El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 29. El pueblo respira
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Capítulo 29. El pueblo respira

Las semanas que siguieron fueron, en apariencia, normales. El Festival del Puerto terminó sin más incidentes notables que los habituales. Los barcos de la flota pesquera volvieron a faenar las mismas aguas de siempre. Don Ernesto llegaba a las siete y cuarto con su cortado.

Pero había algo que había cambiado en el modo en que Puerto Esperanza miraba el faro.

No de forma dramática: nadie había hecho un discurso ni publicado nada ni convocado ninguna reunión.

Pero cuando la gente pasaba por el promontorio o miraba hacia el norte desde el café o desde el muelle, había en esa mirada algo diferente.

Un reconocimiento. La conciencia de que el lugar familiar guardaba una historia que merecía más que el olvido.

Canela había adoptado la costumbre de dormir junto a la ventana que daba al promontorio, con la cabeza orientada hacia el faro, con esa seriedad suya que hacía imposible saber si era un hábito sin más o algo que él consideraba una responsabilidad.

Andrés Valero se quedó en el pueblo más tiempo del que había dicho. Decía que tenía trabajo de arquitecto en la zona —y era verdad— pero Sofía sospechaba que había también otra razón: que Puerto Esperanza se le había quedado dentro de una forma que no esperaba.

Marta Salgado se acercó al café una mañana cuando no había excusa de ensaimadas que la justificara. Se sentó en la barra, pidió un café, y cuando no quedó nadie más en el local le dijo a Sofía, en voz baja y sin mirarla directamente:

—Lo que hiciste fue valiente.

—Solo hice preguntas —dijo Sofía.

—A veces eso es lo más valiente que existe. —Marta bebió su café—. Este pueblo lleva mucho tiempo sin hacer ciertas preguntas. Alguien tenía que empezar.

Fue, pensó Sofía, uno de los cumplidos más grandes que le habían hecho en mucho tiempo. Y que viniera de Marta lo hacía más grande todavía.

Tres días después de que todo terminara, Sofía fue al promontorio sola, por la mañana temprano, antes de abrir el café. Necesitaba verlo sin el peso de lo que estaba buscando, sin la urgencia que había tenido en las semanas anteriores. Solo verlo.

El faro seguía cerrado. El nuevo candado Atlas, que Rojas había cambiado después de que sellaran la cámara inferior, brillaba en la puerta sur con esa misma insolencia nueva que la había llamado la atención la primera vez.

Las huellas en el barro se habían borrado con las lluvias de la semana.

Los indicios visibles habían desaparecido, como tienden a desaparecer las cosas que no están respaldadas por ningún registro oficial.

Pero Sofía sabía lo que estaba debajo. Y ese saber era diferente a no saberlo.

La bahía se extendía al sur bajo el sol de octubre.

Los barcos de Tomás y de Paco y de los Bernal se movían en la distancia, pequeños y deliberados, haciendo lo que habían hecho siempre: navegar las mismas aguas que habían navegado sus padres y sus abuelos, pescar los mismos fondos, regresar al mismo puerto. La continuidad de las cosas.

Canela se sentó a su lado en las rocas del promontorio sin que ella lo hubiera llamado, mirando el mar con esa atención particular suya.

—¿Tú lo sabías desde el principio? —le preguntó Sofía.

El gato la miró.

Luego miró el mar.

Lo cual no era exactamente una respuesta pero tampoco era exactamente no serlo.

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