El festival Capítulo 6
13%

Capítulo 6

Esa noche, Esther no ha dormido nada. Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen regresaba como un búmeran: el interrogante rojo.

Perfectamente trazado, como pintado rápido, con rabia, con un propósito.

Lo había visto ahí, en la esquina de la pantalla del televisor, pintado en el tronco de un árbol.

Sus pad r es no notan nada, pero ella está segura. Aunque lo más in q u i e t ante no es que hubiese aparecido, sino la se n sación de haber visto ese símbolo antes, en algún o t ro cont e xto que su memo r ia se niega a recupera r .

Cuando desbloquea el móvil, la pan t alla ilumina la o scuridad del cuar to . Tiene cinco llamad a s perdidas de Cady y cuatro de Dan. « Joder » , piensa.

Había pr o metido llamar en cuanto subiera de cenar. Se ha olvidado por completo.

Tiene costumbre de poner el modo avión cuando va a dormir. Cuando lo desactiva, empiezan a entrarle todos los mensajes, uno detrás de otro.

E: Perdona, perdona, perdona

Me dormí y se m e olvidó avisarte .

C: Joder, es t aba m u y asust a da. ¿Viste lo de l a chica que encontraron al lado del festi?

E: Sí, Richard di c e que no vaya…

C: A ver, es dentro de u n a semana no creo que pase nada.

C: Has hablado con Dan?

E: No, ahora l e l l amo y te cuento. Por c i erto, ¿vis t e el sig n o de i n terrogac i ón que estaba en un árbol?

C: No, qué signo?

Esther ya no sabe si se lo ha imaginado, ya que ni sus padres se dieron cuenta de esa imagen.

​ ​ E: Nada, creo que lo he soñado. L uego hablamos .

C: Vale!!! (Te od i o por lo de anoche)

Esther sale de su habitación aún con el móvil en la mano. Le escribe rápidamente a Dan, inventando una excusa: «En una hora te llamo. Estaba cansadísima anoche y puse el móvil en silencio».

Al llegar a la cocina encuentra a sus pad r es p r epa r ando el desayuno.

El a mbien t e huele a t ostadas, a leche caliente, a algo casi familiar.

Su mad r e se mueve en silencio, como siempre cuando algo la p r e o cupa.

Richar d , t o davía con la camisa de su uniforme de trabajo sin abr o char del todo, r evisa unas no t as mientras revuelve el café.

—Buenos dí a s —saluda él, al verla en t ra r —. ¿Qué tal has dormido?

Esther se sirve un vaso de zumo. El frío del cristal e n la mano le ayuda a centra r se.

—Re g ular. He t enido pesadillas con lo de la c h ica q ue encontra ro n. ¿Hay alguna novedad?

Richard nie g a con la c abeza, aunque en su g es t o hay más tensión que cansa n cio.

—Nada t odavía. El q u e lo hizo se lar g ó con su coche. R ast r ear la r uta es complicado. Hoy esta r é ocupado. Tenemos que r evisar cada de t alle… incluida una marca q u e apa r eció en un árbol .

Esther siente cómo se le e r iza la piel.

—¿No será… una inte r r ogación roja? — p r e g unta, con la voz más baja de lo que pre t endía.

Richard se g ira hacia ella lentamente.

—¿Cómo lo sabes?

El co r az ó n de Esther da un salto.

—Es lo que os dije a noche. Lo que salió en la t ele. El símbolo.

Él frunce el ceño, confundido o pre o cupado, es difícil saberlo.

—Nadie ha confirmado oficialmente esa marca. Así que no le des más vueltas — dice, cortante, como si quisiera cambiar de tema.

La madre de Esther tiene el portátil abierto delante, contestando correos del trabajo.

Asiente mientras sigue tecleando, sin apartar del todo la atención de la conversación.

Richard, en cambio, se levanta en ese momento y recoge los platos del desayuno para llevarlos al fregadero y fregarlos.

Hoy es sábado, piensa Esther. Por la tarde irán al centro comercial con Dan y Cady. Un plan normal y corriente.

—Papá— dice mientras termina de desayunar—, acuérdate de que a las cinco tienes que llevarnos al cine.

Richard se pasa la ma n o por la cara, agotado.

—Voy a estar en el departamento. Imposible. Tu m a d r e os llevará.

Esther asiente, aunque no pueda evitar sentir una inquietud, como un hilo apretándole el pecho. Algo no encaja .

Una ho r a más t a r de, ya en su c uar to , decide llamar a Dan. Tarda unos segundos e n r esponder y cuando por fin lo hace, su voz su e na e x t r añamente seca.

—¿Hola?

—Dan… perdona por lo de anoche. M e dormí y…

—Sí —inte rr umpe él—, Cady me lo dijo. Pero igual me dejaste t i r ado.

Esther cie r ra los ojos. Respira hondo.

—Lo sé. F ue un día r aro. Lo del asesinat o , que mi padre aho r a no me deja i r … y luego lo del signo de inte rrog ación r o jo en el árbol…

—¿Qué signo de interrogación?

Ella aprie t a los labios. De nu e vo esa s e nsación: como si estuviera loca y solo ella se hubiera fijado en ese símbolo.

—Nada—murmur a —. Una imagen r ara en la t ele. Olvídalo.

Hay un silencio al otro lado. Luego, Dan cambia de tema de golpe:

—¿Sab e s quién tambi é n va al festival?

—¿Quién?

—Tu ex, Evan.

El corazón de Esther se cont r ae. Siente un es c alof r í o , como si el nombre a r rast r ara un mont ó n de cosas que aún no ha resuelto.

—¿Qué? ¿C ó mo lo sabes?

—Un cole g a lo t iene en Ins t a. S ubió u na h isto r ia con la ent r ada y lo etiquetó. Me parece raro, porque no es mucho de ese estilo de música…

A Esther esa no t icia le sienta como un jar r o de a g ua fría. Hacía m e ses que no p e nsaba e n Evan Rifkin y saber que iba a estar compar t iendo espacio dent r o de pocos días le ha pu e sto más nerviosa aún.

—No t enía ni idea…

—¿Te molesta? —pre g unta él—. Que lo haya dicho, digo.

—No. Es sol o … r a ro . No quiero que su p r e s encia est ro pee nuestro p r imer festival juntos.

—No lo hará—dice Da n —. Vamos l o s tres. Y si él apa r ece con su nueva novia o su e go enorme o yo qué sé, pues mira. No va a jode rt e el plan. Ni a mí.

Esther son r íe sin p o der evita r lo. Dan siempre consigue aflojarle el pecho, au n que ella sepa q ue él s i en t e algo más. Al g o que ella no puede co rr esponde r .

—Gracias—murmur a —. No quiero dramas. Solo pasarlo bien.

—Pues lo pasaremos—dice él—. Aunque si ese pavo t e mira mal, te defiendo como un gladiado r . Lo sabes.

Esther suelta una r isa, aco r dándose de cuando Dan y ella e r an pequeños y jugaban a p r incesas y g ladiado r es, d o nde ella siempre estaba en apuros y él le salvaba la vida.

—Idiota. Nos vemos luego en el cine

—Pe r fect o . Hasta luego.

Cuando cuelga, el sil e ncio del c uar t o vuelve a envolverla. Esther se queda mirando el r eflejo apagado de su móvil.

Aunque Dan la ha t r anquilizado, hay algo que sigue enredado en su estómag o : un mal presentimiento que no lo gr a nombrar. Porque aho r a no solo piensa en el interro g ante r ojo. También pie n sa en Evan.

Y, de alguna manera, ambos le p ro vocan el m ismo t ipo de inquietud: como si fo r maran pa r te de algo que es t á a p u nto de empezar.

Y que ella aún no ha comprendido.