Capítulo 15
Dan se está preparando para ir a trabajar.
Como cada año, da clases particulares a niños más pequeños.
Él también está ansioso de que llegue el día del festival.
Por mucho que lo intente y, a pesar de todas las negativas por parte de Esther, sigue enamorado de ella.
Aunque le ve más como un amigo, él no lo entiende.
Pero lo que su amiga no sabe es que una de las causas por las que lo dejó con Evan fue él.
La r elación ya estaba prácticamente r ota, pe r o Dan fue el det o nante. Se hizo pasar por una chica e n r edes sociales y empezó a hablar con Evan. Tonteo por aquí, t o nt e o por allá, hasta que la cosa com e nzó a p o ne r se seria.
Dan t enía pe n sado c ó mo contá r selo a su a miga.
Así que, cuando queda ro n una ta r de, decidió contarle lo que había descubierto.
La supues t a chica con la q ue ha b laba Evan e r a la p r ima de Dan.
Así que le enseñó t odas l as capturas de pantalla que tenía en el móvil.
Al día siguiente, ya no e x istía relación.
Cuando baja a desayunar, le so r prende un me n saje de Esther.
E: ¡Hola! ¿Q u é hac e s hoy desp u és de trabajar? He quedado con Cady para ce n ar en mi casa y así os c u e n to lo de ayer con Evan . Por cie r to, ¿cogiste mi orde n ador anoch e ? :
No se aco r daba de que ayer quedó con Evan para intentar calmar las a g uas y que en el F estival no perdiera el control.
D: ¡Hola! Vale, sí me apu n to. No, no cogí tu orde n ador, ¿por?
E: L u ego os cue n to. ¡Nos v e mos! ¡Avísanos c u ando salgas!
D: Vale, ¡luego os hablo!
Después de dar sus c l ases y fingir concentración durante ho r as, Dan sale del piso y se va directo a casa de Esthe r . Cady ya estaba allí cuando llega, ti r ada en el sofá como si fuera suyo.
Han pedido comida china. En el centro de la mesa, tres cajas abiertas de arroz frito y rollitos de primavera les estaban esperando.
—¡Por fin! —exclama Cady— ¿Dónde te metes?
—Dando cl a ses a dos n iños que no saben restar y a uno que no sabe quién e s qu i én en u na o pe r ación matemática— br o mea él, col g ando su mochila.
Esther aparece desde la cocina con t r es vasos y los refrescos favo r it o s de sus amigos.
—¿Todo bien?—le pregunta Dan, notando cierta tensión en su voz .
Ella asiente con una son r isa, pe r o no dice nada más hasta que se sientan los t r es a cenar.
—Bueno—comienza finalment e —. Como ya s a béis, ayer quedamos Evan y yo .
Cady y Dan se miran brevemente. El ambiente se vuelve un poco más denso, como si una neblina silenciosa se hubiese colado en el salón.
—¿Y...? —pregunta Cady.
Esther suspira y baja la vista hacia su plato.
—Nada. Absolutame nt e nada. Hablamos, c l a ro , pero no llegamos a nada. Fue una conversación de esas en las que los dos intentan pa r ecer maduros, pe r o ninguno quiere decir realmente lo que sien t e. Sigue ech á nd o me en cara que y o no le creía en su momento.
—Pero, ¿tú sigues q ue r iendo volver con él? ¿Le crees después de lo q ue t e enseñé? — pre g unta D an, sin que r er parecer demasiado inte r esado.
—No lo sé. C r eo que no. O no del todo. No tengo claro qué quiero. Supongo que fui solo pa r a ase g urarme de que, en el festival, no haya d r amas. Solo quiero pas ar lo bien. ¡Jode r ! Que es nuest r o p r imer festival junt o s.
—Y lo harás —afirma Cady—.Y si no, te secuestramos antes de que te cruces con él.
Dan no dice nada. E st á concentrado en desmenuzar su r o llito con los palillos. En el fondo, una pa r te de él se siente aliviada. O tr a, culpab l e. Sabe que Esther aún no tiene ni idea de lo que r ealmente ha pasado .
—Ah, por cie r to —dice ella, levantando l a cabeza — ¿seguro que no cogiste mi o r denado r?
Dan niega con la cabeza.
—No. ¿Por qué? ¿Ha p asado algo?
—Bueno, anoche, cuando llegué a casa, me di cuenta de que el ordenador estaba encendido. Y, cuando lo abrí, estaba el buscador abierto y la palabra «Jessica» escrita en la sección de noticias.
—Eso es raro. —señala Cady—¿Lo has hablado con tus padres?
—No, la verdad—asiente Esther—. Pero bueno, quizá fue una de mis sesiones buscando información sobre el caso.
El tema muere allí. O al menos, fingen enterrarlo.
Después de cenar, l o s tr es empiezan a preparar las cosas para el festival.
Las m o chilas llenas de ro pa cómoda, bolsas con linte r nas, gafas de sol, car g ad or es po r tá t iles, colchone t as hincha b les.
Cady t iene una l i sta esc r ita a m ano que pa r ece un r i t ual de cada año, a pesar de que es s u primer festival juntos.
Se r íen mient r as di s cu t en quién llevará qué, co mo si e l fin del mundo fue r a una a ventura de camping.
En un momento, Est h er va al baño y Cady apr o vecha para mirar a Dan.
—¿Y tú? ¿Cómo lo llevas?
—¿El qué?
—Lo de ella — Cady va dir e cta, sin filtr o s— No te hagas el tonto .
Dan baja la mi r ada. Ta r da unos segundos en responder.
—No lo sé. Sigo igua l . Y lo peor es que no cambia, pe r o tampoco desaparece.
Cady no dice nada más. No hace falta. So lo le da un g o lpecito en el hombro con cariño y sigue doblando una manta.
Cuando Esther v uelve, cam b ian de tema r ápidamente y siguen r evisando t o do lo n e cesario para el f e stival. Q uedan solo cuat r o días para las que van a ser las mejores horas de su verano.
Más t a r de, cuando ya está en casa y el r eloj se acerca a la medianoche, Dan se sienta en s u e scritorio, enciende la lámpara pequeña que apenas iluminaba l o s bo r des de la habitación y abre la c a r pe t a donde guarda los r ec ort es de algunas no t icias y e n tr evistas de s us gr u po s de m ú sica favo r it o s.
Pe r o entre ellos, están t ambién las conve r saciones fals a s. Las capturas. Las pru e bas. Aún no las ha ti r ado. Cier r a la carp e t a y la desliza en el fo n do del cajón. Sabe que t a r de o t emprano, t end r á que enfrenta r se a la verdad. A su ve r dad.
Porque Esther aún no sabe que t o do se emp e zó a ro mper por su culpa.