El festival Capítulo 27
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Capítulo 27

A pesar de que han qu e dado den tr o de una hora, Esther decide salir de c a sa antes pa r a p o der hacerse un esquema mental de lo que va a hablar con sus amigos.

El t iempo no acompaña para ir andando al Clandestine, v iento y un frío poco común pa r a esas fechas del año.

Sin e mbar g o, Esther decide p o ne r se los c a scos y r eco rr er esas millas que separan el Clandestine de su casa.

El Clandestine es el típico bar de pueblo donde todos son r isas y diversión.

Donde los amigos van a beber y a comer sus famosas ham b ur g ues a s.

Aunque desde f ue r a solo pa r ece un pequeño es t ablecimie nt o con cristales sucios y con un neón que parpadea cuando quiera, hoy va a ser diferen t e al r esto de ocasiones que han estado ahí los tres amig o s.

La g ente ent r a y sale sin darse cuenta de nada, s i endo felices y most r ando su mejor son r isa, pe r o pa r a E st her c r uzar esa puerta hoy es como ent r ar en un juicio.

John está en una mesa lateral, con un café delante, mirando algo en el móvil. Levanta la vista justo cuando ella entra, como si coincidiera en el mismo segundo. Esther arquea ligeramente las cejas, sorprendida.

—¿Qué casualidad… tú otra vez por aquí? —dice, con una media sonrisa cansada. John sonríe apenas, tranquilo.

—Me pilla de paso. Y este sitio tiene café decente .

Ella suelta una pequeña exhalación por la nariz, entre resignación y algo parecido a alivio.

—Ya.

No hay tensión en el aire, solo esa incomodidad leve de encontrarse dos veces en el mismo lugar sin haberlo planeado. —Bueno, me voy que entro ahora a trabajar, tengo turno de noche y ya sabes cómo son las horas entre esas paredes— le dice mientras se levanta del taburete.

—Pásalo bien — se ríe Esther— Yo voy a coger aquella mesa que he quedado con Cady y Dan, algún día te los presentaré.

Él se levanta, coge la chaqueta y se aleja hacia la salida sin prisa, perdiéndose entre el murmullo del local.

Esther lo sigue con la mirada un segundo, y después respira hondo.

Se dirige a la única mesa para cuatro que está libre, cerca de la ventana.

Se sienta, apoya los codos y entrelaza las manos para disimular el temblor.

Por un momento piensa que podría levantarse y marcharse.

Fingir cualquier excusa. Dejarlo todo así. Pero sabe que no puede.

Se le acerca una camare r a pa r a ver si quiere algo mient r as espera a sus amig o s, pe r o a Esther no le apetece nada e n ese moment o , los ne r vios le han ce rr ado el estómago.

En ese momento siente que su móvil v i bra en el bolsillo de su pantalón.

Cuando coge el móvil ve que es un mens a je de Cady en el g r upo: « Estamos llegando».

—Vale —respond e —. Est o y dentro.

Guarda el t eléfono y mira hacia la calle. Ve a dos chicos pasar r iendo. Una pa r eja d i scute en la e squina. Una seño r a pasea a su pe rr o. El mundo sigue. C o mo si nada. Se repi t e lo que ha dec i dido: es c u c har. Hablar. No gr ita r . Y, sobre to do, no huir.

El t intineo de la campana de la puer t a avisa de que ha ent r ado alguien.

Esther se gira y ve a Cady ent r ar primer o , con el pelo reco g ido en un moño casi deshecho y los ojos hinchados.

D a n va det r ás, con las manos en los bolsill o s y mirando al suelo.

Las miradas de los tr es se c r uzan. Hay un sentimiento de duda y culpabilidad en sus ojos, pe r o caminan h a cia ella.

—Hola —dice Cady, apenas un susurro.

—Hola —responde Esthe r , sin levantarse.

Dan asiente. No sabe d ó nde poner las manos.

Se sientan frente a ella. Un c a m ar e r o diferente a l de ant e s se acerca esta vez, pre g unta si quieren alg o .

Nadie parece dispu e sto a t o mar café, pe r o Cady pide uno.

D a n pide ag ua. Esthe r , de nuevo, no pide nada.

Hay un sile n cio ra ro , l arg o e incómodo.

Cady juega con la s e r villeta. Dan mira el r eloj sin mirar de verdad.

—Gracias por venir —dice por fin Cady.

—No había otr a —contesta Esthe r —. Teníais que explicarme todo.

Cady se queda con la palabra en la boca cu a ndo la puer t a se abre de nuevo. C o n cara de p o cos amig o s, Evan busca ent r e las mesas donde se encuent r an ellos. Cuando l o s ve, camina directo hacia la mesa, mira a cada uno y se sienta.

—Hola —dice.

—Hola —responde Esther .

Cady y Dan murmuran un saludo casi inaudible.

El camare r o se acerca o tr a vez. Evan pide una cerveza. Cuando se marcha, el silencio vuelve . Aho ra están los cuatro. Aho r a ya no hay vuelta atrás. Esther respira hondo y les dice:

«Empezad»

Cady respira hondo.

—Lo que hicimos estuvo mal. No quie r o darle vueltas para justif i carl o . Estuvo mal —repi t e, como si nec e sitara escucharse a sí m i sm a —. Pensé… pensé que, si te lo contaba, te iba a h a cer daño. Y prefe r í callarme. Y fue peo r .

Dan aprieta los labios.

—Yo t ambién lo siento —murmura—. No tenía que haber seguido el juego. No t enía que haber mentido.

—Nunca f ue p o r hacer t e daño —insiste Cady—. N o s daba miedo que nos a par t a r as. Que nos dejaras fuera.

—Pues habéis conseguido justo eso, pero me gustaría daros una segunda y última oportunidad —responde Esther.

Lo dice s i n dureza. S i n gr ita r . Solo como quien deja una verdad sobre la mesa.

En ese m o mento, Dan tr aga saliva y mi r a a Evan. Es el momento de disculparse con él.

—Por la pa rt e que me t oca, te pido pe r d ó n por hace r me pasar por una chica. Me comporté como un inmaduro. Sé que esto no se r virá de nada — vuelve a tr agar saliva. — Pero quiero que sepas que lo siento mucho, de verdad.

Evan mira a Esther p or que no sabe q ué cont e sta r , si cree r se esas palabras o si volverá a a ctuar así otr a vez en el futur o . Sin que lo vea sus amig o s, Esther le da la mano a Evan y se le aprieta, dándole ánimos a que h able.

—No t e voy a mentir —empieza Evan al fin—. M e d o lió. Y me mosqueó. M ucho.

Hace una pausa. Busc a ndo más palabras.

—No solo por lo q ue hiciste —añade—, s i n o po r que fue desde la mentira.

Me hizo sentir como si fuera… un expe r iment o .

— Evan r espira hondo. — Pero t ambién veo que estás dando la cara.

Y eso cuesta. Así que… t e acepto las disculp a s.

No voy a hacer como si no hubiera pasado, pero tampoco quiero quedarme ahí.

Dan levanta la vista, sorprendido.

—¿De verdad?

—De verdad —asiente Evan.

El ambiente tenso del p r incipio por fin se ha ido. Todos respiran aliviados, l a s sonrisas empiezan a s a lir y parece que el Clandestine v uelve a ser el punto de los r eencuent ro s de siempre.

—Mañana es el festiv a l. No quiero ir con e sta losa e n cima. Quiero pasarlo bien. Con vosotros. Pero si volvéis a hace r me algo así, se acabó —fi n aliza Esther.

—Hecho —dice Cady.

—Hecho — r epite Dan.

Hablan unos mi n ut o s más. C o sas simpl es . Detalles del plan para el festival. Qué ponerse. A qué ho r a queda r .

Hasta que Dan suspira, mira alrededor y sonríe de lado.

—Vale… —dice—. Hemos hablado, nos hemos medio pe rdonado, hemos hecho pactos… Esto parece terapia— Y se levanta hacia la barra.

Allí, justo al lado de los dulces y las tazas apiladas, hay un pequeño expositor con juegos de mesa viejos: cartas, dominó, algunos puzles, una caja con las esquinas gastadas.

Dan r ebusca un segu n d o , sonríe cuando en c uent r a algo y vuelve con la c a ja ent r e las manos.

La deja en el centro de la mesa.

—A ver… —dice, con media sonrisa—. Una partidita al ¿Quién es Quién?

Y nadie responde todavía, pero el aire, por un momento, se siente un poco más ligero.