El festival Capítulo 12
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Capítulo 12

El día en que Esther va a hablar con Evan sale nublado y con pinta de llove r .

Desde que quedar o n por Instag r am no han vuelto a hablar.

Decide desbloquearle de WhatsApp y hablarle para saber si aún sigue en pie el plan de esta ta r de.

Ve que la última conve r sación que t uvier o n fue el día antes de ro mpe r .

Miles de recuerd o s le vienen a la cabeza.

T a nt o los buenos como los m alos. Pero ahí están.

Hola, soy Esthe r , no sé si bor r aste mi n úm ero , ya que no me sale tu fo t o de pe r fil. ¿Sigue en pie lo de e st a ta r de?

Esther envía el mensaje todavía con la duda de si llegará a leerse. Enseguida aparecen los dos tics de entrega. Pasa un minuto. Dos. Los tics se vuelven azules, señal de que lo ha leído. Pero la respuesta no llega.

Se queda m irando el m ó vil, sentada en el borde de la cama, dándole vueltas a si i r o no. ¿Y si solo es una fo r ma de chincharla? ¿Un i m p u lso de noche? ¿Y si e n r ealidad no quiere ve r la y aho r a no sabe cómo echarse a tr ás? ¿Está ocultando algo?

Finalmente, llega el mensaje.

Sig u e en pie. A las 12 en el Clandestine

Vale, allí nos vemos , le responde.

Se pone sus vaqueros favoritos, la primera sudadera que coge del armario y se recoge el pelo en una coleta. Antes de salir, escucha pasos en el pasillo. Richard, ya vestido de calle, pero sin el uniforme, pasa por delante de su puerta.

—¿Vas a salir? —pre g unta él, deteniéndose.

—Sí. He quedado pa r a t omar algo—, responde con cautela, no que r iendo decir con quién directamente.

Él la mira en silencio un momento.

—¿Con Dan? ¿C o n Cady ?

Ella duda. Luego r espira hondo.

—C o n Evan.

Al segundo ya se arrepiente de haber dicho la verdad. Tanto su madre como Richard saben lo mal que lo ha pasado con este tema, pero debe seguir los consejos que le dio John para poder abrirse aún más con ellos.

Su padrast r o frunce l e vemente el ceño.

—Ese es el e x , ¿no?

—Sí.

—¿Y qué quieres habl a r con él ahora?

—Solo necesito aclarar cosas. Él t ambién va al festival. Quiero que no sea incóm o do si nos cruzamos. Nada más.

Durante unos segundos, se quedan en silencio. Richard se apoya contra el marco de la puerta, mirándole preocupado. Se acerca a ella para darle un pequeño abrazo y un beso en la frente.

—¿Dónde habéis quedado?

—En el Clandestine. A las doce.

Él asiente de s pacio.

—Está bien. Pero luego te rec o jo yo , por que va a llover .

—Papá…

—No e s negociable.

—Vale.

—Y si algo se pone raro, me escribes. ¿Entendido?

—Entendido.

Richard la mira un se g undo más, como si intentara lee r le la mente, y se aleja por el pasillo sin de c ir nada más.

***

Poco después, Esther ya está caminando sola p o r las calles húmedas. La capucha de su sudadera le c ubre pa rt e del r o stro. En el ai r e flota un olor a tier r a mojada. El t ipo de o lor que anticipa t or menta, aunque todavía no llu e ve.

Llega cinco m i nu t os antes al Clandestine, un pequeño bar con luces cálid a s y mús i ca suave que sale por los al t avoces.

Está casi vacío a esa ho r a. Un par de camareros col o can bollería en vitrinas y limpian las mesas en silencio.

Da un paso más hacia dentro y su mirada se detiene en la barra.

John está ahí, con una taza de café entre las manos, solo.

Al principio no se da cuenta de que ella ha entrado, pero una vez nota su presencia detrás se da la vuelta.

—No sabía que tú también solías venir por aquí —dice, dejando caer la mochila en la silla de al lado antes de sentarse en el taburete contiguo.

John levanta la vista despacio. Sus ojos se posan en ella con una calma que roza lo incómodo.

—Tampoco sabía que tú volverías a este sitio.

El camarero se acerca y Esther pide una Coca-Cola sin mirar la carta. Cuando se va, el silencio se instala entre ellos como uno más del grupo.

—He quedado con Evan —dice ella, casi de golpe, como si arrancara una tirita.

John asiente levemente, sin apartar los ojos de ella.

—¿Para qué?

—Hablar. Cerrar cosas.

Un silencio breve. John deja la taza sobre el plato.

—Vale, veo que estás haciendo caso a lo que te dije. Pero, ten cuidado. Aún lo tienes muy reciente.

La Coca-Cola llega en ese momento, y el camarero rompe la tensión sin darse cuenta. Esther le da las gracias con una sonrisa y da un sorbo largo, como si necesitara algo frío que le ordene las ideas.

—He estado un año reconstruyéndome —dice en voz más baja—. No voy a tirarlo por la borda por una conversación.

—Si algo no te cuadra, te vas. Sin más.

Ella asiente. John camina hacia la salida y desaparece sin mirar atrás.

Esther suelta el aire despacio, pide otra Coca-Cola en la barra y, con la lata fría entre las manos, se dirige a una mesa del fondo.

Desde ahí puede ver todo, la puerta incluida.

Se sienta, coloca la mochila en la silla contigua y mira el reloj.

Cuando marca las 12:10, la pue r ta se a b re.

Es él. Evan ent r a con las manos en l o s bolsillos, l o s cascos colgando del cuello.

E stá más flaco, o q uizá solo más se r io.

Lleva una sudade r a gr is y una g or r a negra.

Parece que haya envejecido un par de años desde la última vez que quedaron .

—Hola —dice sin sonreír, sentándose frente a ella.

—Hola.

Hay un s i lencio br e ve, incómodo. Él la o bse r va un momento y luego baja la mirada.

—No sabía que tú también ibas al Loom —dice al fin.

—Y yo no sabía que tú ibas. No hasta que vi t u historia.

Evan asiente. No se justif i ca. No p r e g un t a cómo está. Esther decide no pe r der más tiempo.

—¿Por qué subiste una hist or ia desde el bosque?

Él levanta la mirada. Frunce apenas el ceño.

—¿Qué? ¿Eso?

—Sí. Es la m i sma zona donde encontraron a Jessica. ¿No lo sabías?

—No tenía ni idea —responde, encogiéndose de hombros—. Era de noche. Me colé con unos amigos para ver los escenarios de cerca.

Esther lo observa con a t ención. No parece nervioso. Pero algo no le cuadra.

—¿Y por qué borraste la historia?

Él duda. Jus t o ahí, duda.

—No sé. Me dio mal rollo.

—¿Y tú no viste nada raro?

Evan la mira un segundo más, como si evaluara cuánto contar.

—Vi el símbolo.

Esther se inclina hacia adelante.

—¿Qué símbolo ?

—Una inte rr ogación roja. En un á r bol. Pen s amos que e r a alguna cho rr ada de deco r ación del festival. O alguien haciendo g r afiti. Pero aho r a que lo dices… m e dio mala espina.

El estóma g o de Esther se encoge.

—¿Por qué no lo dijiste a la policía?

—¿Y qué iba a decirles? ¿Vi un signo raro en un árbol y subí una historia donde encontraron a una chica muerta? Me iban a fichar por loco o por sospechoso. Además, no hice nada malo.

Esther no sabe qué r esponde r . Una pa rt e d e ella q uiere cree r le. Otra no puede igno r ar la coincidencia.

Él parece no t a r lo, porque añade:

—Esther… t e juro que no t engo nada que ver con eso. No soy ese t ipo de pe r sona.

—Eso ya me lo dijiste una vez—murmura el l a, sin p o der evitarlo.

Evan t r aga saliva. Mira a un lado.

—Si no quie r es que nos crucemos en el L oo m, lo entiendo. Pe r o no me señales por algo que no he hecho. C o mo la última vez.

Se levanta. Deja un par de monedas sobre la mesa.

—Cuídate, ¿vale?

Esther se queda allí se nt ada, sin move r se. Sintiendo que ha sido t esti g o de una verdad a medias. O de una menti r a bien construida.

Cuando sale del local, ya está lloviendo. Y sobre el c r istal del escapara t e, en un r incón empañado, c r ee ver algo dibujado con el dedo desde dent ro .

Una interrogación.

Se gi r a de golpe, pero no hay nadie.