El festival Capítulo 5
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Capítulo 5

No sé muy bien cómo explicarlo. No es algo que se diga en voz alta ni que tenga sentido lanzarlo al mundo, pero me encanta matar. No lo digo por hacerme el interesante. Tampoco es una fase rara ni nada así. Es como cuando te entra hambre o necesitas respirar. Simplemente pasa.

Verlos correr pensando que pueden escapar… buf. Es lo mejor. Ese segundo en el que creen que se van a salvar, cuando todavía tienen esperanza en la cara… y luego se les apaga. No hay videojuego que haya jugado, ni ningún documental de Netflix que se le compare.

Empecé hace un par de años. Desde entonces todo es más intenso.

Mi primera vez fue en un viaje familiar.

Una niña que tenía mi edad. En las noticias se publicó que se ahogó en el lago, que fue un accidente.

En verdad, me entró la risa cuando lo leí y mis padres lo comentaban por encima.

Porque no fue ni el lago, ni que ella no supiera nadar. Fui yo.

Hace tiempo que no experimento esa sensación, pero hoy tengo nuevo objetivo. Estoy apalancado en un banco frente a una cafetería, con el móvil en la mano como si estuviera mirando las redes sociales. Pero en realidad la miro a ella a través del cristal.

Jessica.

La conozco. No somos amigos ni nada. Pero sé quién es, con quién sale, y qué música escucha.

No es que yo sea adivino, es que lleva una camiseta de Imagine Dragons.

Tiene el pelo castaño, coleta alta, la camiseta oversize .

Y me gusta una manía que tiene: que siempre se muerde las uñas cuando se ríe.

Su amiga le da un sobre con un lacito plateado cuando van a pagar. Jessica lo abre… y empieza a chillar de alegría. La abraza, saltan, se ponen rojas, hacen tanto ruido que las oigo desde fuera.

Qué escena tan adorable. «Qué poco te va a durar», pienso.

Veo que se acercan a la barra para pagar. Uno o dos minutos después la puerta del Clandestine se abre, salen y se despiden en la puerta, dándose el que será su último abrazo.

—Nos vemos la semana que viene, Jessica.

Jessica se cuelga la mochila y echa a andar por el camino que bordea el descampado donde están montando el festival.

El Loom Festival. Hay carteles por todas partes, anunciando que los cabezas de cartel de este año son Imagine Dragons, entre otros.

Se ven las estructuras metálicas, cables, focos todavía apagados. No hay casi nadie por ahí a esta hora.

Perfecto.

Me levanto del banco sin prisa y la sigo. No hace falta hablarle, la conozco de vista. Y ella no me está mirando.

El sendero se mete entre árboles bajos y tierra. Veo el que será el lugar donde van a poner la zona de acampada. Las ramas hacen sombra, aunque aún es de día. Se oye a lo lejos un martillo golpeando metal en el recinto del festival. Nadie va a escuchar nada aquí.

Jessica empieza a notar pasos detrás. Su espalda se tensa. Camina más rápido.

Yo también.

Se gira un segundo y me mira, pero no hay reconocimiento en su cara. Solo una mirada rápida, como a cualquiera.

—Hola —dice, sin darle importancia.

No contesto. Da media vuelta y acelera; ya no camina, casi corre.

Y ahí está, ese momento, mi favorito. La alcanzo en tres zancadas.

Mi brazo rodea su cuello por detrás y se queda rígida.

Intenta gritar, pero el sonido se le atasca.

Patalea, me araña, forcejea por soltarse.

La presión es la justa, la exacta: no para que se duerma, sino para que entienda que está en las últimas.

Su fuerza se va apagando, y el cuerpo empieza a pesar.

Cuando apenas se mueve, la suelto y cae de rodillas sobre la tierra.

Saco el cuchillo y, en un movimiento rápido y directo, le asesto una cuchillada certera al corazón.

Al moverla, algo cae de su bolsillo: un sobre blanco arrugado, con un lacito plateado.

Lo recojo con curiosidad. ¿Dinero? ¿Una carta? No. Entradas. Loom Festival.  Sonrío.

Al levantarme, mi mirada se detiene en un árbol cercano.

Paso los dedos por la corteza, distraído, y marco la misma forma de siempre.

Un símbolo que me recuerda a mi juego de mesa favorito: un signo de interrogación, como el que aparece detrás de las cartas del ¿Quién es Quién? comprado en un bazar.

Me alejo sin mirar atrás y, mientras camino con el sonido de los trabajadores montando los escenarios y bajando las cosas de las furgonetas y camiones de fondo, tengo la sensación de que esto no ha terminado aquí.