El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 17. Rojas empieza a escuchar
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Capítulo 17. Rojas empieza a escuchar

El Inspector Rojas apareció en el café un martes a las once de la mañana con cara de no haber dormido bien y pidió un café doble, que era la primera vez que pedía café doble en los dos años que llevaba siendo cliente del local.

Sofía lo interpretó como señal y esperó.

—He revisado el registro de mantenimiento del faro —dijo Rojas, sin los preámbulos habituales—.

El último trabajo registrado fue en enero, cuando clausuraron el acceso al jubilarse Montoya.

El parte describe la instalación de un candado de hierro, marca Segur, en la puerta principal.

—Hizo una pausa—. El candado que hay ahora es de acero inoxidable, marca Atlas.

No hay ningún parte de trabajo que justifique ese cambio.

Sofía esperó, sin decir «ya te lo dije».

—También hablé con la Dirección General de Costas —continuó Rojas—. No tienen ninguna orden de trabajo activa para el faro. Ningún técnico, ningún proyecto, nada. El edificio está en estado de conservación pendiente de decisión sobre su futuro uso.

—¿Y quién cambió el candado?

—Eso es exactamente lo que quiero saber. —Rojas bebió su café con una expresión que Sofía nunca le había visto: algo parecido a la incomodidad genuina—. He empezado a hacer preguntas por los canales habituales. Y me he encontrado con algo que no esperaba.

—¿Qué?

—Que cuando preguntas sobre el faro de Puerto Esperanza a través de ciertos canales institucionales, las respuestas son más lentas de lo normal.

Y más vagas. Como si alguien hubiera marcado el expediente con algún tipo de indicación de discreción.

—Rojas la miró—. No tengo evidencia de eso.

Es una percepción. Pero llevo doce años haciendo preguntas institucionales y sé cuándo una respuesta es normal y cuándo es calculada.

—¿Quieres decir que hay alguien dentro del sistema que protege el acceso al faro?

—Quiero decir que es posible. Y que si eso es así, tengo que ser muy cuidadoso en cómo sigo, porque si muevo demasiados papeles y la persona equivocada se entera, pierdo la ventaja de la sorpresa.

Era, pensó Sofía, la conversación más honesta que había tenido con Rojas desde que vivía en Puerto Esperanza.

—¿Qué necesitas de mí?

—Que no hagas nada que me complique el trabajo —dijo Rojas—. Que si encuentras algo, me lo cuentes antes de actuar. Que confíes en que estoy tomando esto en serio.

—¿Y tú confías en mí?

Una pausa muy larga.

—Confío en que eres inteligente —dijo Rojas al fin—. Y en que no quieres que nadie resulte herido. Eso tendrá que ser suficiente por ahora.

Rojas terminó su café doble, dejó la taza sobre la barra con más cuidado del habitual, y miró a Sofía con esa expresión que ella había aprendido a identificar como la del inspector que está a punto de decir algo que le cuesta decir.

—Hay una cosa más —dijo.

—Dime.

—He pedido los registros de acceso al archivo municipal. Para ver si alguien había consultado los planos históricos del faro en los últimos meses.

—¿Y?

—Los consultó alguien hace tres semanas.

Un hombre que se identificó como investigador de historia de la arquitectura costera, con credenciales de una fundación cultural de Madrid que cuando he intentado verificar esta mañana resulta que existe en el registro de fundaciones pero no tiene actividad documentada desde 2015.

—Una tapadera.

—Probablemente. —Rojas tamborileo los dedos sobre la barra—. Lo que significa que alguien sabe que hemos estado haciendo preguntas. Y que se ha anticipado revisando lo que nosotros íbamos a revisar.

—¿O que lo revisó antes de que nosotros empezáramos a preguntar? —dijo Sofía—. Tal vez lleva tiempo buscando lo mismo que buscamos nosotros.

Rojas la miró con una expresión que mezcla la aprobación y la incomodidad de quien acaba de darse cuenta de que alguien ha llegado a la misma conclusión que él pero más rápido.

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