Capítulo 11
Esa noche, Esther tiene claro que le espera una conversación.
Desde que ha visto el último mensaje que corría por redes, lo ha asumido: sus padres no le van a dejar ir al festival.
Ni por mucha seguridad que vayan a poner.
Ni aunque fuese el evento más vigilado del país, ni aunque llore, suplique o jure que no se separará de sus amigos ni un segundo.
Vuelve a casa des p ués de haber hablado con Cady.
A esas ho r as, como s ie m p r e, coge e l aut o bús q ue la deja j u sto delante de su puerta.
Ap o ya la fr e nte en la ventanilla y se queda mi r ando el des f ile bo rro so de luces q u e atraviesa el pueblo.
Su mente se llena de ideas, una detrás de otra, intentando encontrar una excusa que le ayude a convencerles:
«I r á Dan también, y a Cady la dejan.»
«Vamos a estar en u n a z o na tr anquila, sin mete r nos en nada.»
«No nos vamos a sepa r a r . Lo prometo.»
Pero sabe que esta vez no bastará con el clásico «mis amigos también van». Todo es distinto. Hay una chica muerta. Un símbolo. Un mensaje anónimo corriendo como pólvora por la red.
Tras casi media ho r a, e l aut o bús se detie n e fr e nte a su casa. E sther baja c o n el estómago encogido, sintiendo q ue cada paso hacia la p uer t a la acerca un p o co más a lo inevitable .
Ent r a con cuidado, casi con sigilo. E n el salón solo está su madre, leyendo . Al verla, esboza una sonrisa ag ot ada.
—Tu padre se ha quedado más tiempo en el trabajo —dice sin que E sther pre g unt e —. Siguen con el mensaje que ha aparecido en redes.
Esther deja la mochila en el suelo con un g o lpe suave.
—No me vais a dejar i r , ¿verdad? —pre g unta, apenas con un m urmullo y con e sos o jos gr andes que sabe usar como arma cuando quiere.
Su mad r e la observa con una mezcla de t e r nura y preocupación.
—No lo sé, Esther. Eres una cría de diec i sé i s años. Hace nada que encont r a ro n a Je s sica, y ahora ese t uit. Da miedo. Mucho.
Esther baja la mirada a l suelo, i ncapaz de dec i r nada, como si espe r a r a encont r ar allí algún a rg umento que se le ha escapado.
El silencio dura unos minutos, hasta que la ce rr adura de la puerta principal sue n a. Richard en tr a, deja las llaves en la mesa y se quita la cha q ueta dejándola en el perchero.
—Hola —saluda, antes de añadir: tenemos q u e hablar.
Esther se t ensa. Su pad r ast r o se sienta y le indica que se acerque.
—El mens a je —empieza —, ya sabemos q ui é n lo publicó. Lo r astreamos por la dirección IP. Es un niño de doce años. De aquí, del bar r io. Ha confesado en cuanto lo hemos sen t ado delante y le hemos interrogado .
Que r ía llamar la atención. Ser gr acioso, según él.
—¿Doce año s ? —repite Esthe r , atónita.
—Sí. Una estupidez que ha generado un escándalo enorme. Pero no es una amenaza real. No viene de nadie peligroso, sino de un crío aburrido con acceso a X.
Esther no sabe si sentir alivio o rabia. ¿Todo ese miedo por una broma?
—Entonces—se a tr eve a p r egunta r —, ¿puedo i r ?
Su padre en tr elaza las manos sobre la mesa.
—Mi r a, vamos a r efo r zar la seguridad del festival. M ás pat r ullas, más vigil a n c ia, más cont r o les. No p o demos vivir con miedo, pero t ampoco podemos fingir que no ha pasado nada.
Hace una breve pausa.
—Te dejamos ir, pe r o con una condición.
Esther abre los ojos, afer r ánd o se a la esperanza.
—¿Cuál?
—Nos escribes cada hora. Una foto, un mensaje, lo que sea. Queremos saber dónde estás y con quién. Y si notas algo raro, aunque no estés segura de qué es, llamas a tu madre al instante si no me encuentras por el recinto. ¿De acuerdo?
Esther asiente con t anta fue r za q ue casi se t ambalea. Se lanza a abrazarlo.
—Gracias. De ve r dad. No os voy a fallar.
Su mad r e se une a l abraz o , to davía con la ang u stia latiéndole bajo la piel.
—Y p ro mé t enos que, si algo t e da mala esp i n a, t e vas. Sin esperar a nadie. Sin hace rt e la valiente.
—Lo prome t o —dice Esther.
Y aunque intenta creer sus p ro pias palabra s , en e l fondo sabe que no puede ga r antiza r las.
Porque, aunque todavía no es consciente, ese festival lo va a cambiar todo.
Y no precisamente por la música.