Capítulo 23. La trampa
Rojas les dijo explícitamente que no hicieran nada sin consultarle. Sofía le dijo que sí. Y cumplió su palabra durante cuarenta y ocho horas, que era, dado lo que ocurrió en esas cuarenta y ocho horas, prácticamente un milagro de contención.
La llamada de Andrés llegó a las diez menos cuarto de la noche del miércoles. La voz de Andrés estaba tensa, cortada, con esa cualidad de alguien que habla en voz baja porque hay razones para ello.
—Han entrado a mi habitación. Lola estaba en la recepción toda la tarde. La puerta no forzada. Llave maestra o copia. —Una pausa—. Solo falta la carta de mi padre. El plano lo llevaba encima. El resto, intacto. Sabían exactamente lo que buscaban.
Sofía fue a la posada. Rojas llegó veinte minutos después, sin que ella lo hubiera llamado pero tampoco sin sorprenderle que llegara.
El inspector examinó la habitación con metodología: la puerta, el cajón donde Andrés guardaba sus cosas, las ventanas. Nada estaba dañado. Alguien con acceso a la llave o con habilidades suficientes para abrir una cerradura sin dejar marcas.
—¿Cuánto valía esa carta? —le preguntó Rojas a Andrés.
—Como prueba directa de que mi padre sabía lo que había en el faro y eligió callarse, mucho. Era la única prueba en primera persona que tenía de toda la historia.
—Y saben que la tenían. —Rojas miró a Sofía—. Lo que significa que saben lo que cada uno de vosotros tiene. O tienen una fuente de información dentro de nuestro grupo, o llevan tiempo vigilando a todos.
Esa posibilidad, que Sofía había estado evitando considerar directamente, cayó en la conversación con el peso específico de las cosas que son incómodas precisamente porque son plausibles.
—Una organización que ha mantenido esto en secreto durante décadas, que tiene la capacidad de hacer desaparecer a una persona sin rastro, que puede entrar en una habitación de hostal en un pueblo pequeño y salir sin que nadie la vea... no actúa de forma improvisada.
—No —dijo Rojas, y en su voz había algo que hacía semanas Sofía no escuchaba: precaución real—. Y precisamente por eso, lo que viene ahora va a ser calculado.
Rojas llegó a la posada antes de que Sofía pudiera llamarle, lo cual solo podía significar que tenía sus propios canales de información dentro del pueblo, cosa que Sofía había sospechado desde siempre pero que era la primera vez que se hacía tan evidente.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —le preguntó Sofía cuando lo vio entrar en el pasillo de la posada.
—Lola me avisó —dijo Rojas, con esa naturalidad que tenía para responder preguntas que otros habrían esquivado—. Le pedí hace una semana que me dijera si pasaba algo inusual con alguno de los huéspedes.
—¿Le pediste que te vigilara?
—Le pedí que estuviera atenta. Hay una diferencia. —Examinó el cajón forzado—. Trabajo limpio. Muy limpio.
—Demasiado limpio para ser improviso —dijo Andrés.
—Exactamente. —Rojas se incorporó—. Esto no es una entrada de oportunidad. Esto es alguien que sabía exactamente qué buscaba y exactamente dónde estaba. Lo que significa que sabían el contenido de esta habitación con anterioridad.
—Un seguimiento —dijo Sofía.
—O una fuente. —Rojas la miró—. Hay que asumir que alguien en el pueblo está informando de nuestros movimientos. No necesariamente con mala intención: puede ser que alguien crea que está haciendo lo correcto. Pero el resultado es el mismo.
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