El festival Capítulo 14
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Capítulo 14

El trayecto de vuelta ha sido más largo de lo normal.

O tal vez solo lo parecía. Esther mira por la ventana del coche, viendo cómo las gotas finas empiezan a ensuciar el cristal.

Le recuerdan a todas esas lágrimas que ha derrochado a lo largo de su vida.

Su padrastro le lanza preguntas suaves, precavidas, intentando no agobiarla.

—¿Qué t al con Evan? — p r egunta é l p o r primera vez.

Ella responde con un enco g imiento de hombr o s.

—Bien.

Ocur r e así durante varias millas : él pre g unta, ella responde en monosíl a bos. Nada más. Y a u nque s a be que Richard no t iene culpa de nada, hablar de Evan es como clavarse una astilla b aj o la uña. Inevitablem e nte d o l o roso.

La conversación en la cafet e r ía no le ha servido de nada.

Ni para aclararse ni para sentirse mejor.

Más bien lo co nt r ario: aho r a, sabe que en unos días es t a r á entre miles de pe r sonas, respirando el mismo ai r e que él, caminando por los mismos lugares del f e stival.

En ese m o ment o , sie n te una p r esión incómoda en el pecho, como si un cable suelto dentro de ella estuviese gene r ando chispas.

—Sabes… podríamos hacer algún plan juntos —sugiere Richard, mirándola de reojo sin apartar la vista de la carretera —. Como cuando eras pequeña.

—Sí. Pod r íamos —responde ella sin pensa r , sin intención. —¿ Oye, estás bien?

Él siempre se da cuen t a. Siempre. Aunque no compa r te su sangre, es la persona q ue mejor sabe leerla. El que la sost u vo cuando lo de Evan terminó. El que la vio llo r ar sin hacer pre g untas, solo estando allí.

—Papá, no me ape t ece hablar del tema, de verdad. Estoy bien.

Él asiente, aceptando que esta batalla la ha pe r dido. Entonces, baja un poco el volumen de la radio y no insiste. El silencio vuelve a cola r se en el coche, pe r o esta vez e r a más amable.

Al llegar a casa, Esther deja las llaves en la en tr ada y se diri g e a la cocina. S u madre es t á sentada en la mesa del salón con su portátil , tarareando una melodía baja.

—¿Cómo t e fue? —pre g unta sin g i r a r se, mient r as inten t a alcanzar la balda de a rr iba.

—Bien, no r mal— r esponde Esther mientras abre la nevera sin hambre.

Su madre cier r a la de s pensa con su a vidad y añade:

—Ah, p o r cierto. Dan se ha pasado a por unas cosas. Me dijo que hab í a dejado ropa aquí y unas pulseras del festival. Ent r ó rápido, co g ió lo suyo y se fue. Yo estaba ab a jo.

Esther levanta la vista, un poco desconcertada.

—¿Dan?

—Sí. Me escribió antes por WhatsApp. Como tú no estabas, me pidió que le abriera. Le dije que sí, claro.

—Vale… —murmura ella, cer r ando la nevera .

Sube a s u h a bitación, t o davía pensando en ello. D e ja e l y og ur en la mesilla y enciende el móvil pa r a compr o bar si Dan le había a visado. Ahí estaban los mens a j es.

«Ey, paso a por mis cosas del festi. Dejé u n a mochila y las pulseras en tu casa. No te molesto. Está tu madre, ya me ab r e ella.»

Lo había e n viado dos ho r as ant e s. Justo cu a ndo ella estaba con Evan.

Le responde con un simple: «Ok, todo bien.»

Luego abre el grupo con Cady y Dan. Un par de mensajes t o nt o s, nada relevante. Y empieza a esc r ibir:

«Ya os contaré m añana. E s toy rara.»

Apa g a la pantalla y se deja caer sobre la cama. Ent o nces lo ve. Algo que no r ecuerda haber dejado así.

Su po r tá t il sigue encendido.

La t apa e stá lig e ramente levantada y la l u z del bo tó n parpadea como un latido. Esther está p r ácticamente segura de que lo ha apa g ado ant e s de i r se. O al m e nos, ce rr ado la tapa del t o d o . Se acerca y lo abre.

La pantalla cobra v i da de inmediato: u n a pestaña del navegador abier t a en Go og le N o ticias. Y en la bar r a de búsqueda, solo una palabra.

Jessica.

Esther siente un nu d o e x traño e n el es t ómago. Ella ha busc a do información s o bre la chica en días a nte r io r es, claro. Pe r o hoy no. No a esa hora.

Abre el historial .

La búsqueda está re g istrada a las 14:46.

La misma ho r a en la q ue Dan ha estado en su casa.

Cie rr a la t apa con cuidado. No e r a una acusación. No era ni siquiera u na sosp e cha clara. Pe r o algo no le encajaba, él no se sabía su contraseña, nunca se la había dicho.

¿Por qué alguien esta r ía busc a ndo eso en su p or tátil? ¿De verdad Dan nec e sita b a subir a su c uar t o pa r a coger una mochila? ¿Y por qué a brir el or denador?

Baja las escaleras de nuevo.

—Mamá, ¿D a n s ubió a mi c uar to ? —p r e g unta desde la puerta de la cocina.

Su madre se gira, so r prendida por la urgencia en su tono.

—C r eo que sí — responde —. D i jo que lo t e n ía t odo e n t u arma r io. ¿Pasa alg o ?

—Nada — miente E sther al i n stante, dem a si a do rápid o —. Solo preguntaba.

Vuelve a subir. Esta vez no enciende el po r tátil. No quie r e mira r lo más. Mantiene el dedo en el botón de apagar, lo me t e en el cajón del escrit or io y cier r a con llave. No s a be por qué. No sabe q ué espera evita r .

Esa noche se va a la cama incómoda. Siente que algo no encaja, aunque no consigue identificar qué es.