Capítulo 18
Esa mañana Esther ha quedado con Dan y Cady para ir ultimando todos los preparativos del festival: tienda de campaña, baterías externas, ropa, imprimir la autorización que sus padres han firmado para que puedan asistir y cosas que sabrán que no utilizarán, pero que saben que se llevarán.
Cady llega la primera, como siempre. Se ha levantado temprano para imprimir las entradas y repasar la lista de cosas que tenían apuntadas en el grupo de WhatsApp.
Toca el timbre y, mientras espera, se pregunta si Dan ha dormido después de lo de ano c he.
—¡Pasa! —dice E sthe r , ab r iendo la puer t a con e l pijama t o davía puest o —. ¿Has traído las linternas?
—Sí, y las cuerdas pa r a r eforzar la t ienda —cont e sta Cady, levantándolas y zarandeándolas—. Si hace viento, nos van a venir bien.
Mient r as empiezan a ordenar t o do e n el salón, llega Dan. Lleva una m o chila lige r a, pero sus o jos delataban un cansa n cio provocado por el último mensaje del anónimo que recibió.
—Perdón, me he ent r etenido —murmura.
Están un r a t o r evisando las cosas: Esther va sacando ro pa de un arma r io, Cady clasif i ca lo que vale la pena y Dan está más pendiente del m ó vil que de la conversación .
—¿Qué pasa, ya estás hablando con alguien pa r a deja r nos ti r adas durante el fest i val? —br o mea Esthe r , señalando q ue no dejaba de mirar la pantalla.
—No, es mi madre, q ue no s a bía dónde estaba y me ha pre g untado —impr o visa él, guardando e l teléfono en el bolsillo.
Cady lo o bse r va de r eojo, pe r o no dice nada. Sabe perfectamente que no e r a su madre.
En un m o ment o , Esth e r va a la cocina a por algo de beber. Dan apr o vecha para ace r carse a Cady.
—No sé si deberíamos seguir con est o —susurra.
—Aho r a n o —le corta ella. —Ya lo hablaremos.
Cuando Esther vuelve, se sientan los tres en el suelo, rodeados de mochilas y bolsas. Entre risas y discusiones sobre qué llevar, se les pasa casi toda la mañana. Sin embargo, cada vez que suena el teléfono de Dan, Cady nota cómo él tensa los hombros.
A mediodía salen a comprar las últimas cosas. En la tienda de depo r tes, Esther se queda p ro bando unas g afas mient r as Cady y Dan permanecen unos met ro s at r ás.
—¿Era él? —pre g unta ella en voz baja.
—No, pero creo que alguien más sabe lo nuestro.
Cady siente un esc a l o frí o . An t es de p o der r esponde r , Esther se gi r a hacia ellos con una sonrisa y d i ce:
—Hecho, las gafas son mías. ¡Es t o ya está casi listo!
Caminan de vuelta como si nada, pero la tensión flo t a entre los t r es. Y aunque a o jos de cualquiera pa r ecen un g r upo de amigos emocionados por un festival, hay algo en sus miradas que no encaja.
De vuelta en casa, Esther deja las bolsas sobre la cama y baja a la cocina. Richard está sentado frente a la mesa, repasando unos papeles mientras se termina el café.
—¿Ya está t odo listo para e l festival? — p r e g unta, sin levantar la vista.
—Sí, creo que sí —cont e sta ella, abriendo la nevera.
Saca un zumo, pero no lo abre. Se queda un momento mirando el envase.
—El ot ro día t e vi r ara cuando volviste de quedar con Evan — dice él, como quien comenta el tiempo.
Esther se apoya en el bo r de de la mesa.
—Fue r aro — admite —No nos peleam o s, p e r o t ampoco fue… no sé, amistoso.
—No r mal. C o n todo lo que ha pas a do, no es algo que se ar r e g le en una charla.
—Ya— dice ella, distraída— Es que me contó algo… y no sé si creerle.
Richard alza la mirada.
—¿Algo relacionado con lo de Jessica?
E sther asiente.
—Dice que vio esa in t e rr ogación r oja pintada e n un á r bol. Justo d o nde… ya sabe s .
—¿Y no nos lo dijo a la policía?
—No. Según él, no q ue r ía pa r ecer sospech o so.
Richard suspira, pe r o no dice nada más .
—Mi r a, Esther. Si crees que e so es i mpo r tante, dímelo y lo paso al departamento. Pero si vas a estar dándole vueltas, te vas a amar g ar el festival antes de que empiece.
Ella asiente sin convicción, como si aceptara la idea más por agotamiento que por estar de acuerdo.
Sube a su habitación, cierra la puerta y se tumba en la cama. Saca el móvil.
Teclea despacio:
«Lo que me contaste el otro día… sigo sin entender por qué subiste esa historia»
Mi r a el mensaje un m o mento, dudando, y lo envía. No espera respuesta inmediata, pero cu a ndo ve que debajo de la fo t o de perfil aparece «Evan está escribiendo…», el co r az ó n le da un vuelco.