Capítulo 28. La red se cierra
Rojas pasó la semana siguiente haciendo llamadas que Sofía no escuchó, reuniéndose con personas que no le presentó, y con una expresión que fue volviéndose progresivamente más grave sin que él explicara la razón.
El guardián estaba bajo un tipo de custodia que el inspector no describió con precisión pero que existía: Sofía lo supo porque el guardián no apareció en la posada ni en ningún otro sitio del pueblo.
Las grabaciones que el guardián había conservado durante veintidós años en un dispositivo de almacenamiento que guardaba en la funda interior de su chaqueta —copias de transmisiones, registros de operaciones, nombres y fechas— habían llegado a personas en Madrid que, según Rojas, tenían la autoridad y los conocimientos para saber qué hacer con ellas.
—¿Y el sistema? —preguntó Sofía un día.
—Lo están desmantelando. Al menos eso dicen. No tengo forma de verificarlo desde aquí.
—¿Y los que lo operaban?
Rojas la miró con esa expresión que significaba que había cosas que no iba a contarle.
—Hay cosas que no te voy a contar. No porque no confíe en ti, sino porque hay informaciones que es más seguro no tener.
—¿Y la hija de Fuentes?
—Andrés Valero se encargó de localizarla.
Ana Fuentes, cincuenta años, Oporto. Trabaja en la Universidad de Oporto, departamento de historia.
Dentro de unos días va a recibir una carta que le explicará quién era su padre, qué encontró, por qué desapareció, y que su padre vivió ochenta y dos años antes de morir, lo que significa que la historia que le contaron era mentira.
—Pausa—. Andrés escribió la carta él mismo. Pensé que era lo correcto.
Sofía pensó en esa mujer de cincuenta años recibiendo una carta que iba a reordenar toda la historia de su origen. No era un regalo fácil. Pero era la verdad, y la verdad era lo que merecía.
—Bien —dijo.
La semana posterior al sellado de la cámara fue la semana más tranquila que Sofía recordaba en Puerto Esperanza desde que vivía ahí.
No porque no hubiera pasado nada: era que lo que había pasado se estaba procesando en silencio, en conversaciones que no llegaban al café, en miradas que tenían un significado nuevo cuando se cruzaban en la calle.
Don Ernesto llegaba cada mañana a las siete y cuarto. Pedía su cortado. Miraba el promontorio. A veces decía cosas y a veces no decía nada. Una mañana, sin que viniera a cuento de ninguna conversación que hubieran tenido, dijo:
—Mi abuelo me dijo una vez que el faro no había sido construido para ver el mar. Sino para que el mar lo viera a él.
Sofía dejó la taza frente a él.
—¿Y qué diferencia hay?
—Toda la diferencia —dijo Don Ernesto—. Cuando construyes algo para ver, estás en el centro. Cuando construyes algo para ser visto, reconoces que hay algo fuera que importa más que tú.
Sofía pensó en esto durante horas después. En la hermandad del siglo XV que había elegido el promontorio no porque fuera conveniente sino porque el lugar ya tenía algo. En la agencia que había instalado su sistema de comunicación no en un bunker diseñado para ello sino en una sala que ya emitía.
En el lugar que recordaba lo que necesitaba ser recordado.
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