El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 24. La noche del festival
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Capítulo 24. La noche del festival

El Festival del Puerto era el evento más importante del año en Puerto Esperanza, el único que llenaba el pueblo en temporada baja.

Se celebraba el tercer sábado de octubre desde hacía veintitantos años, con puestos de marisco en la plaza central, música de grupos locales y la mitad del pueblo en la calle hasta que el cuerpo aguantaba.

Era, pensó Sofía mientras atendía la barra a velocidad de festival, el momento perfecto para moverse sin ser visto.

En un pueblo donde todos se conocen, un festival es el único momento de verdadero anonimato: demasiada gente, demasiado ruido, demasiado movimiento para que cualquier presencia particular sea notable.

La nota llegó a las once de la noche. Sofía y Tomás estaban en una de las mesas que el café había sacado a la calle cuando Tomás notó que había algo entre las tablas de la mesa. Un papel doblado, colocado con precisión en un momento en que ninguno de los dos lo había visto llegar.

Sofía lo desplegó. Letra de imprenta, la misma que la del sobre del almacén:

«Esta noche. Las dos de la mañana. Puerta norte del faro. Venid solos. Es el momento.»

Se lo pasó a Tomás sin decir nada. Él lo leyó, lo dobló de nuevo.

—Una trampa —dijo, en voz baja.

—Posiblemente —dijo Sofía—. O la única oportunidad que vamos a tener de ver qué hay dentro.

—Las dos cosas no se excluyen.

Llamaron a Rojas. El inspector escuchó, maldijo en voz baja de una forma que Sofía no había escuchado antes en él, y dijo que iría con ellos.

—Si es una trampa —dijo Sofía—, quien la ha puesto espera a dos civiles curiosos. Un inspector de policía cambia la ecuación.

—Y si no es una trampa y algo sale mal, no tenéis a nadie que pueda actuar —replicó Rojas.

Negociaron en tres minutos: Rojas iría, pero sin hacerse evidente hasta que fuera necesario. El agente Pérez esperaría en el coche a cien metros con instrucciones claras.

—Cuando entréis, nada de heroísmos. Si algo huele mal, salís y llamáis.

—Prometido —dijo Sofía.

Tomás la miró con esa expresión suya.

—¿Lo prometes de verdad o para que Rojas no insista?

Sofía consideró la pregunta honestamente.

—Un poco de las dos cosas.

El festival siguió su ritmo habitual, ajeno a los tres que se movían entre los puestos con la distracción superficial de quien está haciendo otra cosa mentalmente.

Sofía sirvió dos rondas más en el café de calle antes de que la nota llegara.

En ese tiempo vio a Andrés Valero pasar por la plaza una vez, con la expresión contenida de quien intenta no llamar la atención en un sitio donde es forastero en una noche de fiesta.

Lo vio desaparecer hacia el extremo norte de la plaza y no volvió a verlo.

Después, cuando ya tenían la nota y el plan acordado con Rojas, Tomás y ella volvieron al café de la calle y actuaron como si nada hubiera ocurrido.

Eso también era parte del plan: no alterar el patrón de la noche, no hacer nada que pudiera indicar a quien estuviera mirando que había algo diferente.

—¿Crees que nos están mirando ahora mismo? —preguntó Tomás en voz baja, mientras sostenía una copa de vino que no estaba bebiendo.

—No lo sé —dijo Sofía—. Pero prefiero actuar como si sí.

Tomás asintió.

—Dos horas y media —dijo, mirando el reloj.

—Dos horas y media —confirmó Sofía.

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