a n se qu e ja de que se ha quedado ya sin voz.

Esther saca el móvil para mirar la hora .

No t iene cober t ura durante unos segundos. S uspira y vuelve a intenta r l o . Ent o nces, la pantalla vib r a en su mano.

Un mensaje nuevo.

«Te veo».