Capítulo 3
Los meses que est u vo ing r esada Esther se hicier o n ete r nos.
Días de visita que pa r ecían siempre iguales y , aun así, nunca lo e r an.
P a seos lent o s por l o s jardin e s del cent r o, charlas la rg as que acababan de r ivando, casi siempre, en silencios cuando la co n ve r sación r o zaba su ruptura, ese tema del que no quería hablar y que todos aprendimos a esquiva r , de una forma u o tr a.
Muchas veces, cu a n d o llegábam o s Richard y y o , nos la encontrábamos senta d a en un banco, leyendo o escribiendo, con l o s auriculares p u est o s.
A su lado solía estar John, su auxiliar psiquiátrico que ro ndaba los treinta años.
Siempre al mar g en, con una dist a ncia prudente .
No inte r venía a menos que fuera necesario.
La o bse r vaba y escuchaba. A veces le decía algo en voz baja y Esther asentía.
John tenía una forma ext r aña de acompañar: no llenaba los silencios, ni tampoco fo r zaba las conversaciones.
Simplemente estaba con ella, e r a su ángel de la g uarda e n ese momento.
C o n el tiempo, Esther empezó a confiar e n él más de lo que admitía.
Se no t aba en cómo le devolvía la mirada, en cómo aceptaba c a minar a s u lado c uando le p r oponía dar una vuelta m á s lar g a o en có mo le ent r e g aba el c u ade r no cuando necesitaba descansar la cabeza.
Incluso, algunas veces, la hemos visto jugando al juego de ¿Quién es Quién?
que le regalaron sus amigos cuando estuvo ingresada en el hospital.
Cuando por fin llegó el día en que pud i mos llevarla a casa, t o do parecía más frá g il de lo que r ecordaba. John nos acompañó hasta la pue r ta, le dio un abrazo a nuest r a hija y nos rec or dó que podíamos llamarlo en caso d e una recaída.
El coche e staba de m asiado sil e ncioso en e l cam i no de re g reso; yo miraba por e l r e tro visor y veía sus ojos fijos en la ventana, intentando que el m u ndo ex t e r ior no la alcanzara.
—¿Estás lista para entrar?—pre g unté en voz baja.
Esther asintió apenas, a g a rr ando mi mano con fuerza.
No habló. No hacía falta. Lo vi en la manera en que se ajustaba al asient o , en la fo r ma en que respiraba desp a cio: estaba lista para volver, aunque su cuerpo y su mente t o davía est u viesen en su habitación aquel día hace ca s i seis mes e s.
Recorrió las habitaciones con pasos lentos, tocando las cosas con cuidado, como si necesitara asegurarse de que nada había cambiado demasiado. Cuando entró en su cuarto, se quedó unos segundos frente a la puerta cerrada y luego sonrió, un gesto mínimo, pero real.
Los días siguientes transcurrieron con una mezcla de normalidad, tensión y tristeza.
Todavía no estaba preparada para hablar del tema, así que tanto Richard como yo no le presionamos e intentábamos no sobreprotegerla, como el médico nos había dicho.
Desayunábamos juntos, hablábamos de cosas sin importancia: la compra, la ropa…
Ella se movía con cautela, pero poco a poco volvía a ser la misma hija de siempre, aunque más silenciosa, más introspectiva, más vu lnerable.
Me recordaba a esa Esther de cuatro años que todavía me cogía de la mano para que le acompañara al parque.
—¿Quieres ce r eales o tostadas? —le p r e g unté una mañ a na mientras preparaba el desayuno.
—Ce r eales —respondió—. Y un poco de chocolate.
No hablaba de su i ngr eso, ni de lo que había pasado. Supongo que no esta b a lista. Y yo no insistí. Solo le o fr e cí lo que p o día: e stabilid a d, r utina, un e spacio seguro donde rec o mpone r se.
Pero, algo ca m bió un lunes por la ta r de. Estaba en la cocina, r evisando unas facturas, cuando escuché su voz desde el pasillo:
—¿Mamá?
—¿Sí, cariño? —respondí, dejando l o s papeles.
—¿Sabí a s que van a hacer e l Loom F estival aquí? — pre g untó, con una mezcla de incredulidad y e ntusiasmo.
—¿El festival del pueblo? —pre g unté, confundida.
—Sí… es t e año Ima g ine Dra go ns viene —Su voz era un hilo que temblaba entre la emoción y la necesidad—. Necesito ir… con Cady y Dan.
Me quedé callada. Por un instante, supe que esto no era solo un festival, sino algo mucho más allá: su forma de reafirmarse, de recuperar el control de su vida después de meses en los que había sentido que todo escapaba de su control.
—No sé si… —empec é , pe r o ella me inte rr umpió con una firmeza que me so r prendió .
—Mamá, por favor. Necesito esto. Durante estos meses, ese grupo me salvó.
Richard apareció de t rás de m í, es c uch a nd o . Su e x presión e r a mezcla de pre o cupación y en t endimiento.
—Si es lo que necesit a … —dijo al final—, enc o nt r aremos la manera. Solo… queremos que estés segura.
No había manera d e discutir con eso. Todo lo que habíamos v i vido la h abía llevado a este m o ment o . Y yo entendí que no había v uelta a tr ás: el festival sería su p r ueba, su escape, su afirma c i ó n de que había sobr e vivido y que podía volver a ser feliz.
Aquella noche, cuando por fin la casa se quedó en silencio, Esther se fue a dormir sin protestar.
Bajé a la cocina sin encender todas las luces, solo la pequeña lámpara sobre la encimera.
Richard ya dormía en el sofá, exhausto, con el televisor encendido sin sonido.
Me quedé unos segundos quieta hasta que cogí el móvil.
Busqué la página oficial del festival para comprarle las entradas.
Ya me encargaría de hablar con Richard para que cediera un poco.
La página tardó en cargar más que otras webs.
Por un momento, dudé un instante antes de confirmar la compra.
Pero al final lo hice. Dejé el móvil sobre la mesa y salí al exterior para tomar aire.
Caminé hasta el bordillo, dejando que el silencio de la noche me envolviera.
Fue entonces cuando lo vi, en el suelo, junto a la acera.
Me agaché por puro instinto.
Era una carta del ¿Quién es Quién ?
La r econocí al instant e . Los colo r es, el car tó n algo g astado en las esquinas, un sí m bolo de interro g ación rojo det r ás, señal de que no e r a un juego original. Seguramente se h a bía c a ído de la caja que le re g ala r on sus amig o s en el hospital.
Volví a ent r ar y dejé la carta sobre la encime r a de la cocina, junto a las llaves. Mañana se la devolvería a Esther. Seguro que ni se había dado cuenta de que fa lt aba.
Antes de subir, apa g ué la luz y me detuve un segundo, escuchando e l sile n cio de la c a sa. M e fui a l a cama con esa idea ro ndándome: que quizá estábamos em p ezando a dejar at r ás lo peor.
El L oo m Fes t ival aún quedaba lejos. Y el ju ego , pensé, no e r a más que e so. Un s i mple jueg o .