El festival Capítulo 20
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Capítulo 20

Es fácil asustar hoy en día. La gente cree que controla su vida porque tiene un móvil en el bolsillo, porque publica fotos, porque sonríe en público y borra lo que no quiere que se vea.

Pero la verdad es que nunca han tenido menos control que ahora.

Basta con una aplicación, con un simple programa que duplica dispositivos, para saber lo que escriben, lo que ocultan en sus conversaciones privadas, lo que susurran a través de notas de voz creyendo que nadie más los escucha.

He leído diarios enteros sin que sus dueños lo sospechen. He visto fotos que jamás habrían enseñado a nadie. He escuchado confesiones que nunca se atreverían a repetir en voz alta.

Todos tienen secretos. Y lo mejor es que la mayoría de esos secretos no son inocentes.

Dicen que la verdad siempre sale a la luz.

Mentira.

La verdad necesita ser empujada, arrancada de la garganta de los demás. Y yo voy a ser ese empujón. Me gusta pensar que lo mío no es matar por placer, aunque sería fácil reducirlo a eso. No.

Lo mío es poner orden. Terminar con esas injusticias que el resto del mundo prefiere ignorar .

La primera niña que maté, ¿os acordáis? La del lago.

Todos lloraron su muerte como si hubiera sido un accidente trágico.

Pero nadie sabía lo que había hecho. Nadie la vio cuando ahogó a ese gato indefenso, cómo lo sujetó entre sus pequeñas manos, riéndose mientras el animal luchaba por respirar.

Yo sí lo vi. Y entendí que ella no merecía seguir en este mundo.

La polaca, Kath, tampoco era inocente. Todos la miraban como si fuera un ángel exótico, perfecto. Pero yo descubrí otra cara. Vendía droga. Engañaba a chicos mayores que yo para conseguir dinero. Era un parásito. Una sonrisa bonita, sí, pero una mala persona. Nadie más se dio cuenta.

Pero yo sí.

Y luego estaba Jessica. La que parecía tan feliz con aquel sobre, como si la vida apenas le estuviera empezando a sonreír. Lo curioso es que no era ella la que guardaba el secreto más oscuro. Su error fue estar demasiado cerca de alguien que sí lo hacía.

Él había jugado con fuego durante mucho tiempo. Se había metido donde no debía. Y, lo peor, lo había ocultado.

Así que sí, mato. Me digo que es por orden, por justicia. Pero hay un segundo, solo uno, en el que siento que es por algo más. No es felicidad lo que siento, es control. Y esos segundos son suficientes para que quiera repetirlo de nuevo.

Y ahora, mi próxima víctima…

Esta persona también tiene cuentas pendientes porque ha cruzado una línea que yo no tolero. Hay patrones que deben corregirse, conductas que deben extinguirse. No voy a disfrazarlo de justicia ni de moralidad. No creo en esas cosas.

Esto no es venganza, es ajuste. Es coherencia.

La gente habla de impulsos como si fueran algo que los domina; en mi caso, son herramientas. Yo decido cuándo actuar, cómo hacerlo y por qué. No hay culpa, no hay duda. Solo el siguiente paso.

El interrogante ha sido mi firma durante mucho tiempo. Ese símbolo que nadie entiende, esa huella invisible que queda en cada escena como un desafío. Pero ya no quiero preguntas. No quiero dudas.

Ha llegado el momento de poner caras a los verdaderos culpables, a los que se esconden tras esa fachada de buenas personas, como si no hubiesen roto un plato en su vida.

Porque detrás de cada sonrisa, de cada saludo amable, de cada vida aparentemente corriente…

Siempre hay algo oscuro. Algo que merece ser castigado.

Es hora de que ese interrogante pase a ser una respuesta.

Es el momento de poner a cada uno en su sitio y de que todo salga a la luz.