El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 21. Lo que subió del fondo
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Capítulo 21. Lo que subió del fondo

Fue Tomás quien lo encontró, una mañana de pesca temprana cuando el sol todavía no había salido del todo y la bahía tenía ese color gris perla que tenía las mañanas con niebla baja.

Faenaba a unas dos millas al norte del promontorio cuando la red trajo algo que no era pez, no era roca, no era ninguno de los tipos habituales de basura marina.

Era una caja metálica, de unos treinta centímetros por veinte, con un cierre de seguridad cubierto de algas y de una herrumbre particular que en los objetos metálicos largamente sumergidos adquiría un color entre marrón y verde.

El metal era grueso, pesado, del tipo que se usaba para proteger documentos de la humedad en expediciones navales.

Tenía inscripciones en la superficie que el óxido había hecho casi ilegibles.

Tomás no la abrió. La envolvió en la lona que usaba para los aparejos delicados y llamó a Sofía antes de poner proa al puerto.

—No la muestres a nadie —le dijo Sofía—. Tráela directamente al café por la puerta del almacén.

La abrieron en la trastienda del café, con Rojas presente porque Sofía lo había llamado antes. Era la primera vez que los cuatro estaban reunidos para algo que Sofía no habría sabido llamar exactamente investigación pero que tampoco era otra cosa.

Rojas usó sus herramientas de trabajo para abrir el cierre. La caja se abrió con un sonido de succión que indicaba que el sellado había funcionado durante mucho tiempo.

Dentro, envueltos en papel encerado sorprendentemente bien conservado, había tres objetos.

El primero era un conjunto de documentos escritos en dos sistemas de escritura distintos, ninguno de los cuales Sofía reconoció: uno con aspecto de código alfanumérico, el otro con símbolos geométricos que se combinaban en patrones que podían ser decorativos o funcionales.

El segundo era una placa de metal delgada grabada con precisión. En el centro, un símbolo: una espiral dentro de un círculo, con cuatro líneas que irradiaban hacia los puntos cardinales.

El tercero era un cassette. De los mismos que había en la grabadora que Clara había encontrado. Sin etiqueta.

Clara, que había llegado mientras Rojas abría la caja, levantó la vista.

—Este símbolo —dijo, señalando la placa— aparece en la crónica de Puerto Esperanza del noventa y dos. En una ilustración del siglo XVII.

—¿Y qué representa? —preguntó Sofía.

Clara abrió el libro que siempre llevaba consigo en esas semanas, lo hojeó hasta una página marcada, y lo colocó junto a la placa. La ilustración era pequeña, tosca, pero el símbolo era inequívoco: la misma espiral, el mismo círculo, las mismas cuatro líneas.

—Es el símbolo de una hermandad —dijo Clara—. Una asociación de navegantes documentada por primera vez en el siglo XIV. Que, según las crónicas, usaba una red de puntos en la costa atlántica para sus comunicaciones. Puntos que ellos llamaban los nodos de la red.

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