El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 15. Don Ernesto recuerda
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Capítulo 15. Don Ernesto recuerda

Don Ernesto escuchó toda la historia esa mañana sentado en su mesa de siempre, bebiendo su cortado con la parsimonia de quien tiene el tiempo medido en otra escala. Cuando Sofía terminó, el viejo permaneció en silencio durante un buen rato mirando el promontorio.

—Hay cosas de este pueblo que los más jóvenes no saben —dijo al fin.

—¿Cómo de jóvenes?

—¿Cuándo se construyó el original?

—A finales del siglo XIX. Pero lo interesante no es cuándo lo construyeron.

Lo interesante es qué encontraron cuando lo construyeron.

—Don Ernesto cruzó los dedos sobre la mesa—.

Mis abuelos me contaron que cuando levantaron los cimientos del primer faro, los trabajadores encontraron que el promontorio ya tenía estructuras debajo.

No naturales. Trabajadas. Alguien había excavado galerías en la roca antes de que llegaran a construir.

—¿Galerías que llegaban al mar?

—Al mar y más allá, según mis abuelos. Las taparon porque no sabían qué hacer con ellas y porque retrasaban la obra. Pusieron cemento en los accesos y construyeron encima. Pero no las destruyeron porque el terreno no lo permitía sin comprometer los cimientos.

Sofía pensó en el plano de Marcos Valero. En la sala circular. En el conducto que llegaba hasta la ensenada norte.

—¿Y quién construyó esas galerías originales? ¿Antes del faro?

Don Ernesto encogió los hombros, pero era un encogimiento específico: el de alguien que tiene una opinión pero no está seguro de querer exponerla.

—Eso mi abuelo no lo sabía. Decía que las galerías eran muy antiguas.

Más antiguas que cualquier cosa que hubieran visto antes.

Las paredes estaban trabajadas con herramientas que no correspondían a ninguna época que él conociera.

—Bebió el último sorbo—. Hay una cosa más que me dijo.

Que a veces, cuando hacía mucho viento y el mar estaba muy agitado, se oían cosas desde el promontorio.

Ruidos que no eran del viento ni de las olas. Como si algo debajo respirara.

—¿Y alguien investigó eso alguna vez?

—En este pueblo, hija, hay cosas que se saben y no se preguntan. —Don Ernesto se levantó con su lentitud habitual—. Hasta que llega alguien de fuera que sí las pregunta. O alguien de dentro que ha aprendido a no dar las cosas por supuestas.

La miró un momento con esos ojos pequeños y vivos.

Y salió sin añadir nada más.

Sofía pasó esa tarde en el café procesando lo que Don Ernesto le había contado. Galerías anteriores a cualquier ocupación humana documentada. Estructuras cuya técnica de construcción no correspondía a ninguna época conocida. Un faro construido encima de ellas, sellándolas pero sin destruirlas.

Y una voz grabada que decía: «La puerta está debajo.»

La conexión era obvia y al mismo tiempo extraordinaria. Fuentes había encontrado la sala, sí. Pero lo que realmente había encontrado era algo más antiguo que la sala, más antiguo que el sistema de comunicación que alguien había instalado ahí. Había encontrado las galerías originales.

Eso cambiaba el marco. El sistema de comunicación clandestino que la agencia había instalado en el faro no era el origen del misterio.

Era una capa más encima de algo que ya estaba ahí.

Alguien, en algún momento, había encontrado las galerías y había decidido usarlas.

Igual que la hermandad del siglo XV. Igual que la agencia de inteligencia del siglo XX.

El lugar tenía una historia de ser usado por quienes lo descubrían. Lo que significaba que lo que había ahí debía tener un valor particular, más allá de la mera utilidad de una galería subterránea.

«El lugar recordaba lo que necesitaba ser recordado», había dicho el texto que Clara había encontrado sobre la hermandad.

Sofía miró el promontorio por la ventana del café. El faro, quieto. La niebla de Don Ernesto, que seguía ahí.

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