El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Epílogo
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Epílogo

Tres semanas después de que todo terminara, llegó una carta al Café Canela.

No tenía remitente. El matasellos era de Oporto.

Dentro, una sola fotografía en blanco y negro, en papel grueso con los bordes ligeramente amarillentos del tiempo.

Era un hombre de unos cuarenta años, de pie frente a un faro que Sofía reconoció de inmediato aunque no lo hubiera visto nunca en foto.

Sonreía con la sonrisa de alguien que acaba de resolver algo que llevaba tiempo pendiente, la sonrisa del alivio que se parece a la satisfacción.

En el reverso, con una letra pequeña y apretada, cuatro palabras:

«Gracias por no olvidar.»

No había firma. Sofía no necesitó ninguna.

Puso la fotografía en el marco pequeño que tenía detrás del mostrador, al lado de la foto del día que abrió el café. Canela olfateó la fotografía nueva con la minuciosidad de quien registra información importante, la evaluó durante un momento, y decidió que merecía quedarse.

Ese mismo sábado por la tarde, Tomás entró al café con una expresión que Sofía había aprendido a distinguir: la de cuando algo en el mar no cuadraba.

Se sentó en la barra. Esperó a que el último cliente se fuera.

—El Virgen del Carmen volvió esta mañana —dijo entonces—. Lleva tres días de faena. Debería haber vuelto ayer.

—¿Hubo problemas con el motor? ¿Con el tiempo?

—No. El tiempo estuvo perfecto. El motor funcionando. —Tomás dejó la taza sobre la barra—. Los hombres que bajaron del barco esta mañana eran los mismos que subieron el lunes, Sofía. Físicamente los mismos. Pero algo en ellos...

—¿Qué?

—Ninguno recuerda los últimos dos días de navegación. Cinco hombres. El mismo período en blanco los cinco. Como si los dos días no hubieran existido.

Sofía miró la foto de Aurelio Fuentes detrás del mostrador. Luego miró hacia el promontorio por la ventana.

El café olía a canela. El mar seguía ahí. Y Puerto Esperanza, como siempre, guardaba más secretos de los que nadie había contado todavía.