Capítulo 18. La voz grabada
Clara encontró la grabadora el miércoles por la tarde, al fondo de una caja de donaciones que había recibido la semana anterior, debajo de una colección de novelas de los años noventa que nadie iba a leer.
Era un aparato pequeño, de los que se usaban en los ochenta para dictar cartas o grabar conferencias, del tipo que acepta microcassettes. Envuelto en un trapo gris que protegía tanto la grabadora como el cassette que había dentro.
Lo reprodujeron en la trastienda de la librería, con el volumen muy bajo aunque no había nadie más.
La voz era la de un hombre. No era joven: había en ella esa calidad de las voces que llevan décadas haciéndose y que tienen peso, densidad. Hablaba despacio, con las pausas de alguien que elige las palabras porque lo que dice importa.
La mayor parte de la primera mitad era incomprensible para Sofía: referencias técnicas, descripciones de mediciones, números que podían ser coordenadas. La voz de alguien que documenta para sí mismo.
Pero hacia la mitad, el tono cambió:
«He verificado las dimensiones tres veces.
La sala es circular, ocho metros de diámetro aproximadamente, con las paredes trabajadas en la roca viva pero con acabado que no corresponde a ninguna técnica de cantería conocida.
La iluminación propia que emite no tiene fuente visible.
He estado dentro cuarenta minutos y mis instrumentos de navegación han dado lecturas incoherentes durante todo ese tiempo. »
Pausa larga.
«He encontrado la cámara. Está exactamente donde las cartas indicaban. No hay duda de que es artificial y muy antigua. El sistema de comunicación que instalaron ahí arriba es una versión moderna de algo que ya existía hace siglos. Alguien sabía que estaba aquí. Alguien lleva siglos sabiéndolo.»
La respiración de la voz era más irregular.
«Mañana bajo al nivel inferior. Si no vuelvo...»
La grabación se cortaba ahí.
Las dos mujeres se miraron en el silencio de la trastienda que de repente era más silencioso que antes.
—Mañana bajo al nivel inferior —repitió Clara en voz baja—. Y no volvió.
—No desapareció, Clara —dijo Sofía—. Lo sacaron de aquí vivo.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Todavía no.
La segunda mitad del cassette era diferente a la primera. Más lenta, más pausada, con largos silencios que en el contexto de la grabación no eran silencios vacíos sino pensamiento activo que la grabadora había capturado sin poder transmitir su contenido.
Fuentes hablaba de la sala con la precisión de alguien que ha estudiado algo durante semanas y que conoce cada detalle.
La luminiscencia de las paredes. La temperatura constante, independiente de la temperatura exterior.
La forma en que los instrumentos de navegación se comportaban de forma errática en un radio de unos veinte metros alrededor de la sala.
Y hablaba también de algo que Sofía y Clara tuvieron que escuchar dos veces para estar seguras de haber entendido:
«La sala responde. No de forma que yo pueda describir como mecánica o eléctrica. Pero cuando estoy dentro, a veces hay momentos en que algo cambia. La luminiscencia aumenta o disminuye. La temperatura varía unos décimas. Como si el espacio estuviera prestando atención.»
Silencio largo.
«Sé que esto suena a locura. Lo sé. Pero llevo quince años siendo un hombre de procedimientos y de lecturas de instrumentos, y lo que estoy describiendo es lo que los instrumentos miden y lo que yo percibo. No tengo otro vocabulario para ello.»
Sofía apagó la grabadora después de la segunda escucha. Clara no dijo nada durante un buen rato.
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