Capítulo 13
Después de aquel accidente en el lago, vino otra chica más. De esto hace un par de años. Siempre he sabido qué quería ser. En mi mente no estaba previsto que me convirtiera en un asesino, pero las cosas llegaron así.
Aquel día recuerdo que estábamos en el parque. Todos los amigos nos reuníamos a la misma hora en verano. Solo que ese día apareció un grupo de chicas polacas que estaban de vacaciones.
Jóvenes, rubias y que buscaban diversión con gente del pueblo. Así que nos hicimos amigos de ellas esa misma tarde. Y, entre todas, Kath fue la que más destacó.
Tenía dieciocho años. Era alta, atractiva, con el pelo muy liso y unos ojos pálidos que a veces parecían vacíos.
Era más tranquila que las otras, más observadora.
Me hablaba en inglés con frases cortas, pero claras.
Y yo la escuchaba, aunque entendiera poco.
Fingía más de lo que comprendía, pero a ella le servía.
Durante los días que siguieron, empezamos a vernos más, al margen del grupo. Íbamos al lago. Nos sentábamos cerca del agua y fumábamos. Ella traía caramelos, siempre de menta. Me contó cosas sobre su casa, su familia, su ciudad. Yo no decía mucho.
Solo quería que siguiera hablando.
Había algo en ella que me molestaba. No porque fuera mala persona o arrogante.
Al contrario. Era amable. Pero tenía esa forma de mirar que me hacía sentir invisible.
Como si yo no contara. Como si yo solo fuera un chico simpático que le hacía compañía un rato.
Estaba acostumbrado a ayudar a la gente y a reconocer cuándo alguien quería decir una cosa y acaba diciendo otra.
Nada más.
El último día antes de que regresaran a su país, me escribió para quedar. Tarde, ya anocheciendo. Quería ir al lago, despedirse. Le dije que sí.
No lo decidí en ese momento. No fue una reacción impulsiva.
Fue mientras la escuchaba decir que ojalá pudiera volver el próximo año.
Que había sido un buen verano.
Que le habría gustado conocerme más.
Mentira.
Ahí supe que no lo decía en serio. Que al día siguiente se olvidaría de todo. De mí. Del lago. De este pueblo. Y no me dio rabia. Me dio una especie de certeza.
Ella no iba a regresar. No iba a mantener contacto. No iba a recordar nada de esto.
Así que esa noche no volvió.
Al día siguiente, las otras chicas preguntaron por ella, pero no demasiado. Pensaron que había salido sola o que se había adelantado a casa. Como se iban por la mañana, no hubo tiempo para sospechas.
Aún guardo el recorte del periódico donde se informaba de la desaparición de una turista.
En la mayoría de casos, las desapariciones de turistas acaban siendo extravíos temporales, accidentes, problemas de comunicación o, incluso, situaciones voluntarias en las que la persona simplemente no quiere ser encontrada.
Pero no era nada de eso.
Mientras recordaba aquel día, me sonó el teléfono.
Llegaba tarde.