Capítulo 27. La verdad de Fuentes
Lo que el guardián les contó durante las dos horas siguientes, Sofía lo recordaría siempre con esa claridad específica que tienen las historias que cambian el modo en que entiendes algo que creías saber.
Lo que Fuentes no sabía era que la sala tenía sensores. Que desde el momento en que la primera persona no autorizada cruzó el umbral, había una señal que viajaba a algún lugar al que el guardián no tenía acceso pero cuyos efectos conocía muy bien.
En cuarenta y ocho horas, llegaron los hombres.
No lo amenazaron. No lo golpearon. Le explicaron, con la calma de quien tiene todos los argumentos de su parte, lo que ocurriría si intentaba hablar de lo que había encontrado.
Y luego le ofrecieron algo irrechazable: una vida nueva.
Documentos, dinero, un apartamento en otra ciudad de otro país, un trabajo que no requería su nombre verdadero.
A cambio de desaparecer voluntariamente y no volver a existir como Aurelio Fuentes.
—¿Y la familia? —preguntó Sofía, pensando en la hija que nunca sabría la verdad.
—Le dijeron que si hablaba, las consecuencias alcanzarían a su familia. No de forma explícita: con la precisión de quien no necesita ser explícito para ser entendido.
—¿Aceptó?
—¿Qué alternativa tenía? —El guardián hizo una pausa—. Vivió veintiocho años más bajo otro nombre. En Portugal, cerca del mar porque no podía alejarse del mar. Murió hace tres años. Tenía ochenta y dos años.
El silencio en la sala tenía la calidad del silencio que sigue a una historia que no tiene final satisfactorio.
—¿Tenía familia? —preguntó Sofía.
—Una hija. Que nació después de que desapareciera y que nunca supo quién era realmente su padre. La madre le contó la versión oficial: que Fuentes había abandonado a la familia antes del nacimiento.
—¿Cómo se llama?
—Ana. Vive en Oporto.
—Una cosa más —dijo el guardián, antes de que Rojas diera por terminada la conversación y empezara con los procedimientos formales—. Hay algo que Fuentes descubrió que yo nunca he podido verificar completamente pero que creo que es cierto.
—¿Qué? —preguntó Sofía.
—El sistema que hay aquí arriba, el que la agencia instaló, no funciona con la frecuencia convencional para la que fue diseñado.
Funciona con la frecuencia que este lugar emite de forma natural.
—Señaló las paredes, hacia arriba, hacia la sala principal del faro—.
Quien instaló el equipamiento no lo trajo aquí porque este era un buen sitio para esconderse.
Lo trajo porque este lugar ya emitía. Ya funcionaba.
Solo necesitaban conectarse a lo que ya estaba aquí.
—¿Y qué emite? —preguntó Clara.
—Eso —dijo el guardián— es lo que Fuentes estaba a punto de descubrir cuando desapareció. Y es lo que yo, después de veintidós años aquí, sigo sin entender completamente.
Se quedó en silencio un momento.
—Lo que sí sé es que hay momentos en que esta sala está viva de una forma que ningún sistema electrónico puede explicar. Y en esos momentos, si uno está aquí dentro y presta suficiente atención, parece que el lugar intenta decir algo.
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