Capítulo 25. Dentro del faro
La puerta norte del faro estaba abierta a las dos menos doce. No entreabierta: abierta de par en par, con el nuevo candado Atlas colgado abierto del asa, como si alguien hubiera querido asegurarse de que quien llegara no tuviera dudas sobre si debía entrar.
Sofía, Tomás y Rojas se detuvieron a diez metros, en la sombra del saliente de roca, y escucharon durante un minuto. Nada. El mar, el viento, los crujidos del edificio.
—Yo primero —dijo Rojas, en un susurro que no admitía discusión.
Entraron en fila, con las linternas apuntando al suelo. El interior del faro olía a humedad y a algo más, un olor metálico ligeramente eléctrico que Sofía asoció de inmediato con la descripción que Aurelio Fuentes había grabado en el cassette.
La escalera de caracol subía en la oscuridad hacia la linterna. Pero lo que habían venido a encontrar no estaba arriba.
Rojas se orientó con el plano de Andrés.
La trampilla estaba en el suelo de la sala principal, al este de la escalera, exactamente donde el plano indicaba.
Disimulada con tanto cuidado que, sin saber que existía, era completamente invisible: la plancha de hierro estaba pintada del mismo color que el suelo de piedra.
La levantaron entre Tomás y Rojas. Una escalera de hierro descendía hacia una oscuridad que olía diferente al resto del edificio: más profunda, más vieja, como el olor de los lugares que no han tenido aire fresco en mucho tiempo.
Bajaron.
La sala era exactamente como el plano la había dibujado y como Fuentes la había descrito: circular, de unos ocho metros de diámetro, con las paredes de roca trabajada que combinaba la piedra original con mampostería de distintas épocas superpuestas como capas de historia.
En el centro había una mesa de metal moderno, incongrua en ese espacio antiguo, con equipamiento electrónico que Sofía no supo identificar.
Y sentado junto a la mesa, con las manos visibles sobre la superficie y una expresión de quien lleva un tiempo esperando este momento, había un hombre.
Unos sesenta años. Piel muy pálida. Los ojos que tardaban en adaptarse a las linternas con la reacción específica de alguien que ha pasado mucho tiempo en espacios sin luz natural.
—Sabía que acabarían llegando —dijo—. Llevan semanas haciéndolo inevitable.
La escalera de hierro tenía doce peldaños. Sofía los contó mientras bajaba, con una linterna en una mano y la pared en la otra, porque contar cosas concretas era su forma de mantener la cabeza clara cuando el resto era demasiado abstracto.
El olor cambió a los seis peldaños. Se volvió más denso, más húmedo, con ese mineral específico del agua de mar filtrada a través de la roca durante mucho tiempo. No era desagradable. Era antiguo.
A los doce peldaños, el suelo de tierra comprimida recibió sus botas con un sonido diferente al de la escalera de hierro. Sofía levantó la linterna y miró.
La sala era real. No un detalle del plano de Marcos Valero padre ni una descripción en la grabación de Fuentes: era una cosa real, tangible, de piedra y de sombra y de aire que llevaba mucho tiempo siendo el mismo aire.
Rojas, que había bajado delante de ella, ya tenía su linterna apuntando hacia la mesa del centro. Tomás estaba a su derecha, mirando las paredes con esa expresión suya de hombre de mar que se ha encontrado con algo que el mar no explica.
Y al fondo, sentado junto a la mesa con las manos visibles, el guardián.
—Sabía que acabarían llegando —repitió—. Llevan semanas haciéndolo inevitable.
La sala tenía su propia acústica, como todas las cámaras de roca: las palabras sonaban más cercanas de lo que la distancia habría sugerido, más íntimas.
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