El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 26. El guardián
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Capítulo 26. El guardián

Se llamaba a sí mismo el guardián, aunque no aclaró guardián de qué, y la sala y el equipo hacían la pregunta parcialmente innecesaria.

Rojas, con el instinto del inspector que reconoce a alguien que debe ser detenido, hizo ademán de avanzar. El guardián lo paró con un gesto que no era amenazante sino simplemente informativo.

—Inspector, antes de hacer nada que comprometa su carrera, déjeme hablarle dos minutos. Después puede hacer lo que considere necesario.

Rojas se detuvo. En doce años de trabajo policial había aprendido que las personas que dicen esas frases con esa calma específica son las que tienen información que importa.

—Lo que hay en esta sala lleva aquí décadas —dijo el guardián—.

El equipamiento que ven encima de esa mesa forma parte de un sistema de transmisión que vincula a personas con recursos muy considerables.

Personas que han demostrado ser capaces de hacer desaparecer problemas cuando los problemas se vuelven inconvenientes.

—¿Como Aurelio Fuentes? —preguntó Sofía.

El hombre la miró. Había algo en esa mirada que no era sorpresa: era el reconocimiento de alguien que esperaba esa pregunta específica de esa persona específica.

—Como Aurelio Fuentes —confirmó—. Aunque no de la forma en que probablemente piensan.

—¿Quién es usted? —preguntó Rojas.

—Soy el técnico de mantenimiento de este sistema.

Llevo aquí veintidós años. Me pusieron aquí para asegurarme de que el sistema funcionara y de que nadie se acercara demasiado sin que las personas adecuadas lo supieran.

—Una pausa—. He hecho ese trabajo. Y hay cosas que he visto en veintidós años que no debería haber visto.

—¿Qué obtienes tú? —preguntó Tomás, directo como siempre.

—La posibilidad de salir de aquí sin consecuencias. Y la tranquilidad de haber hecho lo que debí hacer hace mucho tiempo.

El guardián hizo una pausa larga antes de continuar. Era la pausa de alguien que ha pasado veintidós años guardando algo y que se está preparando para soltarlo.

—Quiero que entiendan una cosa —dijo—. Cuando llegué aquí no sabía exactamente para qué era el sistema que debía mantener.

Me dijeron que era un sistema de comunicación de alta seguridad vinculado a activos estratégicos de inteligencia.

Eso era todo lo que me daban que saber. Y durante los primeros años, eso fue suficiente.

Hacía mi trabajo, el sistema funcionaba, nadie hacía preguntas.

—¿Y cuándo cambió eso? —preguntó Sofía.

—Cuando empecé a entender lo que el sistema recibía.

No las transmisiones modernas: esas llegaban cifradas y yo no tenía las claves.

Sino las señales más antiguas. Las que venían de debajo.

—Hizo una pausa—. La sala no es solo una cámara con equipamiento electrónico.

La sala lleva aquí mucho más tiempo que el equipamiento.

Y de vez en cuando, cuando el mar está de cierta forma y la marea está baja, la sala... hace cosas.

—¿Qué tipo de cosas?

—La luz que emite cambia. No el equipamiento: la propia sala.

Las paredes tienen una luminiscencia propia en ciertos momentos que ninguna fuente de energía convencional puede producir.

Y en esos momentos, los instrumentos de navegación del edificio dan las mismas lecturas incoherentes que Fuentes describe en esa grabación suya.

Sofía pensó en la frase del cuaderno de servicio. «La puerta está debajo.» No era solo una nota técnica sobre un acceso físico.

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