El festival Capítulo 21
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Capítulo 21

Esther sigue asimilando lo que le acaba de decir su madre.

En el fondo pi e nsa que ella tam b ién sospecha de él, pero no se lo dice directamente.

M ient r as está pensando qué es lo que va a pone r se pa r a ir a casa de Evan, en su mente sigue el eco de la frase de su m a d r e: «Ten cuidado con Evan».

Espera que hoy encuentre to das las r espuestas que busca, po r que en el fondo le queda alguna espe r anza de que él no hubie r a hecho nada.

«Si él me o culta alg o , hoy lo voy a descubri r », piensa.

Así, decidida y algo nerviosa, sale por la puerta de su casa sin decirle a sus amigos que hoy vuelve a ver su ex, que tiene cosas que contarle y está dispuesta a conocer toda la verdad.

De camino, el corazón le late más fuerte de lo normal.

Está más nerviosa de lo que pensaba. Y más cuando se cruzan dos chicas jóvenes que están hablando del festival, como si nada hubiera pasado.

Se detiene frente a la puerta de Evan. Respira hondo y saca la mano del bolsillo para tocar el timbre. Está lista.

***

Evan está e n su cama, mi r ando la foto que t iene con Jessica.

«Para Evan Rifkin, por lo que el verano unió» . Lee la dedicato r ia que le dejó ella con nostal g ia, aunque lo suyo fue algo pasajer o . El típico amor de ve r ano que se quedó en eso, en una relación corta, pero intensa para una de las partes.

Mi r a el r el o j, nervioso po r que no sabe có m o decírselo a Esther, cómo conta r le eso.

F altan cinco m i nutos pa r a que llegue.

Se d e cide a levanta r se de la cama y p o ne r se una camiseta, cuando de r epente le suena el t el é fon o .

No es un mensaje de Esther a v isándole de q ue llega ta r de.

Es del número o cult o : «Si se lo cuentas, se r ás el siguiente. Las paredes escuch a n».

Evan empieza a s u da r , a respirar agi t adamente. Se convence de que no puede callarse más. Esther me r ece saber la verdad. Cuando se dispone a contesta r le al n ú me r o de teléfon o , el t imbre de su casa suena. Esther ha llegad o .

Evan baja l a s e scaler a s co rr iendo, con la foto de J e ss i ca en la mano. La deja sobre la m e sa del comed o r que le pi l la de paso hacia la ent r ada . Ab r e la puer t a, despeinado y nervioso. Hace pasar a Esther.

—Hola, pasa —le con t esta, mient r as cier r a la puerta. Esther se pe r cata de que hay una fo t o sobre la mesa del comedo r . Lee la dedi c a tor ia y le da la v uelta. Su piel se va volviendo más bla n ca c o nfo r me va intuyendo por dónde va a ir la conve r sación.

—¿Me puede s e x plicar qué es e st o , Evan? —p r e g unta, sin rodeos.

Evan t itubea. Per o , ya no hay vuelta a tr ás. Lle g a el momento que más t emía, conta r le todo lo que Esther no sabía.

—Tengo que contarte alg o . Pero pr o mé t eme que no saldrá de aquí, por favor —y le hace un gesto con la cabeza para q ue se sienten en el sofá.

Esther, asiente, aun q ue por dentro sabe que no puede confiar en él. No del t odo.

—Empieza —le dice Est her con los brazos cruzados.

—Antes de que llegaras t ú a mi vida, conocí a Jessica. No fue nada y antes de co nocer t e ya no hablaba con ella. E so quiero que quede claro.

—Pe… — inten t a decir Esther

—No, déjame conti n uar, por favor —le dice Evan .

—Salimos un par de veces d uran t e el ve r ano antes de comenzar las clas e s.

Lo dejamos p or que ella estaba buscando algo más serio, y yo no.

Se pilló mucho de mí, y eso me ag o bió .

Así que decidí que lo nuest r o solo iba a ser un amor de verano.

Entonces ella, para despedirse, me dio esta fo t o que nos hicimos en una de nu e st r as citas.

—¿Eso es t odo? ¿Y por qué no me lo dijiste antes?

—Porque pensé que, si lo sabías, nunca volverías a mirarme igual. Pero hay algo más que tienes que saber, Esther.

—Evan, me estás pre o cupando. ¿Le hic i ste algo a Jessica?

—No. No le hice nada. Pero puede que una p er sona que conoces sí.

—Evan, suéltalo ya—. Esther le mi r a con p r e o cupación. No está p r epa r ada para lo que le va a decir Evan.

—Jessica se lió con Dan después de que lo dejáramos —y echa la cabeza h a cia a t r ás, aliviado, como si se huebiese quitado un muerto de encima.

Esther se queda pa r alizada. La sang r e le hierve en las venas.

—¿Dan? — pre g unta en un s u surro, como si nombra r lo en voz al t a hiciera más real lo que acaba de esc u char.

Evan asiente con gesto cansado.

—Sí, me enteré poco después de que ella desapareciera, pero nunca dije nada porque no tenía pruebas y porque sabía que si lo contaba me iban a señalar a mí.

Esther se lleva las manos a la cabeza. Una mezcla de r abia, confusión y miedo la r eco rr e.

—No… no puede ser. Dan nunca me dijo n a da. ¡Él es mi mejor amigo!

—Por eso mismo, E sthe r — responde Evan, miránd o la a los ojos—. Si no t e lo contó es porque algo o culta.

Durante unos segundos ninguno dice nada.

Esther intenta asimilar lo que acaba de escuchar.

No quiere creerlo. Dan siempre ha estado a su lado, siempre ha confiado en él.

¿Por qué le ha ocultado una cosa así? El silencio en la casa de Evan  es propio del número final de un circo, donde solo se escucha la respiración de los asistentes. En este caso, la de ellos.

De repente, llaman a la puerta. Dos golpes secos rompen el el silencio y hacen que Esther se sobresalte .

—¿Esperas a alguien?— pregunta ella.

Evan niega con la cabeza y se levanta del sofá. Camina hasta la entrada y mira por la mirilla.

—Esther, ¿les has dicho a tus amigos que estabas aquí?

—No, ¿por qué? ¿Qui é n es? —d i ce Esther mi r ando hacia la puerta.

Evan no responde enseguida. Sigue mirando la mirilla unos segundos más. Él aparta lentamente la vista de la puerta, se gira y la mira con una expresión que Esther no puede interpretar.

—Es Dan.

Y, entonces, Evan abre la puerta.