El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 14. El plano
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Capítulo 14. El plano

El plano era una copia en papel vegetal, doblada en cuatro, que Andrés sacó del maletín de cuero con el cuidado de quien maneja algo que ha sobrevivido más tiempo del que esperaba.

Lo extendieron sobre la mesa grande de la librería de Clara esa tarde, con los cuatro ángulos sujetos por los objetos más cercanos: un diccionario, un cenicero de piedra que Clara usaba como pisapapeles, una taza vacía y una pequeña figurita de cerámica en forma de ballena.

Canela saltó sobre la mesa antes de que nadie pudiera impedírselo, caminó por el plano con sus patas anaranjadas examinando cada sección, y luego se bajó por el otro lado como si hubiera concluido su inspección.

El plano mostraba el faro en planta a dos niveles distintos. El nivel superior era reconocible: la planta circular del edificio principal, con la escalera de caracol en el centro, las estancias auxiliares en los laterales, el acceso principal en el sur. Era el faro que todos conocían.

El nivel inferior era otra cosa. Una sala central, circular, de unos ocho metros de diámetro según la escala.

Varios accesos en distintos ángulos. Y un conducto que se extendía hacia el norte, hacia el mar, hasta un punto con una anotación en el margen escrita en letra pequeña y apretada: «acceso submarino desde coordenadas N».

—¿Qué significa la N? —preguntó Clara.

—Norte —dijo Sofía—. El lado norte del promontorio. Hay una ensenada pequeña ahí, casi invisible desde la orilla, que queda expuesta solo con marea muy baja.

Tomás, que había llegado sin que nadie lo llamara, miraba el plano cotejando lo que veía con lo que sabía.

—La ensenada norte —dijo—. Los pescadores la llamamos la cueva chica. No se usa porque el fondo es malo. Si hay un acceso submarino ahí, entraría exactamente desde esa ensenada. Con una embarcación pequeña y marea baja, sin problema.

Clara tenía el bolígrafo en la mano y había estado tomando notas en el margen de su libreta.

—Si esto es auténtico —dijo—, estamos hablando de una estructura construida bajo un edificio público sin que aparezca en ningún registro oficial.

Diseñada para comunicaciones. Accesible desde el mar.

—Levantó la vista—. Eso no es obra de turistas.

Eso requiere planificación, recursos y la capacidad de mantenerlo fuera de cualquier registro durante décadas.

—O desde siempre —dijo Andrés en voz baja.

Andrés dobló el plano con el mismo cuidado con que lo había sacado y lo devolvió al maletín. Era un gesto que hablaba de hábito, de años guardando ese papel como si pudiera romperse o desaparecer si no lo trataba bien.

—¿Cuánto tiempo llevas con esto? —preguntó Sofía.

—Con el plano, dos años. Desde que murió mi padre.

Con la idea de que había algo que debía hacer, toda mi vida.

—Hizo una pausa—. No de forma consciente.

Pero mi padre nunca habló directamente de lo que había ocurrido en el faro, y eso en sí mismo era una forma de hablar de ello.

Los silencios de mi padre tenían una geografía muy específica: podía hablar de cualquier cosa excepto de esos dos años en que había trabajado para Costas.

Y el mapa del silencio señalaba siempre en la misma dirección.

—¿Y nunca lo confrontaste directamente?

—Una vez. Tenía veinticinco años. Le pregunté qué había pasado en el faro de Puerto Esperanza.

—Andrés miró la mesa—. Me dijo que había cosas que un padre no podía contarle a un hijo porque eran demasiado pesadas para traspasar.

Que había cargado con ello él y que prefería que la carga muriera con él.

—Pero no murió con él.

—No. Dejó el plano. Dejó la carta. —Una pausa—. Creo que en realidad quería que yo lo hiciera. Que no podía pedírmelo directamente pero que dejó las herramientas para que yo pudiera hacerlo si elegía hacerlo.

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