El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 20. El sistema antiguo
65%

Capítulo 20. El sistema antiguo

Andrés Valero fue quien la llamó esa mañana para pedirle que se encontraran en la cala pequeña del sur, lejos del pueblo y de los oídos que en Puerto Esperanza siempre podían estar en cualquier sitio.

Caminaron hasta la cala siguiendo el sendero de los acantilados del sur. Canela los siguió hasta mitad de camino y luego se detuvo en una roca plana donde el sol de octubre pegaba con más fuerza, como calculando que esa conversación no requería su presencia pero que aquella roca sí la requería.

—Mi padre no era solo técnico de telecomunicaciones —dijo Andrés cuando llegaron y se sentaron en las rocas con el mar delante—.

Eso era su trabajo oficial. Pero trabajaba también para otra organización.

Una agencia de inteligencia. No española, aunque el trabajo para Costas era el paraguas legal que le permitía moverse por las instalaciones.

Sofía no respondió de inmediato. Estaba mirando el agua, que a esa hora de la mañana tenía ese azul oscuro y transparente del Atlántico en los días claros de otoño.

—¿Y qué encontró en el faro que importaba a esa agencia?

—Un sistema de escucha y transmisión. No instalado por ellos: encontrado por ellos. Llevaba funcionando desde los años cincuenta al menos, usando las galerías antiguas como conducto e infraestructura. Alguien había adaptado algo muy antiguo para un uso moderno.

—¿Quién lo usaba?

—Esa es la pregunta para la que mi padre nunca encontró respuesta completa.

Lo que sí sabía es que las transmisiones no tenían origen ni destino identificables por los medios convencionales de entonces.

Mi padre dijo una vez que era como escuchar una conversación en un idioma que no existe pero que tu cerebro procesa de todas formas.

—¿Y Fuentes?

—Fuentes lo descubrió por su cuenta, sin que la agencia lo supiera.

Y cometió el error de intentar exponerlo públicamente.

—Andrés lanzó una piedra pequeña al agua—.

La agencia lo detectó. Lo sacaron del faro sin que nadie lo supiera.

Le dieron una nueva identidad, una nueva vida en otro país. A cambio de su silencio total.

—¿Y tu padre?

—Mi padre eligió callarse. Vivir con ello durante treinta años.

—La voz de Andrés tenía algo que no era exactamente amargura pero que se le parecía—.

Cuando murió, entre sus cosas había el plano y una carta para mí.

Decía que no había tenido el valor de hacer lo que debía. Que esperaba que yo lo tuviera.

—¿Y lo tienes?

Andrés la miró. Por primera vez desde que lo conocía, su expresión era completamente legible: una mezcla de determinación y miedo que Sofía reconoció porque la había sentido ella misma en los últimos días.

—Estoy intentando tenerlo.

El mar tenía ese azul particular de los días claros de octubre que Sofía había aprendido a amar: más oscuro que el del verano, más serio, con una profundidad que el sol estival borraba con su propia intensidad.

—Hay algo que no te he contado —dijo Andrés, después de un silencio que Sofía dejó estar sin llenarlo.

—¿Qué?

—En la carta de mi padre. Además de lo que ya te conté.

—Hizo una pausa—. Decía que Fuentes, antes de desaparecer, le envió algo.

No en el ochenta y ocho, en el momento de la desaparición: antes.

En septiembre. Un mes antes. Le envió un sobre con una copia de algo que había encontrado en los archivos del faro.

—¿Y?

—Mi padre lo destruyó. Tenía miedo. Dijo que destruyó el sobre sin leer lo que contenía porque tenía miedo de que si lo leía tendría que hacer algo, y tenía miedo de hacer algo.

—Una pausa larga—. En la carta me decía que lamentaba haber hecho eso.

Que nunca supo qué había en ese sobre. Y que quizás si lo hubiera guardado, si hubiera podido dárselo a alguien en su momento, Fuentes no habría necesitado desaparecer.

Sofía miró el agua.

—Tu padre no podría haber sabido lo que iba a pasar.

—No. Pero vivió el resto de su vida sabiéndolo de todas formas.

✦