Capítulo 19
Al final, Evan tarda más de lo no r mal en contesta r . E sther mi r a sin apartar la vista de la pantalla, c o mo si pudie r a acele r ar el proceso con solo pensarlo. Cuando p o r fin aparece e l mensaje, no sabe si senti r se más t r anquila o más confundida.
«¿Podemos quedar p ara hablar? Tie n es que sab e r algo y debe quedar e n tre tú y yo. No puedo seguir m intié n dote»
Vuelve a mirar su r espuesta, seca, pe r o suficiente para pone r le la piel de gallina.
—¿Qué quieres de c ir con que no p u edes seguir mintiéndome, Evan? — escribe con r apidez, pe r o el d o ble t ic azul permanece sin re s puesta.
En el sile n cio de su c u a rto , Esther escucha p a sos ace r carse al pasillo. Guarda el móvil bajo la almoha d a justo ant e s de que su madre as o me la cabeza.
—Oye, antes de que os vayáis al festival, quiero r evisar las mochilas. Ya s a bes, n a da r a r o de alcohol ni co sas —d i ce con un t o no de advertencia disfrazado de cariño.
—Vale, mamá.
Cuando vuelve a estar sola, saca el m ó vil de n uevo. Evan ha contestado:
«A las seis en m i casa»
A Esther se le pasan mil cos a s por la cabe z a: Evan tiene algo que ver con la m uer t e de Jess i ca, Evan es c ulpable o Evan quie r e volver con ella.
Evan es, y si e mpre se r á, una de las may or es incógnitas de su vida.
Per o , en el fondo, ella también le debe e x p l icaciones y pie n sa s o lucionarlo es t a ta r de.
Mient r as t anto, en la otr a punta del pueblo, Evan es t á sentado en su cama, c o n una fo t o en una ma n o y el móvil en la o tr a.
Esta tarde Esther va a saber que él no tuvo nada que ver con la muerte de Jessica, pero sí que tuvo algo con ella antes de empezar la relación con Esther.
Un nuevo mensaje a p a r ece en su pantalla, de un número oculto.
«De j a de hablar con el l a s i quieres llegar vivo al festival.»
El móvil casi se le cae de las manos. Sea q u ien sea, está haciendo que cada vez tenga menos ganas de i r al festival.
***
—Tío, te has p a sado c o n ese me n saje —d i ce Cady, con el ceño fruncido—¿De d ónde coño has sacado este t eléfon o ?
—Es un móvil de p r epa g o —contesta Dan, cruzándose de braz o s—. Si no nos sigue el r ollo con mi p r ima, hay que fo r za r le a que no vaya al festival, sea como s e a.
—Yo no quiero seguir c o n esto —d i ce Cady, pensando en su amiga y en cómo reaccionará ella cuando s e pa lo que están haciendo sus m e jores amig o s — Encima alguien te está mandando mens a jes a nónimos, Dan. ¿ De ve r dad que no te preocupa ?
—No me pre o cupa po r que sé que de tr ás de ellos está Evan—, le contesta Dan.
—No, Dan. No es Evan. Te lo dije, él no tiene ni idea de lo nuestro.
Cady baja la mirada. Por prime r a vez parece dudar.
—¿Y si… alguien más sabe lo de la prima?— murmura.
Dan no contesta. En s u cabeza se repiten l a s palabras d e l mensaje: «El ju ego empieza en tres día s »
***
Ya son las dos de la t a r de cuando la mad r e de Esther sube a la habitación de su h ija para decirle que la comida está en la mesa.
Sabe que al g o le pasa a su hija, así que ap ro vecha que Richard es t á en el departamento de policía para mantener una conversación con ella, de madre a h i ja, como solían hacer antes.
Poco a poco ha no t ado más el distanciamiento con Esther.
An t es le contaba to d o , pero, desde hace un par de meses, la no t a diferen t e con ella.
—He p r epa r ado lasaña, t u plato favorito de cuando e r as pequeña— le mi r a con t e r nura—. ¿Tienes algo que conta r me? Estás ra r a, Esther.
—No, mamá… es t oy bien. Solo ca n sada por to do lo del festival.
Su madre se sienta en el bo r de de la cama, cruzando las manos sobre el r e g azo.
—Esther… sé cuándo no estás bien. No soy tonta .
Su hija s u spira, dejando el m ó vil boca abajo sobre la mesa. —Es que… hay cosas que no sé si contarte.
—Puedes conta r me l o que quieras — i ns is te su madre, inclinándose un poco hacia ella—. I g ual no te lo digo mucho, pero confío en t i. Y me preocupo.
Hay un silencio la rg o. Esther juguetea con las pulseras que lleva en la muñeca, como si b us cara tranquilidad en ese gesto.
—El otro día hablé con Evan y hoy he vuelto a quedar con él.
L o s o jos de s u ma d r e se abren u n p o co, a unque no dice nada.
—Y me contó algo raro. Algo que me dejó pensando.
—Al g o raro, ¿como qué?
Esther duda. No sabe hasta q ué p unto pu e de hablar. El recuerdo del mensaje e n Insta gr am, esa cu e nta fanta s ma, aún le quemaba en la mente.
—Dijo que vio esa m ar ca en el bosque. La i nt er ro g ación pintada en r o jo. Justo donde… d o nde pasó lo de Jessica.
La e x p r esión de su mad r e se endurece un instante. Luego, se obliga a relaja r la.
—¿Y qué significa eso?
—No lo sé. Pe r o si e s ve r dad, alguien lo pintó a p ro p ó sito. Y… aho r a no dejo de pensar en que t o do está conectado.
Su madre t o ma aire, como si midiera cada palabra.
—Esc ú chame, cariño. Hay cosas de l a s que es mejor no hablar, ¿vale? — Le acaricia el p e lo, suave, como cuan d o e r a niña. — Ya bastante t ienes con t us cosas. No t e car g ues co n lo que no t e corresponde .
Esther frunce el ceño.
—¿Cómo que no hablar? Mamá, si alguien sabe algo…
—Basta, Esther—cortó ella, aunque su voz suena más preocupada que dura —. Haz caso. Ya has escuchado a Richard. Lo de Jessica se está investigando. Tenemos que pensar que ha sido un hecho puntual y ya está. Ahora, él va a estar en el festival haciendo refuerzo.
Se levanta despacio y camina hacia la puerta. Antes de salir, añade:
—Pe r o quiero que t engas una cosa c la r a, Esther. En esta vida hay que t ener un o jo en la nuca, n un ca sabes q uién puede hacer t e daño. Por favo r , t en cuidado con Evan.
La puer t a se cier r a c o n un clic suave. E sther se queda inmóvil, con un nudo en el estómag o . Su mad r e nunca le había h a blado así.