El festival Capítulo 2
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Capítulo 2

No pasaron muchas horas hasta que el enfermero volvió a entrar a nuestra habitación.

Esther todavía estaba durmiendo y el único sonido que nos acompañaba eran los pitidos de las máquinas que tenía conectadas.

Nos explicó que las heridas que se había hecho ya estaban tratadas y que ya estaba fuera de peligro, que no existía un riesgo inmediato.

A pesar de las circunstancias, tanto Richard como yo suspiramos de alivio.

La puer t a se volvió a ab r ir y apa r eció el doctor que había estado tr atando a nuestra hija.

Nos pidió que saliéramos un momento con él.

Yo no que r ía separa r me de ella, pe r o me armé de valor y salimos al pasillo.

Parec í a más la rg o que antes, blanco y con el t í pico ol o r a hospital.

Ri c hard caminaba a mi lado s i n decir nada, pero apretaba su mano con la mía y me miraba.

Nos detuvimos junto a un control de enfermería, apartados del paso de la gente.

El doctor bajó la voz antes de empezar a hablar.

Mientras lo hacía, vi cómo miraba de reojo hacia una fotografía pequeña sujeta con un imán en el lateral del mostrador: dos niños sonriendo, quizá suyos.

No dijo nada al respecto, pero en la forma en que nos hablaba se notaba que no era solo un médico el que estaba delante de nosotros.

—Su hija ha t enido suerte —dijo—. La encont r a ro n a tiempo .

Nos e x plicó lo que ya intuíamos: que las he r idas e r an pr o fundas, pe r o no le t ales, q ue habí a n limpiado y suturad o , que el sang r ado estaba cont r o lado.

—¿Cuándo desper t a r á? —pregunté.

—En unas horas.

Nos habló de observación continua, de no dejarla sola, de re t i r ar cualquier o bjeto que pudiera s uponer un riesg o . Y también mencionó algo que yo no quería escuchar: ingreso.

—C r eemos que lo más adecuado es tr asladarla a una unidad psiquiát r ica i nfantil una vez esté médicamente estable.

Sentí cómo Richard me apretó más la mano esta vez, y mi mundo se vino abajo. Las cuatro paredes de la sala se hicieron más pequeñas y, por un momento, pensé que me iba a desmayar.

—No es u n castigo —dijo—. Es un lugar segur o . Allí pod r án ayuda r la a en t ender lo que ha pas a d o y a evitar que vuelva a ocurrir.

Empezó a imprimir todos los papeles que debíamos firmar, las autorizaciones y todos los consentimientos. Realmente no sabía qué estaba firmando, pero confiaba en Richard, que estaba leyéndolo todo atentamente.

Cuando volvimos a la habitación, Esther se g uía d or mida. La luz e r a t enue aho r a. Richard se sentó al ot ro lado de la cama. Yo me quedé de pie u n mome nto , miránd o la, intentando memo r izar cada r asgo, como si t emie r a que algo pudiera llevársela inc l uso do r mida .

Más ta r de, una psiqu i at r a vino a hablar co n migo a solas. Era una mujer joven, con una voz t r anquila que no intentaba suavizar nada.

—Necesitamos saber si ha hab i do señales p r evias: — me comunicó—cambios de humo r , aislamient o , problemas en el institut o , una ruptura reciente…

Le conté lo que sabía. Le confesé mis s ilencios, las sospechas de que algo iba mal de s de h a cía unas seman a s, pero que Esther no me contaba nada.

—Muchas vec e s no se ve venir —dijo—. Y aunque se vea, no siempre se sabe qué hacer. Los adolescentes como su hija suelen cerrarse en banda.

Cuando Esther despertó, ya e r a de madrugada. Ab r ió los ojos despacio y tardó unos segundos en entender dónde estaba. Inten t ó moverse y una punzada de dolor le r eco rr ió los braz o s. Bajó la mir a da y vio las vend a s.

—Tranquila —dije enseguida, inclinándome sobre ella—. No t e muevas todavía.

Le ace r qué un poco de agua con una pajita. Bebió despacio, como si incluso eso r equirie r a un esfue r zo enorme. No lloró y tampoco pre g untó nada. Solo me mi r ó, como si espera r a que yo le e x plicara qué había pasado, p o r qué seguía aquí.

—Estás en el hospital —le dije—. Estás a salvo.

Asintió muy levemen t e. Ce r r ó los ojos un s e gundo y los volvió a abri r .

—Lo siento —dijo.

—No hay nada que perdonar —respondí—. Ahora lo único importante es que descanses.

Un r ato después ent r ó el enferme r o pa r a compr o bar constant e s. Habló di r ectamente con Esther, con un to no no r mal y agradecí ese g esto más de lo que fui capaz de exp r esa r .

—¿Richard…? — preguntó Esther.

—Está aquí —le dije—. No se ha ido.

Pareció tr anquilizarse. Ce r ró l o s ojos de nuevo y volvió a dormirse.

Fue ent o nces cua n do t omé una decisión que llevaba ho r as r o ndándome la cabeza.

Salí al pasillo y saqué el m ó vil. Tenía decen a s de mensaj e s sin lee r , llamadas pe r didas y no t ificaciones d el tr abajo. Todo podía espera r . Lo único que no podía seguir esperando e r an ellos: Cady y Dan, los amigos de Esther.

No los había llamado antes porque no quería hacerlo sin saber si mi hija estaría bien. Porque no quería pronunciar en voz alta algo que todavía me daba miedo aceptar. Porque una parte de mí quería protegerla incluso de eso. Llamé primero a Cady y contestó a la primera.

—Soy la mad r e de E sther —dije, sin ro de o s. Hubo un silencio inmediato al o tr o lado.

—¿Ha pasado algo?

—Está en el hospital. E stá fuera de pelig r o, pe ro … ha sido grave.

Le expliqué hasta donde en ese momento sabía. Preferí guardarme el motivo de su ingreso y que fuese Esther quien le dijera lo que le había sucedido. Yo todavía no tenía fuerzas para poder verbalizarlo a un tercero.

Dan ta r dó más en co g er la llamada, pero cuando lo hizo se quedó en silencio , no pa r aba de r epetir «no puede se r » y se echó a llo r a r . Yo intenté tranquilizarlo y le dije que viniese más ta r de con Cady para ve r la.

Volví a la ha b i t ación. Esther seguía dormida. Richard es t aba s e ntado , leyendo info r ma c ión sobre las actividades y e l cen t r o d o nde se iba a quedar Esther ingresada durante unos meses.

—Ya lo saben —le dije en voz baja.

Asintió.

—Vendrán —añadí.

Una hora después, supe que ya estaban aquí cuando sus voces se colaron en el silencio de la habitación y entró una enfermera.

—Tiene v i sita —anunci ó— . Si está bien para ella.

Miré a Esther. Dudó un segundo y luego asintió. Cady entró primero. Llevaba los ojos hinchados de llorar. Dan iba detrás, con un ramo de flores envuelto en papel marrón y una bolsa de plástico blanca en la otra mano. Se quedaron parados al ver a Esther.

—Hola —dijo Cady al final, con la voz rota.

—Hola —respondió Esther.

Cady se acercó y dejó las flores en la mesilla. No se atrevió a tocarla. Dan hizo lo mismo con la bolsa.

—No sabí a m o s qué t r aer —dijo él—. Y est o … es t o nos pareció buena idea.

Sacó de la bolsa una c aja r ectangular, de co l or es vivos. El juego del ¿Q u ién es Q u ié n?

Esther la mir ó . Sus labios temblar o n apenas.

—Es el de siempre —murmuró.

—Sí —dijo Dan—. El mismo.

Me aparté un poco, dejándoles espacio. Desde la puerta, los observé hablar en susurros. Algo le contaron que le hicieron reír. Vi a mi hija sonreír, cansada, frágil, pero viva y feliz.