Capítulo 16
El perfil típico del psicópata es el de una persona encantadora y sociable, con buenas habilidades para congeniar con los demás. Lo he leído más de una vez. Como si el hecho de ponerle una etiqueta nos hiciera más fáciles de controlar. Más previsibles.
Un error.
Los psicópatas tienden a buscar emociones fuertes y situaciones de alto riesgo, sin experimentar el mismo miedo que la gente común.
La mayor parte de las personas va por la vida evitando el riesgo. Evitando mirar demasiado dentro. Yo no. Para mí, el riesgo no es una advertencia, es una llamada.
No digo que sea el mejor en lo que hago, pero, sinceramente… lo soy. No es fácil aprender estar en una habitación y que la gente se abra sin alterarse y te cuente todo lo que necesitas saber para ayudarle.
Me muevo en silencio. Me gano la confianza con naturalidad. Sé cuándo hablar, cuándo callar, cuándo parecer inofensivo. Es fácil. Las personas quieren creer que están a salvo. Les encanta pensar que controlan la situación, que conocen a todos.
Incluso a mí.
La clave está en la espera. En observar sin moverse, mientras tomas notas de todo. Escuchar más de lo que se dice. Porque todos, prácticamente todos, terminan hablando de más.
Hay quienes creen que lo mío fue venganza. Que lo hice por celos, por rencor, por despecho. No me interesa aclararlo. De hecho, me gusta que piensen eso. Que sospechen de otro, que busquen en la dirección equivocada.
La verdad es que no siento culpa por nada de lo que he hecho. Ni una sola vez. Y no la sentiré por lo que está por venir.
Porque para sentir culpa, primero hay que tener escrúpulos. Creer que hay cosas que no deberían hacerse. Líneas que no se cruzan. Y yo no tengo ese filtro. No me interesa.
Si algún día tengo que hacer desaparecer a alguien con quien compartí mesa o confidencias, lo haré. Porque el criterio no es emocional. Es funcional. Y si alguien interfiere en el orden que he construido, sobra. Así de simple.
La mayoría de los errores graves ocurren cuando la gente baja la guardia. Y justo ahora creen que todo se está calmando. Que todo está volviendo a su sitio.
Ella, siempre tan segura de sí misma. Como si el mundo no pudiera tocarla. Y, sin embargo, cada uno de sus pasos ha sido observado. Calculado.
Registrado.
No fue casualidad lo del ordenador.
Alguien que la conoce podría haberlo hecho.
Alguien que nunca levantaría sospechas. ¿O quizá alguien que ya no tiene nada que perder?
Eso es lo que más me divierte: cuando empiezan a preguntarse entre ellos. A desconfiar. A dudar .
El festival es el lugar perfecto. Ruido. Gente. Caos. Todo parece libertad, pero es otra ilusión más. Cuando estén todos juntos, entre abrazos y sonrisas falsas, no se darán cuenta de lo que se avecina.
Y cuando ocurra, no sabrán si fue culpa suya. O mía.
Entonces aparecerá la pregunta: ¿quién es quién?
A mí solo me quedan tres días de espera.