El festival Capítulo 23
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Capítulo 23

Dan se seca l a s lág r imas con las manos. Esther y Evan lo miran, desconfiados, sin s aber si creer que es t á llo r ando de verdad o es ot r o intento de manipulación.

—Necesito que me e s cuché i s —empieza D a n, con la voz quebrada—. Y esta vez de verdad.

Evan aprieta los dientes, cruzado de brazos.

—Habla.

Dan baja la c a beza, r espira hondo y continúa:

—Evan, aquella chica con la que hablaste p or Instagram no e x iste. Es un pe r fil que creé junto a Cady po r que no sopo rt ábamos más q ue Esther se est u vi e r a alejando de noso tro s. F ui yo desde el principio. Cady lo sabía, pe r o no tuvo nada que ver con las conve r saciones.

Esther abre los ojos como platos, sin poder creer lo que oye.

—¿Qué?

—Sí —asiente D a n, n e r vios o —. C r eé ese pe r fil po r que sentía que nos estabas dejando de lado, que Evan ocupaba t o do tu t iempo.

Cady y yo apenas t e r econocíamos. Era como si h ubieras c a mbiado de mundo y noso tro s nos hubié r amos quedado fue r a .

Y … pensé que si desconfiabas de él, volve r ías con nosotr o s. Lo siento de verdad.

Y es t a vez, Dan se r o mpe a llorar. Esther se lleva las manos a la cabeza. Hace pequeños gestos de negación como si lo que acaba de soltar no fuese real.

—¿Me hic i ste dudar de él a p ro p ó sito? ¿Hiciste q ue lo pasara mal solo para que yo …? Dan, esto no me lo espe r aba de ti… ni de Cady.

Evan da un paso hacia delante, indignado.

—Y por tu culpa Esther creyó que yo la engañaba. ¿Sabes lo que tuvimos que aguantar? Especialmente, Esther, tu amiga.

—¡Lo sé, lo sé! — r esponde Dan, levanta n do las manos como quien inten t a p a r ar golpes que no llegan—. Y me ar r epiento, de verdad. F ue una estupidez. No medí las consecuencias. Solo que r ía r ecuperar a mi amiga.

—Y hace unos días… volviste a hablarme. ¿Por qué? — apunta Evan.

—¿Cómo? ¿Lo has vu e l t o a hace r , Dan? —responde Esther, enfadada, sin dar créd it o a lo que estaba escuchando.

El silencio que s i g ue es demoledo r . Esther lo mira con lág r imas contenidas, p e r o Dan aún no ha t erminado.

—Sí, lo siento. Desde que nos dij i ste que h a bías v uelto a hablar con Evan pensábamos que se iba a r epe t ir la misma hist or ia. Por eso, decidí ab r ir otra vez el pe r fil y hacer que Evan o bien no fuera al festival o que se a lejara de t i—. R esponde Dan, mirando hacia el suel o .

—Y lo de Jessica… — tr a g a saliva, insegur o —. Sí, es t uve con ella. No se lo conté a nadie, ni a t i ni a Cady , p or que apenas llevábamos un par de días viéndonos. Yo… estaba colado por ella. De verdad .

Esther lo interrumpe, la voz rota.

—Entonces ¿por qué lo o cultaste? ¿ Por qué hic i ste que parecie r a que Evan…?

—¡Po r que tenía mied o ! — estalla Dan, con los ojos rojos. Porque sabía qu e , s i s e en t e r aban, me juzgarían. Y po r que, después de q ue la enc o nt r a r an muerta, ¿qué i ba a d e cir? Que estaba con ella y de r epente ya no estaba más… ¡ M e iban a señalar a mí!

Esther tiembla, r ecordando las noches sin do r mir, las conversaciones entre ellos t r as la desaparición de Jess i ca.

—Dan… ¿me estás diciendo que no tienes nada que ver con su muerte?

Él la mira fijamente, herido por la desconfianza.

—Cla r o que no. Estuvimos hablando toda la noche, Esthe r . Estábamos l o s tr es: t ú, Cady y yo , hablando por t eléfono.

Esther frunce el ceño, intentando r ec or dar. Sí, e s cier to : aquella noche habían e stado hablando durante ho r as y luego ella se olvidó de habla r les. Esa era la coa rt ada de Dan.

—Entonces…—musita Esther, g iránd o se hacia Evan—.¿Por qué tanto secreto? ¿Por qué no dijiste n a da antes?

Evan no r esponde enseguida. Se limita a apre t ar la mandíbula. Dan, en cambio, apr o vecha para seguir hablando.

—Aho r a entiendo lo que pasa. He visto cómo t e ibas acercando otr a vez a Evan. Y he sentido lo mismo que aquella vez: que lo iba a pe r der t odo. Q ue t ú ibas a dejarnos de lado. Y no quie r o volver a pasar por es o . No quiero perde r te, Esther.

Su voz se qui e bra al p r onunciar esas últi m as pal a bras. Evan lo o bse r va con desprecio. Esthe r , en c ambio, no s a be qué senti r : dol or , rabia, culpa, incluso comp a sión.

Dan baja la mirada, derrotado.

—Me equivoqué. M u cho. Pero nunca os h e tr aicionado como pensáis. Y jam á s le ha r ía daño a Jessica ni a ti.

Dan baja los hombr o s, exhaust o , como si t o do el peso de lo confesado lo hubiera vaciado p o r dentr o . No hay más excusas, no hay más p alabras que añadir.

Esther lo cont e mpla, temblando. No sabe si abraza r lo o echarlo de su vida p a r a siempre.

Su amigo de siempre, su hermano de tantas b atallas, la ha he r ido como nadie.

Y Cady… No se esperaba esto de Cady . ¿Por qué no se lo había contado si lo s a bía?

M i r a a Dan, que le pide con un gesto que le dé una segunda oportunidad.

Ella no sabe qué hacer en estos momentos.

Necesita pensa r lo. Necesita aclara r se. Evan rompe el mutismo.

—Ya está. Has dicho lo que tenías que decir. Ahora vete.

Dan lo observa fijamente, y en ese c r uce de mi r adas se r efleja t o do: el odio, l o s celos, la rivalidad latente desde que apareció en sus vidas. Pe r o no r eplica. Tal vez p or que sabe q ue no le queda fuerza, o p or que, en el fondo, sabe que Evan t iene raz ó n.

Dan se seca las lág r imas. Suspira y asiente, de rr otado.

—Está bien. Me voy .

Camina hacia la puerta, arrastrando los pies. Antes de salir, se detiene un instante y gira la cabeza hacia Esther. Su voz apenas es un murmullo.

—Solo quería r ecuperar lo que t eníamos… eso es to d o . Perdóname. Perd ó nanos.

Y sin espe r ar r espuesta, cier r a la puer t a tr as de sí.

El go lpe seco r esuena en la ca s a. Esther se queda q u i e t a, pa r alizada, con la mirada fija en l a puer t a ce rr ada.

Sus labios t iemblan. Evan se acerca despacio, aún con l o s braz o s cruzados, pe r o su g esto de dureza se va desmo ro nando al ver las lág r imas que finalmente empie z an a r odar por las mejillas de Esthe r .

Ella se lleva l a s manos a la cara, aho g ada por la culpa.

—Perdóname… —susur r a, con la voz rot a. Dudé de ti cuando más necesitab a s que confiara. Dejé que Dan sembra r a la duda en mí… y te hice daño.

Evan le t oma las m a nos con firmeza y las apa rt a de su r o stro. La o bliga a mirarlo a los ojos.

—No me pidas perdón, Esther —dice con voz grave—. Yo también tengo parte de culpa. Nunca debí seguirle el rollo a ese perfil. Ya sabes que estábamos en un momento de monotonía. Pero… Esther, nunca te he olvidado.

Esther contiene el aliento. El contacto de sus manos, la mirada que no la juzga sino que la comprende, le atraviesan por dentro. Por un instante duda, como si todo pesara demasiado, pero al final cede al impulso: aprieta con más fuerza sus manos y se acerca, buscando refugio en él.

Apoya la frente en su hombro, cerrando los ojos, mientras un temblor le recorre el cuerpo. Evan la envuelve con los brazos, protegiéndola, y el silencio vuelve a caer sobre la casa, esta vez más denso, cargado de todo lo que aún queda por decir.

La noche era fría c ua n do Dan sale de c a sa de Evan y saca su móvil del bolsillo p a r a enviarle un mensaje a Cady :

« Esther ya sabe lo que hemos hecho».