Capítulo 16. La habitación sellada
La Posada del Mar era el único alojamiento de Puerto Esperanza que merecía ese nombre. Tenía nueve habitaciones, todas con baño propio, y una sala de desayunos que daba al jardín trasero y que en verano era, sin discusión, el mejor sitio del pueblo para tomar el primer café del día.
Era también, como todos los edificios de la calle Real con historia, un edificio que guardaba más de lo que mostraba.
Sofía fue a hablar con Lola con el pretexto de encargos de bollería para la semana. Era un pretexto perfectamente válido porque Lola sí necesitaba encargos para los desayunos, pero Sofía tenía un segundo objetivo.
Mientras esperaba en el vestíbulo de la recepción, Sofía miró el pasillo que llevaba a las habitaciones de la planta baja. Era un pasillo estrecho, con suelo de baldosas hidráulicas originales, y terminaba en una puerta.
Una puerta con dos cerraduras.
No era el tipo de puerta que se pone en una habitación de huéspedes. Era pesada, de madera maciza con refuerzo metálico en los bordes, con un cerrojo de seguridad en la parte superior además de la cerradura principal. El tipo de puerta que se pone cuando quieres asegurarte de que nadie entre.
—Esa habitación tiene humedades —dijo Lola—. Lleva cerrada cinco años. Intenté reformarla dos veces y las dos veces el agua volvió a entrar. Ya no merece la pena intentarlo.
Era una explicación perfectamente razonable. El problema era el cerrojo de seguridad, que no era el tipo de medida que se toma para una habitación con humedades.
—¿Desde cuándo tiene ese cerrojo? —preguntó Sofía con la naturalidad de quien hace una pregunta sin importancia.
—Lo puso el anterior dueño. Antes de que yo comprara el hostal. Dijo que era para que los huéspedes no entraran por accidente. —Se encogió de hombros—. Nunca tuve motivo para cambiarlo.
Esa noche, en casa, Sofía sacó el plano de Andrés y lo extendió sobre la mesa. Estudió la línea del conducto que salía de la sala subterránea del faro en dirección sur. Luego sacó el plano del pueblo que daban gratis en la oficina de turismo y lo colocó a su lado.
Trazó una línea imaginaria desde el faro hacia el sur. Pasaba por el café. Seguía por el callejón de San Andrés.
Y terminaba en la calle Real. Exactamente donde estaba la Posada del Mar.
La habitación sellada no estaba en la calle Real por casualidad.
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