Capítulo 30. Lo que queda debajo
La cámara bajo el faro fue sellada por orden judicial, con todos sus equipos dentro, con una orden de no acceso que Rojas había colocado en la puerta de la escalera interior con la satisfacción del hombre que cierra un expediente de la forma correcta.
Habría una investigación. Rojas lo había explicado con la paciencia de quien ha aprendido a calibrar las expectativas: las investigaciones de ese tipo tendían a alargarse, a producir resultados que nunca eran exactamente lo que se buscaba.
Era la naturaleza de las cosas cuando el poder que se investigaba tenía acceso a los mismos canales institucionales que la investigación.
Pero habría investigación. Y eso, en sí mismo, era algo.
Lo que no fue sellado fueron las galerías más antiguas.
Las que nadie había construido en ningún período histórico documentado, las que estaban ahí antes que el primer faro.
Eran parte del promontorio, parte de la roca, y no era posible ni quizás deseable clausurar algo que no se terminaba de entender.
Clara había empezado a documentarlas, con el permiso municipal que Rojas había gestionado y con la condición de nunca ir sola, nunca de noche, nunca más allá de donde llegaba la luz natural.
Le decía a Sofía que cuanto más miraba, más preguntas surgían.
No respuestas: preguntas. Y que había llegado a la conclusión de que eso era lo que el lugar hacía: multiplicar las preguntas.
Una tarde de finales de octubre, mientras Sofía limpiaba las mesas del café al cierre con el sol ya bajo y el promontorio largo y oscuro contra el cielo naranja, Don Ernesto se quedó un momento más de lo habitual antes de ponerse el abrigo.
—¿Sabes lo que me dijo mi abuelo una vez? —preguntó, de pie junto a su mesa de siempre.
—¿Qué?
—Que las galerías de debajo del pueblo tienen una forma.
Y que si alguien algún día las recorriera todas, de principio a fin, y dibujara esa forma, entendería por qué este pueblo existe exactamente donde existe.
No dónde los fundadores decidieron, no por el puerto ni por el pescado ni por la ruta comercial.
Por otra razón. Una razón anterior a todas esas.
—¿Y nadie lo ha hecho nunca? ¿Recorrerlas todas?
—Nadie que haya contado lo que vio.
Don Ernesto se puso el abrigo con esa lentitud suya de hombre que tiene el tiempo bien medido, se anudó la bufanda, y antes de salir se volvió hacia ella una vez más.
—Mi abuelo era el padre de la mujer que vendía el pan antes de que la familia de Marta comprara la panadería —dijo—. Y le había enseñado cosas que ella nunca le enseñó a nadie más porque no encontró a quien pudiera entenderlas. —Una pausa—. Quizás ahora hay más personas que podrían.
Salió al atardecer. Sofía se quedó mirando el faro desde la ventana del café. Canela saltó al mostrador y se sentó junto a ella, los dos mirando el mismo punto en el horizonte.
El mar seguía ahí. El faro seguía ahí. Y debajo de todo, las galerías que nadie había construido seguían esperando, con la paciencia extraordinaria de las cosas que saben que el tiempo no es el problema.
El Café Canela olía a canela. Como siempre.
El invierno llegó al pueblo tres semanas después, con las primeras lluvias en serio y el viento del norte que hacía que las ventanas del café vibraran levemente durante las tormentas.
Sofía aprendió a distinguir el sonido del viento normal del sonido del viento que traía lluvia de verdad, que era más bajo y más constante, como una advertencia.
Clara seguía documentando las galerías, dos tardes por semana, con permiso y con acompañante.
Había empezado a publicar pequeños artículos sobre la historia del faro en el blog de la librería, cuidadosamente calibrados para ser interesantes sin revelar nada que no debiera revelarse todavía.
Los artículos tenían más lectores de lo esperado.
Tomás seguía faenando las mismas aguas, pero había cambiado ligeramente sus rutas para evitar el área del promontorio norte. No porque tuviera miedo: porque respetaba que había cosas que todavía no entendía, y su relación con el mar había sido siempre la de alguien que respeta lo que no entiende.
Y Andrés Valero había vuelto a su ciudad, con la promesa de volver en primavera. Antes de irse, había pasado por el café una última vez.
—¿Crees que hay más? —le había preguntado a Sofía—. ¿Más de lo que encontramos?
Sofía había pensado en las galerías que nadie había construido. En la forma que Don Ernesto decía que tendrían si alguien las recorriera todas. En la frase del texto de Clara: «el lugar recordaba lo que necesitaba ser recordado».
—Sí —había dicho—. Mucho más.
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